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Aún lavan lo propio y lo ajeno en piedra

Quito ·
I
13 feb 2018 / 00:00 H.

Para alcanzar a secar la ropa, hay que levantarse temprano, decían las abuelitas, pues las jornadas de lavado, antes de la llegada de la tecnología, eran extenuantes y podían llevar días enteros. Había que llenar una tina de agua, poner detergente y remojar la ropa, dependiendo de los sucia que esté, comentan las conocedoras.

Algunos lo siguen haciendo en sus casas y otros, como Bertha Lamar, han tenido que acudir a una lavandería municipal, en su caso la de San Roque, una de las varias que aún existen en la capital.

Aquí se pueden contabilizar noventa piedras con sus respectivos tanques.

Ella cuenta que hasta hace algunos años las usuarias tenían que llegar a las cuatro de la madrugada para ganar un buen lugar, ahora hay más espacio.

“En algunas piedras no había agua y había que ganar las mejores”, cuenta, mientras refriega su ropa con un cepillo.

Bertha se mudó a Quito hace 25 años, de su natal Riobamba. Crió a sus cuatro hijos vendiendo café con sánduches en las calles del Centro Histórico, aunque ahora lo hace solo de cuando en cuando. “Los metropolitanos nos quitaban las cositas y las multas eran caras”, cuenta.

La mañana es fría y el agua que sale del grifo lo es aún más, pero Bertha no tiene problema con lavar a ‘mano limpia’, es decir sin guantes.

Vive sola ahora, pues sus hijos han formado sus propios hogares, por lo que busca el sustento diariamente y usar las instalaciones de esta lavandería le ayuda con los gastos.

“Aquí no cobran nada y con lo que vendo solo me sale para el arriendo y la comida”, relata la mujer de 54 años.

Ya no piensa volver a su tierra, porque ya no le queda nada por allá. Detalla que incluso su esposo la dejó por otra persona. Unas piedras de lavar más adelante está Silvia Martínez, lleva delantal, guantes y alista el jabón y el cepillo para iniciar su jornada.

Ella va desde su casa, ubicada cerca del Hospital del Sur, hasta San Roque de dos a tres veces por semana para lavar las prendas de sus seis hijos, desde hace cinco años

“Vivo arrendando y casi no hay agua para lavar. Además me dan solo un día a la semana y a mí no me gusta que se acumule la ropa sucia”, dice mientras refriega el pantalón de una de sus hijas.

Jeans, sábanas, sacos, blusas, camisetas y demás pasan por una buena cepillada. Ella ‘se pega la madrugada’ con una tina grande y las fundas de ropa a cuestas.

Toma un autobús de ida y vuelta para ahorrar lo más posible. Su jornada inicia antes de las 7:00 y finaliza a las 15:00 cuando la ropa ya se ha secado sobre los alambres.

Aún lavan lo propio y lo ajeno en piedra
Tránsito se encarga de entregar la ropa limpia a sus clientas desde hace 40 años, en La Magdalena.

En la Magdalena

En el sur de Quito, en el tradicional barrio de La Magdalena, existe una lavandería desde hace varias décadas.

Hasta hace poco, la infraestructura del lugar estaba desgastada y los moradores temían que se perdiera este sitio donde las mujeres comparten su vida, mientras lavaban lo propio y lo ajeno.

Así lo recuerda Tránsito Manobanda mientras cuenta las prendas que termina de lavar, luego de una larga jornada. Aquí, la tarde ya empieza a caer y con ella la lluvia, por lo que tuvo que correr a recoger la ropa de los tendederos.

“Cuando puedo entrego la ropa seca y doblada, pero si me cae la lluvia tengo que entregar así mojada”, dice. Ella vive de lavar prendas que otras personas no pueden o no quieren lavar, aunque el negocio ha bajado considerablemente.

Tránsito camina despacio, ya no tiene la energía de hace 40 años cuando empezó con este oficio. Era lo único que sabía hacer para sostener a su familia.

“Cuando yo era pequeña, acompañaba a mi mamá a las cuatro de la mañana y nos quedábamos todo el día aquí”, cuenta Lidia Vega, una de las hijas de Tránsito.

“Antes lavábamos más de diez docenas diarias, ahora alcanzamos máximo seis. Es que con las lavadoras ya no mandan nomás”, expresa Tránsito. En La Magdalena las puertas se abren los martes, jueves y sábados.

Espacios comunitarios

Tránsito y su hija recuerdan con nostalgia los años pasados, pues estos eran espacios donde la vecindad se reunía, compartía y se conocía.

Comentan que el barrio era más unido y que si alguien necesitaba algo los moradores colaboraban para ayudarlo.

Incluso añoran la época en la que se hacían fiestas en honor de la virgen Dolorosa y al “Jesucito del Gran Poder”, rememorando imágenes religiosas que reposaron por décadas en las instalaciones de la lavandería.

“Las señoras se organizaban y pasaban misa cada año y compartían comida”, cuenta Lidia. Pero estas fueron robadas antes de la restauración de la infraestructura y dicen que alguien ya habría ofrecido donar unas nuevas para que las proteja, según cuenta Sadia Mosquera administradora de esta lavandería desde hace 18 años.

“Eran lindas las fiestas, había voladores, castillos y comida en honor a la Marianita”, dice. La mujer ahora lamenta que se vayan perdiendo esas tradiciones por las disposiciones del municipio, pues esto hacía que el ambiente en el lugar no solo sea de trabajo, sino también de compañerismo.

La última “misita” fue hace cuatro años, donde las lavanderas se reunieron después a tomar chocolate con pan. En San Roque, la gente también entra y lleva agua para lavar las frutas que están a la venta, o simplemente se lava las manos y sigue su camino.

Sadia cuenta que era tan alta la demanda de las piedras de lavar en este lugar que debían hacer dos turnos para mantener abierto el lugar, que ahora se cierra a las 15:00.

“Cuando me voy, suelto a los cuatro perros para que cuiden”, concluye. Los animales mestizos caminan por las piedras y los corredores de la casa. Si alguien se acerca, ladran fuerte como advirtiendo que quién se atreva a entrar no se llevará un buen recuerdo.

Las mujeres recogen sin prisa la ropa, la doblan y la acomodan de tal manera que no se arrugue demasiado. Las tinas ya están vacías, pero las fundas no dejan de pesar para volver a casa.

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