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Gustavo Salas no recuerda que la mató

Daule ·
I
12 jul 2018 / 12:32 H.

Dicen en Daule que después de darle un tiro a su mujer al frente de su hijo de nueve años corrió a sabe Dios dónde, que ha hablado con algunos conocidos y llora de forma desconsolada; les ha asegurado que de aquel sábado no recuerda nada. Algunos creen que con esa angustia que anda o se entrega o se mata, porque en realidad amó a su esposa.

Gustavo Salas Nieto sigue prófugo de la justicia entre tanto que se dice. Sus compañeros de ruta explican que se fue porque es chofer y esa es la regla del profesional del volante. “Solo el que huye vive”, atina su compañero Luis Cruz.

Está sentado en el motor de uno de los buses de la cooperativa en la que trabajaba Gustavo hasta el sábado en la noche. Lo acompañan Julio Guaranda y Joseph Navarrete. Es mediodía del martes pasado.

La reunión no es común. Hicieron un pare a las actividades de rutina porque se sentían mal. Querían hablar de lo que todos hablan por estos días en ese cantón, de Vanessa Barzola y de cómo es que Gustavo le pegó un tiro dentro de su casa.

Los panas

“Es de no creer. Él amaba a su mujer. En junio nomás le celebró el cumpleaños con todas las de ley. Hubo música en vivo, comida y amanecida. Fuimos todos. Siempre íbamos todos. Siempre la sacaba a divertirse. La adoraba”, defiende Julio.

Es alto, grueso y tiene voz de tarro, de quien está bebiendo trago fuerte un martes por la tarde porque no asimila un femicidio cometido por un amigo con el que compartió copas y risas.

Su hermano, Julio Cruz, también es colega del volante. Gustavo Salas es padrino de su hija mayor. Lleno de aceite negro en la ropa, las manos y el pantalón, replica el asombro del resto de los amigos. “No lo entiendo ni lo entenderé. Él decía que su mujer era su adoración”.

Con parte de este ‘gajo’, Gustavo Salas llegó al recinto Piñal en una buseta manejada por un amigo a pedir la mano de Vanessa Barzola, hace unos diez años.

Así es en los pueblos. “Se llega en grupo a pedir la mano por si acaso los suegros le quieran meter un tiro o algo a uno. Pero con Gustavo se llevaron bien siempre los suegros”, recuerda Luiggi, como le dicen a Luis Cruz.

Luego de una década, el tiro se lo pegó él a la mujer de su vida. Su hijo de nueve años lo vio llegar a casa ese día. Discutieron y luego ‘bum’, la bala en el pómulo.

La familia de él

Gustavo Salas no recuerda que la mató
El bus en el que trabajaba Gustavo Salas sigue estacionado en la esquina de la casa.

Salas es el mayor de los dos varones que tuvo don Gustavo Salas Quijije. Como es de esperar de los hermanos mayores, siempre fue el ejemplo en casa, el pilar, el que le decía a su hermano Juan Carlos: “Ahorra, pendejo, para que tengas algo en la vida”. Por eso su ñaño menor no cree lo que pasó. “Lo que pasó”. Así le dicen al asesinato de Vanessa en casa de los Salas.

Cuando la llevó a la casa a vivir, los padres de Gustavo festejaron. “Si ya entra una mujer, no entra otra, Gustavo”, recuerda su madre que le dijo. “Y Vanessa era buena mujer”, relata Paulina Nieto.

Es menuda, también mayor. Todos los días, Gustavo llegaba con dos o tres dólares para que ella se ayude con sus gastos. Aunque en casa vive su otra nuera, la mujer de Juan Carlos, y sus otros dos nietos, Vanessa era la favorita.

“Era la que pasaba conmigo todos los días. Cocinábamos, me ayudaba a deshilachar unas telas para vender como materia prima por libra. Allí nos pasábamos las horas. Era mi compañía”.

Don Gustavo llora por momentos, a veces sin lágrimas ya. Ha llorado mucho desde el sábado. No ha comido. Sostiene una botella con agua en la mano. Semivacía. Es un hombre de campo, calvo en la coronilla.

El cabello que le queda en la parte de atrás de la cabeza es totalmente blanco. Tiene dificultad con el habla que se tropieza aún más cuando llora a su nuera. También llora a su hijo.

Los años no le merman fuerzas. Atiende un carrusel, lustra zapatos y bebe como bebía su hijo mayor, constantemente, pero “de forma pacífica”. Porque así era Gustavo, “tranquilo”. Por eso piensa que su hijo fue drogado, “porque él sería incapaz de hacer algo así”. “Era trabajador, ese bus que ve allá afuera era su machete”.

El bus aún descansa en la esquina de la casa. “Mi hermano lo había llenado de fotos de sus hijos y su mujer, para siempre llevarlos con él”, recuerda Juan Carlos.

Los Salas tienen un sofá viejo en la entrada. La cocina es pequeña y hay dos dormitorios más en ese ambiente. Uno es el de la familia de Juan Carlos y el otro el de sus padres. Al fondo, y con candado, hay una puerta de metal. Allí estaba su esposa cuando Gustavo llegó a verla la noche del sábado. Iba a llevarla a una fiesta del pueblo. La familia de Vanessa tiene las llaves. Llega en grupo. Madre, hermanas, sobrinos e hijos, como diez personas. Van a ser las dos.

La familia de ella

Gustavo Salas no recuerda que la mató
Un camión recogería las cosas de la familia de Vanessa Barzola para trasladarlas al recinto Piñal, donde vive su madre.

La puerta se abre. Es un espacio reducido de dos plantas. Tiene una cocina a un costado, un plasma, una mesa y, entre otras tantas cosas, una foto de la familia: Vanessa, Gustavo y sus dos hijos.

En la mañana del sábado que murió, Vanessa visitó a su mamá. Su esposo la llevó en el bus que manejaba, como todos los fines de semana. Solo se quedaba mediodía allá en Piñal. “La mujer tiene que ir adonde su familia pero solo a visitar un ratito. No a quedarse”, le habría recomendado Adalfina Barriento a su hija ahora muerta.

La suegra de Gustavo lo esperaba con el café y un calentado, o una tortilla de verde o lo que haya a la mano esos días. “Era buen muchacho. Le falló. Volvió porque sabía que mi hija era una mujer que no encontraría en otro lado. Pero me la mató...”. El llanto de Adalfina es bajito, como ahogado.

La falla a la que se refiere es una amante por la que Gustavo abandonó a Vanessa hace algo más de un año. La separación no duró ni un mes; pero en Fiscalía hay una demanda de alimentos por gestación contra él con fecha 19 de junio. La demandante embarazada es Yucemi Castro Castro.

“Esa mujer subió fotos presumiendo de su bebé en el vientre en redes sociales. Desde allí se volvió a dañar la relación”, habla Kerly, la hermana de Vanessa, que con toda la familia carga enseres para llevarlos a Piñal.

Adalfina arregla trapos, recoge cajas de juguetes de los dos nietos que ahora tendrán que vivir con ella. El suegro de Vanessa llora en una esquina donde aún hay sangre de Vanessa. En algún lugar está Gustavo, atormentado por un supuesto crimen del que no se acuerda. Eso dicen en Daule.

“Solo disparaba en las fiestas”

Dos verdades. La familia de Gustavo Salas niega que él haya tenido un arma entre sus pertenencias. Dicen sus parientes que desconocen de dónde sacó una el sábado pasado, cuando supuestamente le disparó a su mujer en un pómulo.

Pero su suegra, Adalfina Barriento, sí sabía de la existencia de un arma. “En este pueblo es normal. El muchacho andaba manejando siempre, hasta por prevención, por algún robo o algo que pueda pasar... Cuando había fiestas, la disparaba, pero nada más. Nunca la usó para algo malo”, recuerda sin poder contener el llanto cuando ve una foto de su hija.

Los vecinos escucharon detonar el arma en alguna fiesta. La pareja hacía festejos grandes a veces. Como en junio, cuando armaron una celebración por el cumpleaños de Vanessa Barzola.

El paradero de Gustavo aún se desconoce. Su familia teme que haya una venganza sangrienta. “Se ha dicho hasta que lo quieren quemar vivo”, dice un familiar.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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