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Buscando los huesos de Drácula

Rumania ·
I
12 ago 2017 / 14:39 H.

A 40 kilómetros de la capital de Rumanía, Bucarest, hay una pequeña isla en cuyo corazón, forrado por una maraña de árboles, se oculta un monasterio ortodoxo del siglo XIV, célebre por la tumba de un personaje legendario.

Estamos en Snagov, el lugar donde reposa el féretro de Drácula.

Dentro del templo destacan las coloridas pinturas que cubren sus paredes, con representaciones de santos, y el silencio que lo invade. Hasta aquí no llegan los turistas, que suelen limitarse a visitar el que fuera su castillo.

Quienes arriban a este recóndito enclave saben que se trata de un sitio mítico, donde descansa una celebridad que ya ha alcanzado la categoría de inmortal.

Se llamaba Vlad, aunque ha pasado a la historia con el sobrenombre de Tepes ‘el Empalador’ o, simplemente, Drácula.

Este príncipe, nacido en Transilvania, jamás gobernó su tierra, sino la cercana Valaquia.

Murió en los bosques que hoy recorre EXTRA en diciembre de 1475, víctima de una traición. Algunos señalan que los verdugos trocearon su cuerpo, que su cabeza fue enviada al sultán Memet II para que comprobara que su gran enemigo había muerto.

Otros sostienen que el cadáver fue traído al monasterio por los monjes.

“Sin embargo, en 1933, los arqueólogos e historiadores Dinu Rossetti y Nicolae Iorga excavaron en el punto y solo encontraron restos de caballo”, subraya el escritor y periodista Miguel García. Cierto. Pero también lo es que, junto a estos, apareció un anillo en el que estaba grabado el escudo de la casa de Valaquia.

Por lo tanto es muy posible, como defiende el historiador Nicolau Serbanescu, que “el cuerpo fuera enterrado en el lugar y que, en torno a 1875, cuando la tumba fue profanada, hubiera sido sustraído y llevado a otro sitio”, tal vez a otro monasterio en la localidad valaca de Comana.

LA LEYENDA

La biografía de este príncipe, capaz de empalar a casi 100.000 personas en apenas veinte años, sirvió de argumento para crear una de las novelas más extraordinarias de todos los tiempos: ‘Drácula’, de Bram Stoker. Por eso todo lo que rodea a este paraje está cubierto por un denso halo de misterio.

El guardián del monasterio se pone nervioso cuando le menciono la palabra ‘strigoi’. Y no duda a la hora de pedirme silencio. Tiene miedo porque en esta isla ocurren cosas “raras”.

La licenciada Andreea Iván, que me acompaña durante el viaje y conoce a la perfección las tradiciones de su país, se gira y apostilla que este templo le “provoca inquietud”.

A mí, por el contrario, paz. Al menos hasta que en el interior aparece un hombre con pelo largo y cara de pocos amigos. Me mira sin decir nada. Su rostro me es familiar. Sí, se asemeja al hombre que aparece en un retrato de Vlad Tepes extendido en el suelo. Pero elude conversar...

Ahora toca saber si hay más restos óseos en la tumba. Y para eso se ha lanzado una iniciativa, que pretende utilizar técnicas no invasivas como el georradar.

El objetivo es comprobar si bajo el suelo del monasterio continúa la cripta. “Pero hay que saber dónde buscar”, remarca García. Porque, al parecer, la tumba de Drácula no siempre ha estado donde se encuentra ahora.

De hecho, durante un tiempo se ubicó en la entrada del recinto para que todo el que entrase la pisara.

El motivo: su conversión del credo ortodoxo al católico, que molestó a su iglesia. Por eso tampoco resulta descabellado que los restos se esfumaran. O es posible que sigan allí, esperando a que alguien los encuentre.

SAPEA ESTO

El nombre ‘Dracul’ significa “el que porta la Orden del Dragón”, un reconocimiento del siglo XV que distinguía a quienes defendían la religión frente a los otomanos. ‘Draculea’, por tanto, es “el hijo del que porta la Orden del Dragón”.

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