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Salvavidas en las olas de escombros

I
19 abr 2017 / 09:53 H.

Siente que su alma encuentra la calma momentánea, que no ha tenido en un año, cuando de soslayo ve pasar junto a él a quienes rescató de las garras de la muerte.

Le es difícil articular palabras porque el dolor no ha disminuido. Adrián Zambrano traga grueso para tratar de explicar lo que abril del 2016 significó para él. Lo primero que sale de su garganta es “nosotros aún no tenemos paz”.

Fue héroe, pero algunos lo llamaron ‘ladrón’. No recuerda cuántos niños salvó, mas en su mente se repite, como una película de terror, la escena de la muerte de sus propios hijos.

El salvavidas, de 20 años, estaba en su adorada playa cuando la tierra no tuvo piedad de Pedernales y vio cómo uno a uno iban cayendo los edificios en el malecón.

Cuando el polvo se empezaba a asentar le pidió a uno de sus amigos que lo llevara hasta el lugar donde estaban sus pequeños, de 5 y 2 años, pero solo vio al edificio donde vivían con sus abuelos, convertido en una argamasa de cemento y fierros retorcidos.

“Como vi que no podía hacer nada por ellos traté de aceptar mi dolor y refugiarme en salvar más vidas”, reconoce el también surfista, quien en lugar de echarse a llorar aplicó las técnicas de rescate que le enseñaron.

Una risa irónica evapora por unos segundos la nostalgia de su rostro embadurnado de protector solar y cuenta que se metió a las farmacias, ferreterías y tiendas para sacar alcohol, gasas, plástico, agua y otros implementos para ayudar a los heridos. “Por eso me dijeron ladrón. Todavía nos juzgan por eso”, dice con una sonrisa cortada por la tristeza.

Su compañero Eduardo Muñoz asiente y lo escucha en silencio. Él estuvo al frente del grupo de jóvenes salvavidas que no descansó hasta rescatar a la última víctima en la desgracia que enlutó a Pedernales.

Prefiere no volver a recordar, y aunque no perdió a ningún familiar en la tragedia le hace daño volver a ver las imágenes de quienes terminaron sus días bajo las pesadas lozas de concreto.

Los cuatro días previos al sismo, no paró, y a pesar de que fueron los más difíciles, no asimiló lo que estaba ocurriendo meses después, cuando sus amigos le pedían que les contara cómo hizo para rescatar a tanta gente. El llanto era inevitable.

No puede escoger algún rescate que le impactara más que otro, porque todos le estremecieron el alma. Adrián, en cambio, tuvo que cerrar los ojos del dolor que le provocaba la desesperación de un muchacho, que golpeaba el pecho de su novia muerta para que abriera los ojos, para que le volviera a decir que lo amaba.

“Él creía que le estaba dando RCP (reanimación cardiopulmonar), pero lo estaba haciendo mal. Le terminó reventando los pulmones”, dice con la mirada clavada en el mar, del cual tanto él como Eduardo sacaron a cientos de personas en peligro en sus años como salvavidas.

No obstante, jamás tuvieron a la muerte tan cerca, como en el mes que cambió sus vidas y la de los pedernalenses para siempre.

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