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Más Oriente y menos malls

O
19 oct 2016 / 09:33 H.

El rastro de un jaguar negro, el primero fotografiado en el Parque Nacional Llanganates, me condujo hace un año al insondable océano verde que se extiende en el Oriente ecuatoriano. Aquella exclusiva de EXTRA y EXPRESO, que jamás habría salido a la luz sin la ayuda de mi compañera Yadira Illescas, bien merecía una expedición que, por otra parte, anhelaba emprender desde que me habían diagnosticado una alergia a la rutina tan incurable como mi intolerancia al gluten. Lástima que no pudiera acompañarme el bueno de Fito, mi Obi-Wan Kenobi particular, ese hermano y consejero espiritual que lleva media vida deseando explorar la Amazonía.

Para quienes venimos de un mundo con tantos animales desplazados como infelices sin hogar por culpa de la crisis, el Oriente es un refugio para el alma, una especie de templo budista sin muros que apresen al devoto. Allá, respirar resulta tan placentero como devorar un ceviche mixto a media mañana, como despertar al lado de esa fémina que uno admira por inalcanzable.

No me hizo falta viajar durante días para recorrer los senderos por los que ‘Yaku Supai’ (‘Demonio del Agua’ en kichwa) se desliza silencioso en busca de sajinos y tapires; para surcar los ríos, aún sin contaminar por la minería ilegal, donde el felino chapotea al abrigo de guayacanes, laureles, copales y helechos; para contemplar mariposas multicolor, cuyo aleteo suena tan torpe y pesado como un ventilador a cámara lenta; para descubrir enigmáticas esculturas de piedra en una cueva de Archidona, donde ningún arqueólogo se ha adentrado hasta la fecha; para conocer leyendas tan insólitas como la de aquella cascada sagrada, en la que una descomunal anaconda devoraba a los indígenas y los conducía al inframundo, o la del dragón de siete cabezas que hizo mudarse a una comunidad entera cerca de Punta Ahuano.

En ese paraíso donde anidan tantas bestias y criaturas misteriosas como enigmas que nadie ha descifrado todavía, el malhumorado rugido matutino de los carros deja paso a plácidos amaneceres, donde el intermitente silbido de las tangaras y el repicar del pájaro carpintero hacen de despertador. Nadie tiene prisa por llegar a ningún lugar. Basta con vivir, que no es poco...

Aquella semana caminé sin descanso, dormí sobre un piso de madera, me embadurné con repelente en lugar de colonia, comí todo aquello que cabe en una mochila y no necesita cocción (lo siento, pero no pude con los chontacuros ni las larvas)... Y a pesar de tanta incomodidad aparente, regresé a Guayaquil renovado, como si hubiera disfrutado de unas vacaciones en algún ‘resort’ con masajistas de fino acento, aguas termales, playas turquesas y barra libre. Y eso que no pude recorrer el Yasuní. La mente suele ser más sabia que el cuerpo...

–¿Qué sitio te gusta más de Ecuador? –me preguntan a menudo.

–Sin duda, el Oriente –respondo sin titubeos.

–Ah, ¿sí? ¿No prefieres Salinas o Playas?

–Jamás has ido por allá, ¿verdad?

–Pues no.

–¿Nunca?

–Bueno, no he tenido la oportunidad –se excusa mi interlocutor, avergonzado por no poder apreciar lo que yo tanto valoro.

Ignoro cuántas veces he mantenido la misma conversación, cuántas veces las respuestas han sido similares. Da igual quién se siente enfrente de mí, que sea cholo o pelucón. A nadie parece importarle un carajo que, a ocho horas de su sofá, se esconda el mayor tesoro del planeta, ese pulmón que salvará a las generaciones futuras cuando sus vísceras se emponzoñen por tanto CO2 radiactivo y no quede otra que recluirse en cuevas como neandertales.

Pero mientras la mayoría sueña con televisores de cincuenta pulgadas, zapatos de marca, carros de lujo, copas rebosantes de trago y noches de sexo interminables, algunos, posiblemente solo unos pocos, encontramos el sentido a nuestra existencia en aventuras tan fascinantes como la de ‘Yaku Supai’. Ojalá algún día logre cumplir la máxima de Frankie Lugo, una de las personas que custodia el Llanganates, y el jaguar negro me conceda una entrevista: “Cuando hagas algo bueno por la Madre Naturaleza, esta te premiará y te permitirá vivir en armonía con la fauna. Entonces, los animales se dejarán observar”.

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