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Dolor, angustia, negación

O
19 oct 2016 / 18:05 H.

Si hay un lugar donde las historias se cuentan por miles, esa es la morgue. Ver los rostros llenos de angustia y encharcados de lágrimas de quienes han perdido a sus seres queridos, se vuelve habitual, rutinario. Durante 10 años, ininterrumpidos, fui testigo de todo tipo de casos. Resulta imposible contarlos uno a uno. Sin embargo, algunos por su impacto han quedado registrados en mi memoria. Los más duros son aquellos en los que el ser humano, sensible ante la tragedia, deja aflorar el sentimiento de negación. No acepta que ha perdido a su familiar, amigo o allegado, con quien compartió buenos momentos. Ahí, nadie se acuerda de los malos ratos, ni tampoco el muerto es malo.

Una mañana, durante mi recorrido llegué a la morgue para registrar las novedades. Sobre la bandeja metálica estaba el cuerpo inerte y desnudo de un joven. La noche anterior, lo habían matado a balazos por resistirse a ser asaltado.

En el exterior del anfiteatro esperaba una pareja de mediana edad. Mientras ella sollozaba, él la calmaba. Pidieron entrar para reconocer el cadáver. Les habían informado que a su hijo lo habían asesinado. Primero entró el hombre. Era el conocido director de una orquesta que tocaba todos los domingos en un programa de televisión. Se acercó lentamente y en silencio al cuerpo, lo observó detenidamente. De su boca no salió ni una sola palabra, ni un solo suspiro. Salió rápidamente para confirmarle a su mujer que el fallecido era el hijo de ambos. Ella entró pegando gritos de dolor, rabia e impotencia. Frente al cadáver, se negó a reconocer lo que su esposo le había dicho. “Ese no es mi hijo”, gritaba una y otra vez. El médico forense le pidió que, por favor, lo revisara detenidamente que observara bien los lunares, cicatrices, tatuajes o alguna característica que le permitiera identificarlo. Pero la mujer estaba reacia, no entendía razones. Uno de los ayudantes del sitio indicó que, tal vez, el reconocimiento se haría más fácil si le mostraba la ropa que llevaba puesta el joven al momento de su deceso.

Cuando la desconsolada madre vio el calzoncillo amarillo con rayas negras, solo ahí admitió que lo había perdido definitivamente. En medio del llanto comentó que una semana antes le había comprado en la Bahía varios interiores y entre esos estaba el que llevaba puesto. Esa prenda le ayudó a la desconsolada madre a terminar con la negación, angustia e incertidumbre, mas no con su dolor.

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