"Ejercieron el legítimo derecho de irse". No hubo lágrimas, abrazos, cartas ni despedidas dolorosas. Zoila Tanquino y María Lazo decidieron partir al más allá en silencio y con la dignidad de haber afrontado dolorosas enfermedades durante varios años y sin la ayuda económica de nadie.
Tomar a diario sus pastillas que, a veces con éxito y a veces sin suerte alguna, controlaban sus brutales ataques de epilepsia que la dejaban extenuada hasta las lágrimas o tendida en una cama durante horas con los golpes propios de los sacudones, la mordida de lengua y los rasguños, la hartaron.
María no quería vivir más de ese modo. Durante 38 años soportó el dolor de cargar en sus hombros a la epilepsia como la única compañera que iba con ella a todos lados y decidió terminar con su sufrimiento.
Pero ella sabía que no podía irse sola. Su madre, la mujer que la trajo al mundo y la acompañaba durante los duros trances que le tocaba vivir, no debía quedarse sola.
Nadie más que María veía por ella. Eran la una para la otra y así vivían en Riobamba, dividiendo su tiempo entre la bloquera familiar donde prestaban sus servicios y yendo al mercado a hacer sus compritas para la semana.
Zoila era una mujer robusta. Tenía 64 años, pero de vez en cuando se quejaba porque la diabetes inundó su cuerpo y no la dejaba en paz. Al igual que su hija, medicamentos como la insulina la acompañaban a diario, intentando extenderle la vida un poco, aunque ella se quejaba y decía que no quería saber nada más de pastillas.
El pacto secreto
Hasta el viernes en la noche los parientes de Zoila Tanquino y María Lazo las vieron con vida. Ellas estaban muy tranquilas y cuando terminaron su trabajo en la bloquera se fueron a la parte trasera del terreno en donde tenían un cuartito y no se las vio más.
Allí, creen los investigadores, madre e hija sellaron un pacto secreto que tenía como único fin no sufrir más por las enfermedades que a cada una le había tocado soportar y cumplieron su cometido al pie de la letra.
El doloroso hallazgo
Los familiares de Zoila y de María eran un solo manojo de nervios y llanto. Ellos no podían creer lo que sus ojos veían y decidieron no hablar con la prensa.
Entre sollozos lastimeros le contaron a la Policía que el sábado las dos mujeres debían levantarse para trabajar, pero no habían aparecido por el negocio de bloques. Extrañados por la ausencia y tomando en cuenta que Zoila y María eran muy cumplidas, los parientes decidieron ir a buscarlas. Ellos dicen que tocaron la puerta varias veces, las llamaron con insistencia por las ventanas, cerradas únicamente con fundas de papel de cemento y saquillos de lona, pero no obtuvieron respuesta.
Como la puerta estaba cerrada, ellos creyeron que quizá habían salido temprano y se marcharon, pero las horas pasaron y ninguna daba señales de vida. Temiendo lo peor, la parentela fue nuevamente a la humilde casa, pero esta vez entraron a la fuerza.
Fue entonces que vieron el cuadro más triste que haya quedado grabado en sus retinas: Zoila y María estaban muertas en sus camas.
Solo una estampita del Divino Niño, colgando del cuello de María, la había acompañado en los últimos y dolorosos minutos de su vida. Ahora madre e hija descansan en paz, aunque dejaron un gran vacío y muchas preguntas en las personas que las querían y compartían los días con ellas.
Veneno para ratas
Un jarro azul de porcelana, con una cuchara metálica de cabo rojo y una sustancia espesa que se confunde con pastillas molidas y polvo de veneno para ratas es lo único que quedó dentro el cuarto en donde las dos mujeres tenían sala, cocina, comedor y dormitorio en un solo ambiente.
Una caja de Racumín, colocada delante del televisor, permitió a los agentes llegar a la pronta conclusión de que las mujeres decidieron suicidarse y partir juntas al más allá.
Acostadas en la cama
Cada una quedó recostada en su cama, tapada con las cobijas, como cumpliendo con un rito doloroso sin quejarse.
Y fue precisamente eso lo que llamó la atención de la Policía, pues, al parecer, madre e hija bebieron el veneno mezclado con sus tradicionales medicamentos y luego se acostaron a dormir.
Obviamente el veneno comenzó a hacer estragos en ambas y ellas vomitaron junto a sus humildes camas, pero no hicieron el más mínimo intento por levantarse, a pesar de los dolores que deben haber padecido cuando el veneno quemaba sus entrañas.
En lugar de eso, ellas aguardaron por la muerte acostadas, cobijadas y bajo la mirada atenta de la pareja retratada en un cuadro que colgaba por encima de sus cabezas.
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