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Luego de “encerrarnos” en un cuarto, sentados sobre una de las camas donde a diario -y por años- entrega placer a hombres de toda edad, “Soledad”, la más antigua trabajadora sexual del cantón Milagro, narró las experiencias que a una mujer de su edad, dedicada a esta profesión, le ha tocado vivir.
La sábana del colchón, todavía caliente, estaba destemplada producto de un cliente que había atendido hace 5 minutos. Cuatro dólares cobra actualmente por sus honorarios, aunque suele ser más con la propina. Sus manos sudaban y estaba algo nerviosa. Jamás le habían hecho una entrevista.
Habitualmente, a “Soledad” se la encuentra en el centro de la ciudad, apoyada sobre una pared de la vieja estación del tren. Camina y se arrima al poste de la esquina, y regresa al mismo lugar, en espera de que algún hombre se deje llevar por su minifalda y sus escondidas curvas.
En su cartera guarda los preservativos, un lápiz labial, una peinilla y un pequeño espejo, junto con unas cuantas monedas.
La pobreza en la que creció con sus padres y hermanos no le permitió prepararse y terminar la escuela. Lee con dificultad y tiene problemas para escribir. Confiesa que le habría gustado dedicarse a otra actividad. De haber sido así, “quizás no estuviera donde estoy ahora”.
Cuando cumplió 20 años, esa misma miseria la llevó a “botarse en este camello”, como ella menciona. Desde entonces, ha pasado ya 40 años laborando en este “mundillo”, de donde hasta ahora no ha podido salir, tocándole “vivir de todo”.
Algunos “chiros” se acercan a la mujer de tez morena y “regatean” con ella, pero “no les da mucho chance”.
En ese ambiente con olor a “sexo sin amor”, “Soledad” confiesa haber “perdido la cuenta” de hombres que han pasado por ella, en 4 décadas de consagrarse a esta actividad. Sólo atina a decir que son “miles” los tipos con los que ha tenido que “hacerlo”.
Sudados, borrachos, sucios, limpios, drogados, no le importa, “con tal de que le paguen su dinero”.
Se inicio a los 20
Muchos creerían que por sus 60 años, ningún hombre le “pararía bola”.
“Eso es mentira, porque con esta edad, una puede tener más clientes que las mujeres jóvenes”, aseguró, al decir que “las peladitas que empiezan en este trabajo los ‘bolsiquean’ a sus clientes, y se les llevan la plata”, pero aclaró que “no son todas”.
La situación económica por la que atraviesa en la actualidad no le permite decidir si “se acuesta o no” con uno o con otro.
Al ser considerada prácticamente de la tercera edad, la meretriz revela que le ha tocado estar hasta con jovencitos de 15, entre ellos muchos colegiales.
Se inició a los 20 años. En esos tiempos llegaba a atender hasta 50 hombres al día.
“Terminaba cansada, rendida. Es muy triste esta vida”, afirmó la mujer. Hoy, las arrugas de su cuerpo le pasan factura, y sus clientes han reducido.
“Yo vengo por mis clientecitos, hago mis 3 ó 4 ‘puntos’ y me voy”. En la actualidad, lo máximo que llegan son 10 ó 15 hombres, pero eso no es todos los días.
De joven le salían niños de trece y doce años. Hoy todavía “le caen”, aunque en menor cantidad. Sin embargo, acepta que la mayoría de los “peladitos” ya no la buscan. “Ahora prefieren irse al barrio”, dijo, mientras cruzaba las piernas.
Sus clientes ahora son más los “veteranos”, algunos de estos solicitan que la “sesión” sea sin protección. Ella lo piensa dos veces.
CON TODOS
A través de los años asegura haberse acostado con varias personalidades del cantón, entre ellas políticos, abogados, doctores, licenciados, profesores, vigilantes y hasta policías.
A pesar de estar inmersa en un mundo donde el caos, la delincuencia y los vicios están “a la orden del día”, “Soledad” afirma nunca haber consumido drogas.
UN NIÑO SE LA
QUISO LLEVAR
Una leve sonrisa apareció en sus finos y rojizos labios, que pintó con un desgastado lápiz que sacó de su cartera colgada del cuello, al recordar lo siguiente: “Hace unos meses llegó un chico, y me pidió que yo lo acepte para hacerse de mí”.
La sorpresa fue grande cuando nos reveló que el “hombrecito” que le había “declarado su amor” y “pedido su mano”, era apenas un niño de 12 años.
“Él me dijo que trabajaba y que tenía de todo en su casa, que no me dejaría morir de hambre. Me pidió que salga de esta vida. ‘Yo te saco’ me dijo, pero yo le contesté que no”, mencionó sonriendo.
SUS “AMIGAS”
La relación con las “compañeras” de trabajo es buena, aunque admite también que existen algunas “angurrientas” que “solitas” quieren hacerse la plata “quitándose los clientes”.
Cada “chica” en su puesto, sin invadir la esquina de la otra. Así defienden su territorio en esta actividad mal llamada “de la vida fácil”, pues de “fácil” no tiene nada.
Pese a aquello, mantiene amistad con cerca de 20 mujeres de las calles Pedro Carbo y García Moreno, centro del cantón, donde ellas paran en busca de clientela.
Hasta hace poco, la Policía las “correteaba” del sitio y las mandaban “de aquí para allá”.
Las enfermedades de transmisión sexual como el sida y otras más no le preocupan en lo absoluto, pues la mayoría de veces que mantiene relaciones sexuales con distintos hombres, sí se protege.
“Tengo cuarenta años ‘camellando’ y no siento nada de enfermedad”, señaló muy confiada.
Solo con hombres
Entre sus incontables y olvidadas vivencias, rescata una en la que un supuesto cliente se le acercó y le pidió sus servicios. Ella accedió, y caminaron juntos hasta el cuarto. Una vez allí, cuando estaban listos, para entregarse el uno al otro, se llevó una gran sorpresa.
“Había sido una mujer”, confesó, por lo que rápidamente dio “media vuelta” y sin darle tiempo a nada, se fue.
“No me gustan esas cosas, solo lo he hecho con hombres”, afirmó.
Se quiere jubilar
Luego de una jornada de trabajo, se dirige hasta su hogar y lo primero que hace es bañarse y sacarse todo ese sudor de los hombres con los que ha estado durante el día. Le cocina a sus mascotas, barre y limpia la casa, descansa y ve la televisión, como tratando de olvidar por un instante lo triste de su trabajo.
Tuvo 10 hijos, algunos de ellos para el día de las Madres le llevan regalos. Ellos le han pedido que se salga de esta actividad, que ya descanse, por lo que ha pensado seriamente alejarse de la prostitución, aunque no sabe cuándo.
Solo espera salir favorecida con el bono del Gobierno al que se inscribió y poner un negocio para tener una vida tranquila, alejada de este trabajo.
Hace algún tiempo asesinaron a su último esposo, pero no habla casi del tema. Con 60 pesados y duros años, “Soledad” por momentos siente que le hace honor a su nombre.
No se imagina llegar al medio siglo trabajando en esta profesión, donde cada vez que sube a encerrarse con un hombre diferente, se enfrenta a su mismo destino que por 40 años le ha tocado afrontar.
Confiesa que a veces cierra sus ojos e imagina una nueva vida, lejos de este oficio.
Muchos la juzgan y la juzgarán, pero muy pocos se atreverían a observar el ser humano que hay allí, dentro de ese cuerpo desgastado y que pide descansar.
“Yo les diría a las jovencitas que no se metan a esto, porque es el mismo infierno”, expresó con voz triste y apagada.
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