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El varadero del Astillero
En la calle 5 de Junio, los olores del río Guayas y la madera tallada se mezclan mientras transcurre la mañana. Allí se ubica el “Varadero Barcelona”, un protagonista del barrio El Astillero. Si se presta atención, se escucha el martillar de las personas que reparan una embarcación asentada en la parrilla del taller.
Pese a sus 48 años de funcionamiento, fue declarado “patrimonio de Guayaquil”, según su propietario Héctor Huayamabe, quien además reside en el sector desde hace 55 años. Cuenta que la “construcción naval” la aprendió de su padre Enrique Huayamabe, de 93 años, quien colocó el nombre al varadero, “en honor al equipo de sus amores”.
Entre sus recuerdos del barrio confiesa que, aunque al principio carecía de infraestructura y asfaltado, siempre hubo la tradición de los juegos. “Se embanderaba a lo ancho de la calle con los colores celeste y blanco para jugar fútbol. Los niños, en cambio, se distraían con el pepo, el tingue y la rayuela”, cuenta Huayamabe.
Desde hace más de 70 años de su creación, El Astillero comprende la avenida El Oro hasta Gómez Rendón y de 5 de Junio hasta la avenida Quito. Los moradores cuentan que el nombre del barrio se debe a que allí se comenzaron a construir las primeras embarcaciones de hierro con madera.
Así, a pesar de que las costumbres del Astillero se hayan perdido con una “regeneración que les impide jugar en las calles”, aún el sector revive lo añejo, gracias a los recuerdos de quienes nacieron junto con Barcelona y Emelec.
Orellana, barrio de excelencia
El ruido vehicular de las “horas pico” contrasta con la realidad del barrio Orellana, en el centro de Guayaquil. Con más de sesenta años de creación -1948- varias de sus casas aún guardan la arquitectura de antaño: cerramientos amplios, techados de tejas, esculturas y similitudes propias de castillos, donde se asentaron las primeras familias de clase media de Guayaquil.
En José Mascote y Manuel Galecio, Pedro Cárdenas, de 57 años, es un ejemplo de ello. En su despacho con decoración rústica, aún guarda los planos de su vivienda, la misma que fue parte del conjunto habitacional del Banco de Fomento.
En un principio el barrio era solo residencial, pero pasados los años 80 los negocios empezaron a caracterizar al sector. A más del local de antigüedades de Cárdenas se observan centros médicos, talleres, copiadoras, financieras, entre otros. Donde, a pesar del bullicio, “se puede caminar sin problemas y lo que uno necesite lo encuentra a su alrededor” dice.
Aunque actualmente, las familias pioneras del barrio son pocas, Cárdenas afirma que en su mayoría eran de renombre. Hubo desde políticos y banqueros, hasta los esotéricos como “Guga” Ayala, quien aún reside en el sector.
Hoy, el barrio lo conforman moradores de diferentes situación económica. De modo que por la Quisquís hasta Piedrahíta, y de Av. del Ejército hasta Tungurahua sobrevive la arquitectura porteña del 40 en medio de embellecidos árboles y jardines.
El tradicional Garay
El movimiento se hace evidente sobre todo en la calle Ayacucho. Allí, la venta de repuestos de autos destaca en medio de edificios que lucen ropa tendida en sus balcones y ventanas. Aquel es el barrio Garay, cuya historia se remonta a 1938.
Carlos David Cajamarca, de 75 años, es un personaje dentro del sector. Recuerda que, a pesar de que antes la zona estaba cubierta de manglar y lodo “había cómo divertirse los fines de semana”. De allí que el sector se caracterizó por la venta de dulce pechiche, bola de maní, y la pelea de gallos para realizar las “jugosas apuestas”.
El engrandecimiento del barrio se dio gracias al coronel Asisclo Garay, quien en esa década se desempeñaba como presidente del Concejo Cantonal. “Él se encargó de colocar el relleno en la calle y desde ese entonces comenzó a estructurar el barrio” cuenta Cajamarca.
Otros de sus recuerdos son las fiestas de fundación que se realizaban en las calles. Para ello convocaban a los colegios para organizar el tradicional desfile cívico que luego terminaba con la elección de la reina, actividad que aún la mantienen las nuevas generaciones del barrio Garay.
Entre las peculiaridades del sector recuerda los reinados de travestis. “Llegaban incluso concursantes de Colombia y Perú” cuenta sorprendido Cajamarca.
Así el barrio que comprende las calles Huancavilca hasta el colegio Vicente Rocafuerte y de Andrés Marín hasta Leonidas Plaza, ha sido la cuna de gente hospitalaria y sin tapujos que se identifica con la esencia guayaca.
Al son del Barrio Cuba
Al sureste de la ciudad, pasando por el exclusivo barrio del Centenario, el estridente sonido de la salsa y la algarabía de mujeres voceando un menú de almuerzo da la bienvenida al Barrio Cuba.
Sentado en una silla afuera de un local de comida se encuentra don “Chicho”, de 55 años. “Soy cubano’ de nacimiento” dice en sentido figurado. Sobre la historia de su barrio señala que se remonta al año 1930.
Con una menuda voz, Félix Borja, de 83 años, cuenta qué “en esa época, funcionaba un tendal de habanos. Allí vivía un pareja de cubanos y sus dos hijos”. Su popularidad era tal, que “los vecinos acostumbraban ir para fumar y bailar música caribeña”, dice.
Desde entonces, el sector se lo conoce como Barrio Cuba. Al momento, comprende las calles Domingo Comín hasta Caraguay y desde Rosa Borja hasta La Orilla. En aquellos años el tendal de los cubanos al igual que el resto de viviendas “eran de choza y mixtas”, recuerda Borja.
Ahora en las mismas casas, el aroma del habano ha sido remplazado por la tradicional carne en palito y el popular arroz con menestra y carne. Su pionera es Agustina Tomalá, de 72 años, esposa de don Félix. “Esto se llena todos los fines de semana” dice con orgullo.
El Barrio Cuba ha sido también la cuna de deportistas reconocidos. Borja, quien fue presidente del Club Deportivo del sector, recuerda que los más destacados fueron el tenista Francisco Segura Cano y el ex futbolista Miguel Bustamante, propietario del soda bar Cortijo.
A más de ser devotos a la virgen María Auxiliadora, los moradores del Barrio Cuba no dejan tradiciones. La vaca loca, el palo ensebado y el recorrido de la reina en una carretilla con burro son infaltables en las fiestas julianas. Así, el pasado y el presente se enlazan en un barrio que nos recibe con “tabaco, salsa y alcohol”.
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