Guayaquil, dom 08/ago/10
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Un equipo de EXTRA pasó un día entero dentro de un cabaret de Quito y narra la historia de chicas y hombres sedientos de placer

¡Una reportera en la lujuria de un chongo!

El negocio del sexo se confunde con la venta de almuerzos, gafas y discos compactos.

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La cámara del diario que informa primero y mejor captó imágenes del difícil mundo de las trabajadoras sexuales.

Preservativos

Una de las chicas se alista para realizar el baile del tubo.

Son las 11:00 y todo está listo para comenzar la jornada de trabajo. Las fichas sobre la mesa, los baños limpios, el piso trapeado, las camas tendidas y las cervezas en el refrigerador.

“Jéssica”, cajera del lugar, saca un cuaderno donde registra a todas las chicas que llegan y cuánto dinero van acumulando durante todo el día. En la lista hay más de veinte nombres de lindas mujeres. En un cajoncito, tras el mostrador, están los preservativos y más allá un espacio donde las chicas guardan sus bolsos.

12:00. Las luces se apagan, los focos rojos se encienden, el humo blanco y la música comienza a ambientar el lugar. Poco a poco los hombres van llegando. Dos jóvenes buscan un lugar dónde sentarse y esperan a que las exuberantes musas arriben al rincón del placer.

“Claudia” es la primera. Tiene un vestidito azul corto ceñido totalmente a su figura, sus rizos negros adornan su rostro mientras sus curvas se desplazan por el lugar. Llega, se sienta y enseguida prende un cigarrillo y saca su celular. Los hombres la miran con deseo, ella levanta cada cierto tiempo la mirada y sin reparo les coquetea.

“Mélani” es la segunda. Lleva puesto una mini negra y una blusa escotada del mismo color. Tiene un lunar en su mejilla y camina tan segura como llevándose todo por delante. Saluda con su compañera, echa un par de miradas a los caballeros y  reposa su monumental cuerpo en el centro del salón. 
 
La tercera en llegar es “Michelle”. Es inevitable dejar de ver su cuerpo, es alta, muy bien dotada, tiene la piel dorada y el cabello largo y rubio. Trae puesto un traje negro pegado, la blusa tiene una abertura en el pecho que a duras penas cubre sus senos. Sonríe y de lejos se la ve amigable. 

13:00. Tomo una cerveza, la mirada de una de las chicas me llama mucho la atención. Se ve tan inocente e ingenua, a su lado otra niña. Me acerco y la saludo. Se llama  “Natasha”, es de Machala y tiene 20 años, su amiga es “Naomi”, guayaquileña de 19 años.

Las dos comparten una historia muy parecida. Cuando eran pequeñas perdieron a su madre y tuvieron que migrar a la capital, pues dedicarse al mismo oficio en sus tierras natales es riesgoso. “Todos se darían cuenta”, dicen entre carcajadas.

Éste es su primer día en el trabajo. Cuando les pregunto por qué decidieron dedicarse a esta profesión, “Naomi” dice que ella está ahorrando un poco de dinero para estudiar psicología, pero “Natasha” comenta que ella nunca ha pensado en trabajar en otra cosa. “Me parece más fácil esto”, afirma.

13:30. El lugar está repleto, cada cliente con su cerveza en mano degusta la belleza de las exóticas muchachas, todas con trajes diminutos que dejan libre la imaginación de cualquiera que las mira.

Las fichas comienzan a venderse. “Gabriela” se acerca a la barra y pone diez dólares sobre el mesón. La cajera le entrega una ficha, un condón y una tarjeta del lugar. En su mano lleva su cartera y un tubo de crema. No alcanzo a distinguir con quién se va, pues el cliente la espera al subir los escalones.

Diez minutos después vuelvo a verla parada junto a una pared. Le pregunto si tuvo algún inconveniente con el cliente, se ríe y casi burlándose responde: “no, esto es así de rápido, un tas- tas y ya”. Su comentario me hace sonrojar, yo había escuchado algo similar antes, pero no me imaginaba que el asunto fuera tan rápido.
Al igual que a “Gabriela”, vi a muchas mujeres llegar a la barra e irse con una ficha, no una sino como diez veces por lo menos.

14:30. Un ruido de sirena llama la atención de los clientes y el show comienza. “Sherly” pasa al centro de la pista vestida de gatita, su cuerpo domina el tubo por completo y sus caderas se mueven al son de la música. Su color de piel se pierde entre la oscuridad del salón, pero las luces coloridas marcan a la perfección su contorneada figura. Movimientos sexuales atraen la atención de todos. Cuando termina el baile del disfraz ya solo queda la dueña.

El DJ anuncia la entrada de “Cristina”. Vestida con un traje árabe, ella oculta su rostro con un pañuelo, dándole un toque de misterio y seducción al momento. Ya en la tarima empieza a mover sus caderas, la velocidad avanza con la música y lo hace tan bien que a su lado Shakira se queda corta. Ella no se retira la ropa, pero al igual que “Sherly” cautiva a quien la mira.

16:00. El espectáculo termina, pero la fiesta sigue animada. Con los movimientos de las bailarinas, los clientes entran en calor, ahora se venden más fichas que antes.

Los clientes

Hay tanta gente que el ambiente comienza a volverse asfixiante. Mi presencia comienza a inquietar a los presentes. Un hombre se me acerca y me galantea “porque eres diferente a las demás”. No sabe que soy periodista y quiere mis servicios. Pienso en una excusa mientras aprieto mis mandíbulas. Digo que no y él se retira. Hay hombres de todas las edades y niveles sociales, pero todos buscan una sola cosa: satisfacer su deseo carnal. Se muestran tan machos y confiados, pero cuando ven la cámara de fotos todos huyen, todos se esconden.
“Andrés” es casado, pero frecuenta estos lugares. “Solo vine a darme una vueltita”, dice y acepta que hace mal, pero también está seguro de que “lo que no se encuentra en casa se busca afuera”.

 

Empleo para muchos

A pesar de que en este local el negocio es la prostitución, mientras estuve ahí vi entrar a varios vendedores ambulantes  para ofertar sus productos.

“Mohamed”, de origen pakistaní, visita siempre el local para vender inciensos y hermosas joyas de plata. Él comenta que ahí las clientes más fuertes son las trabajadoras. “Ellas me pagan cada semana en cuotas”, cuenta.

“Clara” vende almuerzos, “Pedro” discos compactos, “José” ofrece gafas. Es por esto que el propietario comenta que si algún día cerraran su local, varias personas se quedarían sin empleo. “Aquí trabajan como ochenta mujeres y aparte doce empleados más”, expresa.

“Don segundo” es el dueño de este lugar lleno de sensualidad y lujuria. Dice que tener este negocio es rentable, pero muy sacrificado. Él ha permanecido en este medio durante muchos años, y sabe exactamente “cómo es la movida”. Montarse un cabaret, explica, es complicado “pues se necesitan como seis permisos diferentes antes de inaugurarlo”.

“Nosotros tenemos incluso que pagar un permiso para poder utilizar la música”, comenta y agrega que son 155 dólares los que cancelan anualmente para que el DJ del lugar pueda animar con música nacional. Esta tarifa está destinada para la Sociedad de Autores y Compositores Ecuatorianos (Sayce), dueños de las tonadas.
Afirma que para que las chicas trabajen bien, hay que tratarlas bien. “Elizabeth” tiene seis meses trabajando ahí y ella asegura que “Segundo siempre ha sido muy respetuoso con nosotras”.

Me atrevo a decir que en muchas ocasiones he estigmatizado estos lugares, pero al estar dentro y después de vivir casi todo un día ahí, me di cuenta que cada uno tiene una vida diferente fuera del lugar. A fin de cuentas, el trabajo de estas mujeres es como cualquier otro, o más difícil quizás.

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