Guayaquil, sáb 14/ago/10
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Se electrocutó a los seis años y perdió parte de sus extremidades, pero trabaja en un restaurante de Quito y es un ejemplo de superación

¡Un mesero que no tiene manos!

Es miembro de la “Muerte Blanca”, la barra brava de Liga de Quito. En el estadio le dicen “Manitas” o “Pinzas” y lo toma con buen humor.

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Jaime Enrique Mejía no necesita de sus manos para tener una vida normal. Le bastan las de Dios que guían su camino.

Los clientes lo ayudan recibiendo los platos y Jaime agradece el gesto, aunque aclara que sí los puede dejar sobre la mesa.

Coloca las servilletas y los cubiertos en las mesas.

El joven es experto en destapar las gaseosas.

En un restaurante sencillo y acogedor, ubicado en plena esquina entre la calle Alemania y Vancouver, en el norte de Quito, trabaja como mesero Jaime Enrique Mejía y lo hace perfectamente bien, pese a que perdió sus antebrazos en un penoso accidente.

Estoy ansiosa por conocerlo, pero cuando entro al lugar no veo a nadie con sus características. Mi mirada recorre todas las direcciones sin encontrarlo.
Gissele Cruz, hermana de Jaime, está sentada en una mesa, me coloco junto a ella y pregunto por su hermano. Ella explica que está dormido y que debía esperar un momento hasta que él se levantara.

Para aprovechar el tiempo inicié una conversación con la amable Gissele, pero en su mirada deja ver la tristeza que aún le provoca recordar cómo su hermano se quedó sin la mitad de sus brazos.

Cuenta que cuando Jaime apenas tenía seis años subió hasta la terraza de su casa y sin darse cuenta del peligro que corría tocó los cables de luz con una varilla. De inmediato la corriente lo electrocutó y “se quedó pegado en los cables durante unos minutos, luego cayó al pavimento”, comenta Gissele.

El día del trágico accidente, un lunes 6 de diciembre, para ser exactos, no había nadie en casa. La mamá de Jaime había salido a trabajar y como se celebraban las fiestas de Quito él estaba de vacaciones.

Unos albañiles que laboraban cerca del lugar vieron caer el cuerpo de Jaime prendido en llamas sobre la calzada. Desesperados lo hicieron rodar con un pingo por el piso hasta que se apagó. Los albañiles avisaron a todos los vecinos y estos llamaron a la hermana mayor de Jaime para informarle que el pequeño estaba hospitalizado.

Gissele tenía 20 años cuando todo esto ocurrió. Cuenta que los médicos nunca les dieron esperanzas y ella, al igual que su familia, esperaba lo peor: la muerte.  
El cuerpecito de Jaime había sufrido graves heridas y cada cierto tiempo la electricidad salía de su ser como pequeñas explosiones que desgarraban la carne y el pellejo del niño. Su hermana dice que “la corriente salía por las costillas, por la espalda y por los pies”.

Luego de unos días recibieron la terrible noticia de que los brazos de Jaime serían amputados, pues las heridas se habían infectado y la gangrena invadía su anatomía. Nadie podía creer que el angelito juguetón, que días atrás correteaba por la casa, ahora estaría recostado en una camilla sin sus antebrazos.

La historia es tan desgarradora que es casi imposible no llorar. A Gissele se le empañan los ojos de inmediato y deja caer por sus mejillas un par de lágrimas, toma un trago de agua y con la voz entrecortada continúa su relato.

“Cuando entré a la habitación, mi ñañito se quejaba del dolor, no sabía qué hacer, no sabía cómo consolarlo, él repetía todo el tiempo que no podría volver a abrazarme”.

Fuera del cuarto, el doctor entregaba a los familiares dos bolsas de plástico con las manos derecha y izquierda de Jaime en su interior. Gissele sonríe y agrega que las manos están enterradas en un invernadero de la casa de una de sus hermanas y que misteriosamente, desde que las pusieron ahí, el terreno ha dado muchos frutos. También cuenta que a Jaime se le amputó además dos dedos del pie izquierdo, ya que “los huesos y la piel estaban completamente destrozados”.

De repente Jaime se despierta. Su siesta había sido tras el mostrador de la caja. Levanta sus cortos brazos para desperezarse y restriega sus ojos.
Apenas me mira, sonríe y corre al baño a peinarse y entre risotadas dice “tengo que arreglarme para las fotos”. Una vez “peluqueado”, Jaime se sienta a mi lado, está inquieto, quizá un poco nervioso, mueve sus brazos constantemente, se intimida mucho al ver que lo miro.

Jaime recuerda que al principio fue muy difícil, pero que en menos de un mes aprendió a desenvolverse solo. “Poco a poco comencé a escribir con la boca y a coger la cuchara”, comenta. Para su familia también ha sido complicado, pero nunca han dudado de su capacidad ni lo han humillado o mucho menos dado la espalda.

Este inquieto muchacho es hincha de Liga de Quito y miembro de la “Muerte Blanca”. Sus amigos lo conocen como “Manitas” y en el estadio lo llaman “Pinzas”. A Jaime no le molesta que bromeen con su discapacidad “siempre y cuando sea con buena intención”, afirma. Sin embargo, hubo casos en los que él mismo ha tenido que defenderse de gente que se burla o lo discrimina.

UN EFICIENTE EMPLEADO

Los clientes comienzan a llegar, todos en busca de un almuerzo. Jaime se levanta y de inmediato toma su orden. Corriendo se dirige a la cocina y toma dos platos, uno en cada brazo. Parece un equilibrista, ya que con mucha destreza logra colocar la vajilla sobre la mesa. Luego va al congelador, sujeta una gaseosa, la destapa y se la entrega al cliente.

Todos en el restaurante vemos asombrados cómo hace cada cosa a la perfección, como si no fuera necesario tener manos. La hora de almorzar llega, Jaime se sienta con su plato de sopa y con lo que quedó de la unión entre el brazo y el antebrazo logra sujetar la cuchara que se la lleva a su boca.

Jaime está feliz y aunque reconoce ser un poco mal humorado, cada día le echa ganas a la vida. Él se siente tan capaz como cualquier otra persona. Dice que lo que le ayudó a salir a delante es acercarse a Dios. Ahora es cristiano y cada fin de semana asiste a la iglesia para darle gracias al Altísimo por haberle salvado la vida. Como dice Gissele: “más que los doctores y los medicamentos lo que nos ayudó fue la mano de Dios”.

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