(21 de agosto 2009)
El paraíso gastronómico ecuatoriano está en las entrañas del condado de Queens, al occidente de la Gran Manzana
¡Los “agachaditos” de Nueva York!!
Disfrute un encebollado, guatita, caldo de manguera, hornado, cebiche de camarón o una espumilla en la esquina de la Roosevelt y Warren. Aquí todos comen “en corto”.
Juan Manuel Yépez, Nueva York
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El vecindario de Jackson Heights, en el condado neoyorkino de Queens, se asemeja a una moderna “torre de Babel”. Por sus calles transitan judíos, irlandeses, italianos, chinos, puertorriqueños, colombianos y ecuatorianos que luchan por mantener intactas sus raíces culturales al menos hablando en su idioma mezclado con el inglés y saboreando su comida típica.
A lo largo de la famosa y transitada avenida Roosevelt, el movimiento comercial es incesante. Almacenes con productos para el hogar, agencias de viajes, bienes raíces, gabinetes de belleza y un sinnúmero de restaurantes de todas las nacionalidades dan un colorido especial a esta zona occidental de Nueva York caracterizada por acoger a los migrantes de todo el mundo.
Pero hay una esquina muy especial que hace que uno olvide que está en la Gran Manzana y se traslade imaginariamente al parque de la Floresta o bajo el puente del “Guambra” en Quito o a un quiosco de cualquier calle de Guayaquil.
En la Roosevelt y Warren, justo debajo de la estación de tren Junction boulevard, los olores de la comida ecuatoriana se confunden con las tonadas de salsa y merengue que salen de enormes parlantes ubicados afuera de los almacenes para atraer a los “mirones” con múltiples promociones. Huele a hornado, a papas con cuero, a encebollado, a guatita, a caldo de salchicha. A las 15:00, oleadas de latinos emergen de la estación de trenes de Elmhurst, en la calle 90, provenientes de sus trabajos en el centro de Manhattan.
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Unos regresan a sus casas y otros se detienen a saborear estos manjares porque se les hace “agüita la boca”.
Aquí manda Marc Anthony. “Te quiero así deliciosa insospechada, porque creo en tu palabra, porque yo siento que aún te necesito, porque me alteras las ganas...”, se corea con la misma intensidad con la que se canta el Himno Nacional, porque todo lo que sea latino y en español se atesora en las entrañas. Atrás quedaron las seductoras tonadas de Louis Armstrong, Count Basie y Ella Fitzgeral, quienes en la década de los 40 encontraron en Queens un refugio para el jazz perseguido por la segregación en las comunidades mixtas del distrito.
En la calle Warren es posible pegarse un “agachadito en corto”. El cuencano Carlos Domínguez, un albañil de 40 años que llegó a Norteamérica hace seis, hojea el menú pegado en el quiosco de la “Costeñita Guayaquileña” que ve pasar los días parqueado a un costado de la vereda, junto al de “Pique y pase el Pepín” o al “Hornado Ecuatoriano”.
Hay que escoger bien el plato para no decepcionar a los antojos, porque el “repetuche” sale caro, al menos para los ojos de un “paisano” acostumbrado a pagar un dólar por un encebollado y no 8 como aquí.
El caldo de bagre, 10 dólares; las banderas, 14; mixtos, 12; cebiche de camarón, un seco de pollo, un plato con hornado o una guatita, 8 de los verdes. ¡Increíble! piensa uno, pero aquí los precios no son gran cosa.
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| “¡Qué rico el plato típico!”,
parecen decir los compatriotas. |
Carlos se decide por el hornado. Mira el plato con nostalgia y mientras revuelve la carne con el mote, las tortillas y la lechuga cuenta la típica historia triste del migrante. Teme que sea un agente de la “Migra” con quien habla y pregunta: “¿de dónde es usted?. Parece de la Sierra ¿verdad?”. Es que las erres son inconfundibles y muchos “agachados” las pronuncian con ganas porque se sienten “en familia”. Le respondo que soy periodista de Diario EXTRA y se pone feliz “porque ese es el periódico del pueblo”. Aquí todos hablan de volver con plata para comprarse una casa y ponerse un negocio para que “valga la pena el sufrimiento”.
Rosa Sarmiento, que nació en El Triunfo hace 38 años, es la encargada de complacer los caprichos gastronómicos de los compatriotas desde hace 14 años.
Sentada en una especie de casa rodante, sede de la “Costeñita Guayaquileña”, Rosita cuenta que gracias a la comida y a su camión ha logrado educar a sus hijos en Estados Unidos. “Ya para qué regresar”, dice orgullosa, si la nueva generación casi ni se acuerda de la patria. Y es cierto porque lo único que los delata son sus rasgos andinos, puesto que dominan el inglés al revés y al derecho.
Aquí, al caldo de salchicha se lo llama “sausage soup” y al de gallina “hen stew”.
“Agachado” con una tarrina de encebollado entre sus manos, José Guarderas conversa con Julio Paredes, él sí bien sentado en un taburete. Un negocio pendiente es el tema a tratarse, pero sin dejar a un lado las anécdotas quiteñas.
Unos metros más adelante, Mercedes Nivillo ofrece los “mestizos”, un pan de dos sabores que oculta las humitas que están al fondo de una canasta y que se los disfruta con un buen vaso de morocho caliente que también se vende en la Warren.
Meche hace malabares para sobrevivir en tierra extraña porque los 60 dólares que gana al día no alcanzan “ni para el arriendo”.
No podía faltar la espumilla. Una pequeña mujer con marcados rasgos indígenas ofrece cada cono a un dólar. Prefiere no identificarse por miedo a los policías de Migración que se hacen pasar como clientes para después pedir papeles. “Dígame María nomás”, ruega mientras embadurna un barquillo de un solo cucharazo.
Así termina la tarde en un sector del condado más grande de los cinco que tiene este estado, donde las familias italianas y judías dejaron este reducto para rentar sus casas a la nueva ola de latinos que se apodera cada vez más de sus calles, plazas y parques.
Cuando viaje a Nueva York no deje de pasar por este rincón nacional para saludar a los compatriotas y pegarse “un agachadito” mientras les cuenta cómo se vive en Ecuador en plena revolución ciudadana.
Más de 2 millones de personas viven en Queens
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La colonización europea trajo holandeses, ingleses y parte de la colonia de Nueva Holanda. Los primeros asentamientos en Queens se establecieron en 1635, con colonias en Maspeth en 1642 y Vlissingen (hoy, Flushing) en 1643. Otros asentamientos iniciales fueron Newtown (hoy Elmhurst) y Jamaica. De todos modos, estas ciudades estaban habitadas por colonizadores ingleses de Nueva Inglaterra, llegados de la parte oriental de Long Island (el condado de Suffolk) y estaban sujetos a la ley holandesa.
Actualmente el condado de Queens cuenta con una población de 2’255.175 personas, de los cuales el 30,7% son blancos (europeos o descendientes de europeos), el 26,5% son latinoamericanos o hispanos, el 21,2% son asiáticos, el 19,2% son negros (africanos o descendientes de africanos). El resto lo conforman personas de otras razas.
La población de origen latino-hispano es la de mayor crecimiento, debido a la alta tasa de fecundidad de las mujeres latinas residentes en Estados Unidos, y también por la inmigración legal e ilegal proveniente de América latina y el Caribe.
Los ingresos medios por vivienda en el condado eran de 37.439 dólares y el ingreso por familia de 42.608 dólares.
Las diez lenguas más habladas en Queens, según el Auditor del Estado de Nueva York, son, por orden, las siguientes: inglés, español, chino, coreano, italiano, griego, ruso, tagalo, francés y criollo del francés.
Este condado tiene dos de los aeropuertos con mayor tráfico del mundo, el internacional de John F. Kennedy, localizado en el sector de Jamaica, y el de La Guardia, en Flushing. El otro gran aeropuerto de la región está en Newark, Nueva Jersey.
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