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¡Un árbol dentro de la casa!

El padre de los Orellana Espinoza fue fiel a la promesa que hizo a su hija en 1967 y nunca taló el mango, que hoy da dulces frutos.

28 mar 2016 / 08:26 H.

Vicente Chonillo, Guayaquil
Las promesas de amor que nacen del corazón perduran en el tiempo. Así es la historia de un árbol que, desde hace cincuenta años, crece dentro de una casa del suburbio guayaquileño, protegido por una humilde familia.  

A finales de la década de los sesenta, los Orellana Espinoza se instalaron entre las calles García Goyena y la Veinte. Como adoraban la naturaleza decidieron crear un sencillo jardín en la parte delantera de su modesta casa. Dos árboles (un mango y un almendro) florecieron poco a poco.

LA PROMESA
Con el paso de los años, al aumentar la familia, la vivienda se fue quedando pequeña, de modo que los Orellana Espinoza pensaron en construir dos pisos más. No les quedaba otra opción que destruir su pequeño vergel. Pero Digna Espinoza de Orellana recuerda cómo un día de 1967, mientras desarmaba el jardín, su hija, Merlyn de Párraga, entonces una criatura de apenas dos años, rogó a su padre que no talara el mango.

El progenitor, conmovido, miró a la pequeña y, con una sonrisa, le prometió que buscaría la manera de preservarlo. Así que decidió hacer un hueco en la loza de concreto del primer piso para permitir que las ramas se expandieran y recibieran la luz solar que necesitaban.

Pese a que en invierno la sala del domicilio se inundaba y el agua  bajaba con fuerza por el tronco del árbol, el padre de Merlyn se mantuvo fiel a su palabra. Desde entonces, narra Digna Espinoza, “los mangos son cada vez más dulces, como si el árbol diera lo mejor de él y lo hiciera con amor”.
El mango pareció acomodarse a la familia. Su tronco se eleva recto, como si no quisiera incomodar a los habitantes de la vivienda, y nunca tiene plagas.

OFRECIDO A DIOS

Con mucho orgullo, Digna Espinoza explica la historia mientras da pequeñas palmadas de cariño al tronco del árbol, que ya sobrepasa los diez metros de altura y asoma vigoroso por el exterior de la terraza.

La mujer afirma que no lo ha regado desde hace muchos años porque parece cuidarse solo. Por eso cree que el árbol, entregado “a Jesús de la Misericordia”, es un milagro de la vida, que ella siempre protegerá.

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