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Mira al cielo y señalando con un dedo a Dios le suplica que la recoge porque ya no quiere seguir sufriendo.
María Solórzano Zambrano, de 87 años, llora por su cruel destino y se pregunta asimisma porqué de tantos hijos que tuvo ninguno está a su lado, cuidándola y protegiéndola. Casi todo el día permanece en soledad en su rústica vivienda ubicada en el bloque 6 de Bastión Popular.
Pero por más que se repite siempre la misma pregunta no le encuentra respuesta. Solo su hija Zoila, de 57 años, se justifica diciéndole que ella quisiera estar a su lado las 24 horas, pero no puede por varias razones. La principal porque también es enferma y constantemente debe estar en el hospital para ver si la operan de una de las tantas dolencias que padece.
También justifica a su hermano César, a quien María lo reclama a su lado, pero no puede cumplir su deseo porque debe trabajar para brindarle su almuerzo diario.
De su otro hermano, José, explica que también le daba vueltas y cuando podía le regalaba algo para sus remedios, pero desde que su mujer se enfermó de cáncer, no puede ayudarla y porque además no tiene trabajo y quien lo auxilia ahora a él es su hija mayor.
Del resto de sus hermanos dice con pena que al parecer no quieren saber nada de su mamá porque no la visitan nunca y menos aún se preocupan por saber de su salud.
Este abandono y desinterés de sus familiares más el herpes que ataca en el interior de su cabeza, está matando lentamente a la viejita.
Llora desconsolada y se lamenta de no poder caminar para salir a la avenida principal de la vía a Daule y lanzarse debajo de un carro y así terminar con todas sus penas y males.
Zoila escucha resignada los lamentos de su madre.
“Quisiera estar buena para dedicarme a ella, pero hace un año me operaron de una hernia discal y la columna aún me duele. No puedo caminar bien ni hacer fuerza, por eso hasta para bañarla a ella tengo que pedirle ayuda a una sobrina”.
Con honestidad agrega que tampoco puede gestionar la ayuda del gobierno para cobrar por cuidar a su mamá, “eso sería como cogerme ese dinero si no puedo hacer nada porque además están por operarme el colon y la vesícula”.
Precisamente por lograr esa operación tiene que estar en forma constante en el hospital, lo que la obliga a descuidar a su mamá.
María Isabel padece de dolores de cabeza, no ve bien, tiene sordera, camina apoyándose de las paredes o del piso.
Pero pese a ello trata de tener su casita bien barrida y limpia.
Cuando su hija no puede estar junto a ella, la recomienda con sus vecinas para le den una vuelta. Y así transcurre el día para la ancianita hasta que llega la noche que empieza otro calvario. “Aquí yo duermo solita y encerrada con candado porque mi hija se va a su casa. Y a mi me da miedo que me coja un dolor y no pueda salir a pedir ayuda, por eso le pido a ella que me vaya a dejar botada en un hospital. Créame que no tengo ni un veneno para tomarme y morirme de una vez. Haber tenido tanto hijo y míreme cómo estoy”.
Zoila escucha a su mamá con dolor y añade que le gustaría que la ayuda que el gobierno brinda para las personas con enfermedades catastróficas, de pagarles un sueldo a quienes las cuiden, sea extensiva para instituciones que puedan atender a personas que como su mamá sufren por la ingratitud de sus hijos.
Esta hija suplica que alguien le extienda la mano para atender a su mamá, pues ella, aunque no es caso, cuenta otro drama, es viuda desde hace muchos años, tiene una hija que es madre soltera y trabaja puerta a puerta para mantener a su hijo con capacidad especial.
Cualquier ayuda puede hacerla llamando al 094662525.
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