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Clientes del Cabo Rojeño están ‘felizotes’ por apertura de la emblemática salsoteca

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13 ene 2020 / 11:32 H.

La cerveza que Freddy Mendoza tomaba como agua, a las 22:15 del sábado, lo animó a alejarse de la barra de la salsoteca Cabo Rojeño. Caminó, tambaleante y sonriente, hasta la tarima donde la orquesta Herencia Rumbera le exprimía clásicos de salsa, a timbales, bongos y congas.

Sonaba ‘Señora’, de Roberto Blades, y Freddy cantaba con los ojos cerrados y los pies imparables. “¡Díganme qué vamos a hacer nosotros si nos cierran el Cabo Rojeño!”, interrumpía su baile y lanzaba un grito que se perdía entre la música y las risas de quienes repletaban la pista de baile.

El sábado 4 de enero, llegó, como todos los fines de semana hasta la emblemática salsoteca del centro porteño. En lugar del ritmo pegajoso que ha salido del sitio desde hace 36 años, se encontró con un enorme sello de clausura. “Es el único fin de semana, desde hace 30 que vengo a este lugar, que no he ingresado al Cabo”, repetía con la voz atropellada por el trago.

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El Municipio de Guayaquil clausuró, el 3 de enero, a este y otros 20 locales de la calle Rumichaca y aledañas, porque ese sector no tiene permisos de uso de suelo para esa actividad.

Cinco días después, los dueños de bares y discotecas llegaron a un acuerdo con el Cabildo y, en principio, centros como el Cabo Rojeño, que son emblemáticos en Guayaquil, podrán quedarse en la zona, avalados por una ordenanza.

¿Dónde habrían celebrado sus 30 años de casados si no abrían el Cabo?, se preguntaban Bella Balero y Wilmer Macías. Los esposos llegaron a las 20:00 y se instalaron en una de las mesas del ‘lado Emelec’ de la salsoteca, dividida en dos temáticas: una para los hinchas eléctricos y otra para los fanáticos de Barcelona.

A esa hora, aún se podía aspirar el fresco olor a eucalipto del piso recién trapeado, que luego sería reemplazado por la mezcla agridulce de sudor y perfume. No había ni 20 personas, pero las que estaban, ya rellenaban jabas de cervezas instaladas bajo las mesas.

Clientes del Cabo Rojeño están ‘felizotes’ por apertura de la emblemática salsoteca

Un par de lights reemplazaron a la botella de champaña y un cencerro que Wilmer tocaba a ritmo de ‘La última rumba’, de Henry Fiol, era la serenata que el esposo le regalaba a su Bella. El Cabo Rojeño es más que una salsoteca para ellos. Desde que estaba en la calle Zaruma, donde abrió sus puertas por primera vez el 13 de julio de 1983, ellos eran clientes fijos.

“Ahí todavía éramos novios”, suspira, enamorada, mientras Vicente Aquilino Quintero le sirve una bandeja con trozos de jamón y maní.

Allí, a Vicente, pocos lo conocen por su nombre. Para los salseros empedernidos de la zona, él es ‘el Abogado del Maní’, por su inusual vestimenta para recorrer el centro porteño: con camisa mangas largas y corbata. El apodo se lo pusieron, hace 30 años, en ese rincón guayaquileño que ha acogido a salseros como Héctor Lavoe, Ismael Rivera, José Bello y Henry Fiol.

“Lavoe vino en el 85”, precisa Jorge Pinargote, a quien los salseros conocen como Yoyo. Este manabita, de 64 años, es el dueño y fundador del Cabo Rojeño.

No para. Anda de mesa en mesa, porque es amigo de todos. De hecho, en el Cabo todos parecen ser amigos, unidos por el amor a la salsa. Este amor nació en Yoyo cuando era un adolescente, y sus parientes en Nueva York le enviaban los últimos hits salseros de la tierra de donde brotaron Fania All-Stars y Willie Colón.

Así abrió su bar, en las calles Zaruma y Rumichaca, que tomó el nombre ‘Cabo Rojeño’ de un emblemático club estadounidense que, en ese entonces ya había cerrado. Allí estuvo ocho años hasta que se movió al actual local, en Rumichaca y Luis Urdaneta.

“Ahora, el único Cabo Rojeño que se escucha en Estados Unidos es el nuestro, el de Guayaquil”, pronuncia Antonio Cabezas, sacando pecho. Su vida ha transcurrido entre Nueva York y Guayaquil y, asegura, que no hay ecuatoriano salsero en el exterior que no conozca al bar de Yoyo.

Por eso, cuando se enteró de que lo querían arrancar del corazón de la urbe, no podía creerlo. “¿Ya abrieron el Cabo? ¿Ya podemos entrar?”, le escribían a través de las redes sociales, porque según Yoyo, durante el fin de semana que estuvieron clausurados, no solo llegó Freddy hasta el portal de baldosas blancas, sino que decenas de personas se lamentaron frente a las puertas cerradas.

A las 23:59 y faltando un minuto para la medianoche, Freddy ya se había ido. Bella y Wilmer se habían despegado de la mesa donde celebraban su amor y se apretujaban, sudorosos y felices, junto a los demás salseros que se embutían entre pasillos y mesas. Bailaban, repetía la mujer que ya agarraba un par de maracas, por lo que no pudieron gozar durante la clausura.

Tendrán que hacer adecuaciones

Según Xavier Narváez, del Departamento de Justicia y Vigilancia del Municipio de Guayaquil, los bares del centro podrán quedarse en el lugar si presentan docuementación que avale su antigüedad en el sector. Además, tienen que hacer adecuaciones de infraestructura, de seguridad y ambientales.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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