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¡Cultiva coca con la venia de un juez!

Ecuador ·
I
28 jun 2017 / 15:07 H.

La cárcel no le resultó un lugar tan triste y desolador. Encerrada entabló nuevas amistades, a las que enseñó sus derechos constitucionales y algún que otro secreto ancestral de yerbatera.

Hace cinco años, Ana Beiba Rincón pasó diez días entre rejas, acusada de cultivo de plantas sujetas a fiscalización, ya que tenía algunas altivas matas de coca en el patio de su casa.

Pero sería absuelta casi dos años después, en un juicio celebrado en el Tribunal de Garantías Penales de Bolívar. Fue entonces cuando la tensión acumulada le hizo perder peso y parte del cabello.

Esta mujer de estilizada figura, que lava su pelo con aguacate y huevo, ama y conoce las propiedades de todas las especies que llenan de vida los exteriores de su hogar en San Luis de Pambil, Bolívar. Un pedazo de tierra adornada, además, con plantas de cacao de frutos rojos y anaranjados.

En ese apacible paraje reside esta colombiana nacida en Pijao, en el departamento amazónico de Putumayo. “Ser yerbatera es algo tan sencillo como heredar un conocimiento. No se trata de una clase universitaria, sino de algo que se aprende gracias a las vivencias, dentro de la familia”, asegura mientras recorre los caminos geométricos de su chacra.

Allí cultiva plantas que contienen la sustancia prohibida, generadora de las ganancias más cuantiosas en el siniestro mundo del narcotráfico. Pero Ana Beiba solo usa la hoja de coca para curar enfermedades. La coca, al igual que la ayahuasca, es su planta maestra. Y así lo entendió finalmente el juez del caso.

El Proceso

Ocurrió el 2 de abril de 2012. Un vecino denunció, a través de la línea telefónica 1-800 Delito, la existencia de varias matas de hoja de coca y de supuestas fundas con harina procedente de esta planta en el hogar de Ana Beiba. De no ser por aquel morador, ella no tendría ahora la firme determinación de conseguir que el Estado ecuatoriano reconozca el cultivo de las hierbas medicinales con una ley específica, que permita claramente a los yerbateros ejercer su oficio.

Cada planta de su jardín tiene un nombre, una historia y muchos recuerdos, unos más tristes que otros. Las hojas en forma de corazón le hacen rememorar las enseñanzas de su madre, quien le dijo que para cada dolencia del cuerpo hay que buscar una cuya forma se asemeje al órgano afectado.

Ana Beiba aprendió en Perú los usos medicinales de la coca, que en Colombia se utiliza, entre otras cosas, para detener la diarrea de los niños. “Nosotros -los yerbateros- curamos dolores, tratamos el cólico menstrual o la diabetes con distintas especies...”, resalta a EXTRA con la seguridad propia de una erudita.

La medicina ancestral que une a los pueblos indígenas, desde la cordillera de los Andes hasta la Amazonía, conforma su legado. Un tesoro compuesto por doscientas plantas diferentes: ayahuascas, rosas de un intenso amarillo, guabas como pistolas, hongos que parecen encaje francés y hojas en forma de corazón, que se arrastran por el suelo. Cada una sirve para una parte concreta del cuerpo, como si fuera un tablero de operación, aquel juego de mesa en el que los participantes debían extraer los huesos del enfermo sin rozar los bordes de los agujeritos del tablero.

En 2014, la yerbatera consiguió los servicios del entonces defensor público Gino Realpe, quien asumió su defensa en un momento en que la colombiana se encontraba privada de libertad. El magistrado había dictado prisión preventiva contra ella, pero posteriormente cambió su decisión por medidas sustitutivas -la obligación de presentarse ante el magistrado durante un año-.

Realpe subraya a EXTRA que este caso supuso una novedad en el sistema judicial ecuatoriano, ya que se trataría del “primero” en el que se declara inocente a una persona que cultiva plantas sujetas a fiscalización con el fin de ejercer los saberes de su cultura ancestral: “No conozco otros similares. Realicé una investigación en gacetas judiciales y en la página web del Consejo de la Judicatura”, atestigua.

La defensa de Ana Beiba remarcó, en un informe antropológico preparado por un perito, que el uso de hoja de coca con fines medicinales no solo se encuentra protegido “por la Constitución”, sino que también existen registros de su relación con la sociedad ecuatoriana al menos desde la Real Audiencia de Quito.

A pesar de las críticas que despertaba entre los colonizadores, en 1789, mientras en Europa acontecía la Revolución Francesa, el padre Juan de Velasco llamaba a estas plantas, como si de un comercial de energizantes se tratara, un “alimento increíble”. Básicamente porque permitían a los indígenas realizar travesías agotadoras durante una semana sin perder su robustez y vigor.

Dado que en San Luis de Pambil el uso de plantas con fines terapéuticos es bastante común, Ana Beiba ha participado en ferias locales y forma parte de la Federación Nacional de Campesinos y del colectivo de medicina ancestral Suma Alicausay.

Además, la Dirección Provincial de Salud de Bolívar, tal y como precisó en el juicio Patricio Bolaños, trabajador de dicha institución, contaba hace tres años con una lista de “sabios” en medicina ancestral. Y en ella constaba Ana Beiba.

El objetivo de las autoridades no era otro que recuperar plantas medicinales olvidadas e identificar a sus máximos especialistas. Por eso Ana Beiba figuraba entre los expertos en la materia.

Durante el juicio, realizado el 13 de junio de 2014, sus pacientes y algunos médicos profesionales señalaron ante el magistrado que Ana Beiba curaba a quienes solicitaban sus servicios utilizando plantas y antiguas fórmulas. Y se demostró que no tenía, entre los objetos incautados, gasolina, acetona o sal, elementos necesarios para preparar la cocaína.

“Nosotros solicitamos el peritaje antropológico, ya que era la única herramienta con la que íbamos a justificar que nuestros antepasados utilizaban las plantas prohibidas, como se las denomina, para prácticas de medicina ancestral”, destaca Realpe.

Refugiada

“Tengo ancestros indígenas y me identifico con ellos con mucho orgullo”, asiente la mujer.

En su huerto ha recreado el ambiente de Putumayo, de donde huyó para obtener el reconocimiento como refugiada, víctima de la violencia armada que azotaba a su país. “Sembré plantas amazónicas, que he adaptado a este clima”, explica mientras remueve el gomero, un arbusto impregnado con goma en su interior que sirve para sellar cartas y pegar guitarras.

El único testigo de todos los saberes que Ana Beiba guarda en su memoria es Daniel, su hijo pequeño, que corretea incansable con su perro y riega los cultivos con su pistola de agua. Esa que le regalaron para que jugara durante las pasadas fiestas de carnaval.

Los argumentos empleados por el magistrado para absolverla

El juez, en su sentencia, hace referencia al artículo 222 del Código Orgánico Integral Penal. Este determina la siembra o cultivo de coca y otras plantas como delito cuando se pretende extraer sustancias que, por sí mismas o por sus principios activos, van a ser utilizadas en la producción de estupefacientes y psicotrópicos con fines comerciales.

Ahí sí se fija una pena privativa de libertad de uno a tres años. “En poder de la acusada no se encontraron al menos alguno de los químicos que sirven para la pasta base (de la cocaína)”, concluyó el magistrado, quien añadió que las fundas con supuesta hoja de coca triturada dieron negativo en los análisis.

También indicó que la defensa de Ana Beiba había presentado evidencias suficientes para probar el uso ancestral de la planta: “No debíamos limitarnos a un examen positivo de la norma que contiene el tipo penal, sino que necesariamente debíamos remitirnos a las disposiciones de nuestra Constitución”.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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