ACTUALIZADO A LAS
23:18

¡Crimen ‘bien preparado’!

11 oct 2018 / 12:00 H.

Aterrador y escalofriante. Así es el relato de Kathleen Alexandra Layana López. Es la joven de 19 años quien el pasado miércoles, movida por los celos, supuestamente asesinó y descuartizó a su amiga.

La víctima, Verónica Jazmín Silva Ruiz, de 21 años, llegó a su casa ubicada en la cooperativa Causa Proletaria, en el Guasmo sur de Guayaquil, luego de que ella le hiciera una llamada al teléfono porque le iba a contar algunos chismes.

Al parecer Kathleen ya tenía todo preparado: En su cuarto había ubicado una silla y dentro de un canasto había escondido un cuchillo. Objeto con el cual amedrentó a la mujer que acusaba de haberle arrebatado al hombre con el que mantuvo dos años de relación.

Antes de torturarla, la victimaria intentó distraer a Verónica, dándole de comer a su mascota. Luego comenzó a contarle de sus encuentros sexuales con su expareja. Le dijo que conocía de las veces que ella había mantenido contactos íntimos con el mismo joven.

Impulsada por el rencor que sentía al saber que su expareja era ahora novio de su amiga de colegio, sacó el cuchillo y se lo mostró. No solo era una conversación o una advertencia, era el preludio de un aterrador crimen.

“Pensabas que me iba a quedar quieta después de lo que has hecho”, fueron sus palabras, según su propio relato. Sacó el protector que cubría el arma blanca y con un grito obligó a Verónica a sentarse. Le colocó el cuchillo en el cuello.

“Le dije que ponga las manos atrás, pero como no las ponía le dije que las pusiera hacia adelante y se las amarré con un elástico. Le metí un top (sostén) en la boca para que no escuchen sus gritos”, mencionó en su testimonio.

Los ruegos de Verónica no fueron suficientes. La tortura continuó y con el mismo cuchillo que la amedrentó le hincó los brazos y el abdomen. La agredida trató de evitar el ataque e intentó zafarse las manos, sin embargo, su agresora con una cachetada contuvo sus intenciones de liberarse.

En su afán de salvar su vida buscó la oportunidad de soltarse y agarró la mano de su verduga. Finalmente su lucha fue en vano. En un acto de furia y a pesar de haberle dicho a su ‘amiga’ que se dejara amarrar las manos porque iban a hablar, jaló con fuerza el cable de luz que había atado a su cuello y la ahorcó.

Su macabra acción no terminó con la muerte de su rival de amores. Desconcertada al no saber qué hacer con el cuerpo, pidió ayuda a su mejor amigo. “Le dije que venga, porque se me había pasado la mano”, indicó a la autoridad judicial. Pero él se habría rehusado a ayudarla, sin embargo accedió a comprarle unas fundas.

En su desesperación por deshacerse del cadáver intentó meterla en las bolsas, pero como no entraba buscó partirla, metiéndole un cuchillo en el cuello. Asustada al pensar que sus familiares podían sospechar, la escondió detrás de su cama y la cubrió con sus peluches y cajas.

Fue la noche más larga para Kathleen, no pegó un ojo, constantemente se levantaba para secar la sangre que manchaba el piso de la habitación.

La mañana siguiente, apenas sus familiares salieron de casa, sacó el cuerpo de su dormitorio y lo metió en el baño y trató de quemarlo. Le echó alcohol y le lanzó un fósforo, pero solo pudo quemarle una parte del cabello.

Con la clara intención de borrar las evidencias, salió a buscar gasolina para prender la casa, con ella adentro, pero no encontró combustible. Entonces maquinó otro plan para deshacerse del cadáver: despedazarlo.

Salió a comprar un machete, lo hizo afilar y la partió por la mitad. Paro su acometido también utilizó un martillo, con el cual golpeó el machete y partió el hueso de la columna.

Ya cuando el cuerpo estaba dividido en dos partes fue metido en fundas. Para ocultar el resultado de su descabellada acción además utilizó una caja de cartón y un saco de yute. En el primero guardó la parte superior del cuerpo y, en el segundo, la parte inferior del cadáver.

Finalmente prestó un triciclo a un allegado. Y junto a un primo, menor de edad, subió las fundas y se encaminaron hasta un lugar desolado para dejar los paquetes.

Las miradas raras de quienes los veían caminar no detuvieron su objetivo. Pero cuando llegaron al lugar fueron interceptados por una persona que les dijo que si no se llevaban sus paquetes les robaba el triciclo. Presos del pánico salieron corriendo, hasta que dejaron abandonado el liviano vehículo.

Kathleen regresó a la casa de su abuela. Allí, sin confesar el macabro crimen que había cometido, se despidió de sus hermanos menores y de la señora.

Layana tomó un taxi hasta la Martha de Roldós y comenzó a caminar sin rumbo, mientras que sus familiares la llamaban para preguntarle qué había hecho. Finalmente, luego de hablar con su padrastro, decidió entregarse y confesar a la Policía y Fiscalía el siniestro hecho.

La fiscal Alexandra Castro Coronel, encargada de la Fiscalía Novena de Personas y Garantías, indicó que, en coordinación con la Dirección Nacional de Delitos Contra la Vida y Muertes Violentas (Dinased) se realizan la investigaciones, entre otras, para establecer si participaron más personas.

“Haremos lo correspondiente para que este reprochable acto sea sancionado con la máxima pena”, aseguró la funcionaria del Ministerio Público.

De acuerdo al artículo 140 del Código Orgánico Integral Penal (COIP) en concordancia con el artículo 44, inciso tercero, en caso de que Layana López sea encontrada culpable su pena podría llegar a 34 años 8 meses. Y si de la investigación se establece algún otro delito, ella podría pagar hasta 40 años de reclusión.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

LEE TAMBIÉN
LEE TAMBIÉN