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Apaga la ‘tele’ para no recordar la tragedia

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14 mar 2019 / 12:30 H.

Pese a la gravedad de lo que vivió y a las ciertas dificultades que afronta, Jéssica Alexandra Ruiz Franco camina con seguridad y sonríe con frecuencia.

Sus sueños y ganas de superación son asunto diario. Sus tres hijos son, además, su inspiración.

Jéssica es la quinta de ocho hermanos y el día de la tragedia, el 8 de diciembre del 2013, estaba acompañada de una hermana y de un compadre.

La historia

Su expareja y padre de sus dos hijos mayores, le cercenó sus manos a punta de machete. Una noticia que hace más de cinco años ocupó las primeras planas de los periódicos en Ecuador.

Ahora, con 30 años, confesó que prefiere apagar la televisión para no ver, ni escuchar que otra fémina ha sido víctima de maltrato. Reconoce que aún se perturba cuando sabe que una mujer es agredida o asesinada.

El caso de la troncaleña, Lorena Ronquillo, atacada por su expareja, el pasado lunes, le estremeció su cuerpo. “Me da terror saber que algo así vuelva a ocurrir. He escuchado casos de femicidio, pero que otra persona viva lo mismo que yo, que le quiten sus brazos, me da escalofríos”, mencionó.

Ruiz es oriunda del cantón Santa Lucía, pero desde hace cuatro años reside en Daule. Allí, luego de su tragedia no solo consiguió trabajo, sino que reconstruyó su hogar.

Desde julio de 2014, trabaja en el Concejo Cantonal de Protección de Derecho del Municipio dauleño, entidad encargada de la protección de los niños, de los adolescentes y de la mujer.

Cuando comenzó a laborar para el Cabildo no salía de la oficina, por eso solicitó que la cambiaran de área, porque necesitaba tener contacto con otras personas para, de esta manera, perder el miedo y la vergüenza por carecer de sus manos.

“Me ayuda mucho socializar con personas que necesitan ser orientadas. No entiendo por qué las mujeres, si están siendo maltratadas, no ponen un alto porque esperan cuando no se puede hacer nada. A mí me pasó”, comentó Ruiz, mientras recibía los mimos de sus dos hijos de 7 y 2 años.

Trabaja de lunes a viernes, su jornada inicia a las 08:00 y concluye a las 17:00. Al mediodía llega a su casa para almorzar con sus hijos. “Trato de pasar el mayor tiempo con mis niños y brindarle mi protección. Quiero que crezcan con el amor de familia, para que sean personas de bien. Hombres que amen y respeten a sus parejas”, sostuvo.

Enamorada y valiente

Cuando creía que no podía darle más amor a otra persona que no fueran sus hijos, Jéssica conoció a Rody García Alvarado.

El hombre, nacido en Babahoyo, provincia de Los Ríos, se relacionó con ella durante un paseo familiar. Es cobrador de los buses de una cooperativa interprovincial.

Jéssica reveló que Rody la enamoró con buen trato. “Comenzamos a chatear y luego iniciamos la relación. Es un hombre cariñoso y, lo que más valoro de él, es que no se avergüenza de mí”.

Confiesa que aún siente vergüenza de que en la calle la vean sin sus prótesis. Apenas llega a casa se las saca pero, mientras está afuera, jamás anda sin ellas.

Asegura mantener una buena amistad con la familia de su cónyuge y que ellos jamás se opusieron a su relación, a pesar de que ella tenía dos niños de su anterior compromiso.

“Cuando comencé mi noviazgo con Rody, ya me habían colocado las prótesis, pero al verme sin ellas, él no se inmutó, cuando salimos juntos, camina a mi lado, me abraza”, contó.

A los pocos meses de iniciar la relación, Jéssica salió embarazada de su tercer hijo. Era una niña, lo que ella siempre anheló.

Pero la sonrisa de Jéssica desaparece y hace una breve pausa. “Cuando aún tenía mis brazos soñaba con una nena, deseaba peinarla, hacerle sus moñitos, bañarla, vestirla, pero ahora que tengo a mi bebita no he podido hacerlo, porque no tengo brazos”.

Recordó que su embarazo fue difícil, sufrió de achaques y que quien le cambió los pañales a su hija fue su hermana.

Jéssica no podía hacerlo por temor a lastimarla con el garfio que tiene en su prótesis derecha. Pero sí le daba de lactar y la hacía dormir.

Otra parte de su vida que extraña es poder cocinar, no puede exponer sus prótesis al calor y tampoco mojarlas. “Mi familia dice que cocinaba rico, me encantaba preparar los platillos favoritos de mis hijos”, rememora con tristeza.

Con orgullo expresó que su pequeña Eimy, pese a que recién tiene dos añitos, se ha convertido en una ayuda para ella. La niña la acompañaba al baño, le abotona la blusa y le pasa las cosas.

Asegura que no le guarda rencor a su expareja, Andrés Franco, quien fue detenido en febrero de 2014 y condenado a 16 años de cárcel por el ataque que cometió en su contra.

El día de la audiencia de juzgamiento, Jéssica estuvo en la diligencia porque quería tenerlo de frente y que él viera que no pudo matarla.

“Esa era su intención, quería contarme la cabeza. Nunca le hablo a mis hijos mal de su padre, ellos cuando sean adultos se formarán su propio concepto. Saben lo que pasó”, concluyó la mujer que ha pesar de la adversidad y de carecer de sus manos, no deja de agradecerle a Dios por estar con vida.

Apaga la ‘tele’ para no recordar la tragedia
Jéssica Ruiz, en su lugar de trabajo. Con la ayuda del garfio colocado en su mano derecha puede utilizar el teclado de la computadora. Es toda una experta.

Le donaron terreno y le construyeron la vivienda

Desde que ocurrió la desgracia, Jéssica dejó de habitar en el recinto Piñal de Arriba, del cantón Santa Lucía, asentado en las riberas del río Daule.

Ella cambió su residencia a Daule. En este cantó la Alcaldía le donó un terreno y el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi) le construyó la casa.

En la vivienda de una planta habita con sus tres hijos, su cónyuge, su hermana y sobrinos.

Su ñaña es quien le ayuda con los quehaceres del hogar, mientras Jéssica trabaja.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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