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“Me fui al infierno y regresé”

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25 oct 2019 / 00:55 H.

Luis Felipe Fernández-Salvador y Campodónico ha muerto apuñalado por la espalda. Tenía 100 años y el asesino, un marido celoso, de 20, lo sorprendió en la oscuridad cuando se dirigía a la cocina. La fría hoja de acero afilada ingresó por los músculos romboides, cayendo fulminado en el piso manchado de sangre.

Esta escena, que bien podría ser el inicio de una crónica judicial, es el final ideal para la vida de este iconoclasta guayaquileño, de 37 años, que invirtió quince millones de dólares de su fortuna en la película ecuatoriana ‘A son of man’, que se estrena este 25 de octubre de 2019 en los cines del país, tras diez años de producción.

También es la continuación de un deseo que su padre, Andrés Fernández-Salvador y Zaldumbide, no pudo cumplir, ya que falleció en 2017, a los 92 años, pero de una enfermedad pulmonar. Él era el protagonista del film, así que el rodaje tuvo que suspenderse.

La tragedia tuvo sus matices. El día en que Andrés dejó de existir en la clínica Alcívar de Guayaquil, Luis Felipe logró reunir a sus ocho hermanos de diferentes madres para que se despidieran de él, una vez que los médicos solicitaran su autorización para dormirlo, inyectándole una dosis de morfina con el fin de evitarle una agonía dolorosa.

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Luego fue a la licorería, compró una botella de whisky Johnnie Walker, Explorer Edition, y bebió con él mientras escuchaban ‘My Way’, en la voz del mítico Frank Sinatra.

Horas después, el hombre que había sido Míster Universo en Los Ángeles y que le contagió su obsesión por la búsqueda del tesoro de Atahualpa, se despedía de este mundo aferrado al último de la estirpe y único hijo que procreó con Gabriela Campodónico.

Su relación siempre fue cercana, tanto que las jornadas de licor, en las que podían llegar a gastar hasta quince mil dólares, empezaban al mediodía y terminaban a las 04:00 en lujosos restaurantes porteños.

La partida de Andrés marcó el destino de este empírico productor de cine, que se obsesionó con terminar la obra de su progenitor para no suicidarse. En el proceso creó a su alter ego, Jamaica no problem’, que surge de la necesidad de encontrar un director para una cinta sin guión de la que nadie quiso hacerse cargo.

El multimillonario, con aires de Sean Penn y la mirada surrealista de Dalí, se ha bebido la vida a borbotones en los clubes más exclusivos de Montecarlo, París, Ibiza, Nueva York y Berlín, pero también ha pagado las consecuencias de sus excesos.

Tras peregrinar por importantes institutos de Estados Unidos y Canadá, se graduó en el Urdesa School. A los 17 años se casó con Valeria Boloña, con quien tuvo a su hijo Luis Felipe, de 19, pero el divorcio llegó cuatro años después.

De inmediato se mudó a un hotel cinco estrellas, donde las noches de desenfreno se volvieron interminables. Una madrugada decidió terminar la farra en la suite, pero su Audi TP de carreras, que iba escoltado por diez carros más, chocó a 260 kilómetros por hora contra un bus parqueado en la avenida Francisco de Orellana.

“Andaba loco, me metí en la película de ‘Days of Thunder’ (Días de Trueno). Tenía el parabrisas en la cabeza y entré inmediatamente en coma, estuve tres segundos clínicamente muerto. La exesposa de un amigo, que había estudiado primeros auxilios y que estaba en la fiesta, me salvó la vida”, relata.

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En el hospital iban a realizarle una cirugía cerebral para extirparle cuatro coágulos de sangre, pero una tía lo impidió, ante el riesgo de que quedara parapléjico. Lo preferían muerto, antes que incapacitado, así que los médicos solo suturaron la herida.

Horas después, Luis Felipe despertó. Los coágulos se habían disuelto misteriosamente, así que se levantó y salió de la casa de salud con la cabeza vendada directo al hotel.

“Ese día agradecí por estar vivo y supe que había una razón, entonces de chistoso me lancé una fiesta que se llamó ‘Me fui al infierno y regresé’”, recuerda.

En esa época era el director principal de la empresa de su padre, la Tesalia Springs Company, embotelladora de Güitig, donde ganaba diez mil dólares mensuales.

Lo primero que hizo fue despedir a todos los abogados “que le estaban robando a mi papá” y tomar el control de los negocios.

“Me fui al infierno y regresé”
El auto DeLorean que tiene en París.

Su amor por la rumba le sirvió para crear la bebida energética V-220, pese al escepticismo de algunos de sus colaboradores, que pensaban que estaba loco. Y no se equivocaron, pues su delirio resultó un éxito en ventas.

En 2010, los problemas familiares provocaron la venta de la compañía contra su voluntad, luego de lo cual se fue a vivir a París, no sin antes adquirir algunas acciones, que las compartió con su primogénito.

En la ‘Ciudad de la luz’, donde tiene un departamento cerca de Notre Dame y un auto DeLorean -de la película Volver al Futuro-, frecuentó a la realeza europea y encontró el amor por segunda vez, al comprometerse con la princesa prusiana Viktoria Luise Prinzessin Von Preussen, hasta que el desenfreno los separó.

Pero Luis Felipe curaba las heridas con más diversión, así que organizó un festejo casi dionisíaco en su domicilio parisino, con modelos que caminaban desnudas por los salones para deleite de los invitados, entre los que estaba el famoso fotógrafo peruano, Mario Testino. Fue ahí donde conoció a una hermosa diseñadora alemana que lo cautivó.

“Me conecté con ella de inmediato. Yo no quería nada serio y ella se estaba mudando a Nueva York, para trabajar con Marc Jacobs (exdirector creativo de Louis Vuitton)”, así que días después le propuso llevarla en su Mercedes 500 a Berlín para que encargara algunas cosas en la casa de su abuela.

Así empezó un romance que dura hasta la actualidad. Ella se convirtió en su musa, gracias a la producción nacional que dirigió, por lo que planean casarse y tener cinco hijos, luego de los ajetreos del estreno de la película.

Está dispuesto a todo con tal de romper el récord de taquilla, hasta esconder tesoros con dinero real debajo de los asientos de las salas de cine para que los encuentre algún afortunado.

“Pienso que la vida es un teatro en vivo, así hice el realismo fantástico. Tengo problemas psicológicos, he sido diagnosticado como maniático, compulsivo, obsesivo, depresivo. Me dieron medicamentos, pero me sentí extraño y dije no, voy a hacer algo con mi locura y me la voy a tomar seriamente”, reflexiona.

Su próxima aventura será encontrar la tumba de Atahualpa, ubicada, según él, en un lugar inhóspito entre la región oriental y Los Andes, en el alto Amazonas. Con esta obsesión vivirá hasta que cumpla cien años y por fin se enfrente al esposo celoso que lo atacará por la espalda hasta morir desangrado. Para este y otros fines, su locura es sagrada, no la toquen.

“Me fui al infierno y regresé”
Fernández-Salvador se comunica por WhatsApp con el actor Woody Harrelson.

Amigo de las estrellas

Es amigo de estrellas de la talla del estadounidense Woody Harrelson, a quien conoció en un restaurante de París, donde cenaba con una chica.

“Él estaba tres mesas más allá y me preguntó si se podía sentar conmigo. Pensé que era gay, porque me dijo que me había estado observando y que de verdad le gustaría conocerme. Entonces trajo su botella y empezamos a chupar. Estaba encantado de que fuera ecuatoriano”, relató.

En una ocasión, Luis Felipe lo invitó a un concierto de los Rolling Stones, en Berlín. Al final de la presentación, Harrelson llamó por teléfono al líder de la banda, Mick Jagger, quien los invitó a su hotel, donde celebraban el cumpleaños de su manager. La fiesta terminó a las 08:00 del día siguiente.

También se codea con el hijo del legendario John Lennon, Julian. Se hicieron amigos luego de que el británico se quedara dormido en el yate de Fernández-Salvador, durante una farra en Montecarlo, que terminó ocho días después. Además ha departido con los artistas John Malkovich, Oliver Stone y Goldie Hawn, como todo un ‘rock star’ criollo.

Los Fernández reconquistaron Granada

Proviene de una familia de terratenientes quiteños. El génesis de los Fernández-Salvador está en España, durante la reconquista de Granada, tras la invasión de los moros, que ocurrió con la ayuda de nueve hermanos de apellido Fernández, quienes participaron en la liberación del territorio para entregarlo a la corona española. Así se convierten en los salvadores del reino y como consecuencia el apellido se hizo compuesto: Fernández-Salvador. Luego viajan a las Indias y el rey Carlos III envía a don Andrés Fernández-Salvador como “corregidor fiel consecutor del Reino de Quito”. Luis Felipe guarda el documento firmado por el monarca.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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