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Historias de San Valentín en los pasillos de los moteles

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14 feb 2020 / 12:28 H.

Una llamada telefónica fue el toque peculiar de ese San Valentín laboral. Mariela Villafuerte contestó. Era un cliente ‘estrella’ del motel en el que era supervisora. Prácticamente le suplicó por la reserva de una habitación esa tarde. Era un usuario que semanalmente le hacía el gasto y al que no podía decirle que no. Finalmente, por esa llamada, ¡él celebró el doble!

Mariela no contiene la risa cada vez que recuerda aquella anécdota. Al principio no entendía por qué el hombre insistía tanto en que le separen un cuarto. Pero cuando ella revisó su bitácora, la cosa quedó más clara... su cliente tuvo doble festejo por el Día del Amor y la Amistad.

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“La necesidad era porque él en la mañana vino con una y por la tarde trajo a otra. Les agarré la cédula, y qué coincidencia que él también estuvo en la mañana”, cuenta Mariela. Ese es uno de los hechos curiosos que le ha tocado vivir en los 19 años que lleva laborando para una cadena de moteles en Guayaquil.

Para su fogoso cliente, la ‘travesura’ terminó bien. Pero en los 14 de febrero, los moteles también tienen a sus ‘soldados caídos’, reconoce Mariela. Hombres que llegan ilusionados con un ‘cuerpeo’ inolvidable, pero salen derrotados.

“Hemos tenido clientes que se han quedado esperando, pero nunca les llegó la chica. A veces ellos llegan primero a arreglar la habitación. Indican que luego va a llegar una señorita en un taxi. Después se le pregunta al guardia si llegó la chica y resulta que no. Los pobres se van solos”, menciona.

Celebración escondida

Mariela también tuvo dos clientes con un amor reprimido. Todos los años iban a celebrar San Valentín al motel. Y no solo por el cliché del encuentro sexual, sino porque, irónicamente, en el encierro de esas cuatro paredes podían dejar libres sus sentimientos.

“La señora era mi clienta, pasaba de los 50 años. Enviudó y conoció a un caballero. Mantienen un romance, pero no pueden hacer su vida juntos. Los hijos de él no lo permitían y los hijos de ella tampoco”, narra.

Historias de San Valentín en los pasillos de los moteles
Algunos se esmeran en arreglar las habitaciones, pero igual los dejan ‘plantados’.

El motel era como su hogar. “Ellos decían, estas son las cinco horas de nuestras vidas”.

Adelantar la ‘tarea’

¿Y qué hay de quienes trabajan cuando otros se divierten? Para Gabriela, una de las encargadas de limpiar las habitaciones en un motel, ubicado cerca de la vía a Daule, hoy será el quinto año seguido que le tocará ‘camellar’ en San Valentín. Por eso ella y su esposo tienen claro lo que hay que hacer en ese caso.

Una de las posibilidades es adelantar su celebración. O también aplazarla. Es lo que queda cuando se labora en este negocio. Aunque Gabriela admite que en su caso sí hay una forma de festejar el mismo día, pero depende de si su jornada laboral finaliza a las 22:00.

“Cuando salgo a esa hora, él me tiene algún detalle o vamos a comer afuera, pero ya uno llega cansada a la casa y no se hace nada (de sexo)”, exclama entre risas.

Y es que, aunque Gabriela tenga experiencia en esas lides, atender a los clientes un 14 de febrero es agotador. Ese día, el largo pasillo que conecta con las pequeñas ventanas de servicio a los cuartos parece una pista de cerreras, los trabajadores llevan toallas, facturas, condones o comida a cada ventanilla, entre gemidos de excitación.

Una torta ‘mojada’

Fuera de los moteles, los taxistas también se frotan las manos. Es el caso de Lizardo Jaén, quien hoy espera tener muchos pasajeros en su ‘nave’. Es un día, dice, donde las carreras son buenas, pero también las curiosas historias.

En un San Valentín le tocó recoger a una pareja en un motel. Pero lo que le llamó la atención es que ella venía con una torta en las manos.

Ella estaba apurada por llegar a su destino. Él se quedó por La Florida. Ella continuó el viaje hasta una cooperativa unos kilómetros más adelante. Pero mientras iban en el asiento de atrás, ella hizo una llamada explicando por qué tardaba en llegar.

“La señora decía: ‘Lo que pasa es que me fui a ver otras cosas y el pastel no lo conseguí’. Me reía de cómo es la vida. Ella luego me dijo que la lleve rápido porque tenía una fiesta”, cuenta Lizardo. Comprar la torta fue una excusa. La mujer en realidad buscaba retrasar el tiempo para dejarse llevar por la pasión. Y quien la acompañaba, al parecer, era un placer clandestino.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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