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¡Bicho que ve, bicho que se come!

Manabí ·
21 sep 2019 / 14:24 H.

En las entrañas del cantón Junín, en Manabí, está la localidad de El Toro. Y es allí en donde vive don Vinicio Ramírez, Bravo, ‘el comebichos’, un hombre que a sus 62 años conserva el muy raro gusto de comer esos animalitos por el mero gusto de paladearlos.

Don Vinicio vive en una humilde casa de caña. En este tranquilo lugar le hace honor no solo a su gusto por los insectos, sino también por otras cosas que come. Es un verdadero “cometodo”, como le dicen.

“El apodo no es para nada exagerado”, expresó un vecino. “Aquí lo han venido a buscar hasta de la televisión internacional, él es famoso”, aseguró el lugareño.

Y su fama se la ha ganado, debido a que se devora todo lo que se mueve.

Sin importarle lo que pueda encontrar sobre los montes, mete su mano en búsqueda de un bocado. Alza troncos, mueve ramas y, emocionado, dice que ha encontrado su alimento: ¡Atrapó un gusano!

Este lo pone en la palma de su mano, lo mira, luego ni corto ni perezoso lo coloca sobre su lengua y, sin asco, lo mastica. Se lo come como lo encontró, ¡bañado de tierra fangosa!

Para Ramírez, el asunto se da porque “todos nacen con un don”. Y el suyo es comer animales.

Desde niño

Recuerda que todo empezó cuando tenía 12 años y probó la primer especie: “Junto con otros amigos atrapamos un gallinazo. En ese entonces el basurero quedaba cerca. Me nació probar ese animal y me lo puse en mente”.

A esta especie, considerada como carroñera, debido a que se alimenta de desechos y restos de animales muertos, Ramírez la llevó a su casa, la despresó y la colocó sobre una parrilla. Cuenta que allí se la comió enterita.

¡Bicho que ve, bicho que se come!

“Era como estar comiéndose una gallina, su carne es bien rica. Hasta la sangre la puse en un vaso y me la tomé, es una delicia”, expresa con un placer que solo él entiende.

La madre del singular personaje, Margarita Bravo, rememora que su hijo pasaba metido en los montes desde pequeño buscando insectos y toda clase de bichos. Incluso, dice, que lloraba y hacía berrinches cuando no encontraba uno, por lo que sus familiares, en ese entonces para frenar ese llanto, lo complacían y le daban de comer estos raros alimentos.

“Pensé que era producto de la inmadurez, de la muchachada que tienen los infantes y de la mente que no es cuerda todavía. Creíamos que eso era solo por el momento, pero no fue así, lo ha hecho siempre y se ha quedado con esa idea de seguir comiendo cosas raras, nunca se lo prohibimos de pequeño, ahora de adulto mucho menos”, dice la adulta mayor, entre risas, mientras mira a su hijo.

Esa es la única vida de un hombre que parece sacado de un mundo extraño, de un cuento...

Café, almuerzo o merienda

La palabra asco no existe para Vinicio Ramírez. A pesar de que le han dicho puerco, loco, tarado, entre otras terminologías, él no hace caso a esos comentarios. Dice que es su vida y mientras no le haga daño a nadie, lo seguirá haciendo.

Según sus cálculos, a lo largo de su vida han pasado por su boca y reposado en su estómago al menos unos 100 gallinazos. Asimismo, cree haberse comido más de un millón de especies de todo tipo: iguana, culebra, ardilla, guatuso, guanta, saltamontes, cucarachas, gualpas, orugas, gusanos, chinches, grillos, arañas, etc.

Ramírez también cuenta que es cuidadoso con lo que se traga, pues a lo largo de sus años ha aprendido a diferenciar las especies que contienen sustancias venenosas que le puedan causar daño.

A veces desayuna y otros merienda solo bichos, sin embargo, la comida normal también la consume.

Vinicio trabaja en el campo, donde los trabajadores acostumbran a llevar su tarrinazo con bastante arroz y un montado de carne, pollo o pescado. Pero él hace la diferencia, busca unos cuantos animalitos y con eso coge fuerzas para seguir trabajando.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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