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Dos realidades en el mismo ‘camello’

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15 sep 2019 / 00:01 H.

Con el sudor de su cuerpo, Mary ha logrado comprar carro, casa y un departamento. En 2016 abandonó su natal Valencia, Venezuela, y llegó a Guayaquil, solo con el pasaje y una maleta con ropa y maquillaje.

Un hombre, con quien hizo amistad en los exteriores de una universidad donde estudiaba, la convenció de viajar a Ecuador, donde trabajaría en un restaurante.

Angustiada por la crisis económica aceptó el reto. Y para no venir sola, invitó a dos compañeras de estudios.

Cuando llegaron al Puerto Principal se dieron cuenta que habían sido engañadas por esa persona que les hizo la invitación, porque llevaban varios días encerradas en un cuarto y no recibían trabajo.

Un día se cansaron, le dijeron ‘de la A hasta la Z’ al sujeto, agarraron sus maletas y las subieron a un taxi. “Abandonamos el cuarto donde ese tipo nos tenía encerradas y nos fuimos al parque Centenario, donde unas personas nos ayudaron con el almuerzo”, dice la joven de 28 años.

Consiguen hospedaje

Sin tener un centavo en la cartera, Mary llamó a un tío que vive en Nueva York, EE. UU., para comunicarle que había sido engañada en nuestro país. Su allegado le envió 300 dólares para que volviera a Venezuela, pero ella no quiso abandonar a sus amigas y prefirió utilizar ese dinero para cancelar el hospedaje.

Durante una conversación, el administrador del hotel le hizo el ‘enganche’ a las tres extranjeras con el dueño de un night club ubicado en el kilómetro 7,5 de la vía a Daule.

Mary y sus amigas aceptaron la propuesta y acudieron al sitio, donde se ofrecen servicios sexuales.

Era la primera vez que trabajarían vendiendo su cuerpo. Y se lanzaron al ruedo, porque necesitaban dinero.

Pero al poco tiempo las otras dos chicas se ‘volaron’ para Venezuela, porque no les gustó el ‘camello’. Pero Mary prefirió quedarse como bailarina en el ‘chongo’.

Se desnudaba y recibía 5 dólares por cada baile, más las propinas de los clientes que la aplaudían por cada movimiento que hacía sobre el escenario.

Sus ingresos aumentaban cuando los usuarios del local la contrataban luego de su jornada como bailarina y la llevaban a un motel. “Me pagaban 180 o 200 dólares por dos o tres horas de sexo”, dice la extranjera.

Después dejó de hacerlo porque supo que una amiga había sido abusada por cuatro hombres. “Me dio miedo y me quedé como bailarina. Aunque hago ‘puntos’ aquí en el mismo sitio donde bailo, siempre y cuando me paguen más de la tarifa base que es 20 dólares”, añade la chica de 1,62 metros de estatura y esbelta figura.

Show a solas

Mary también ofrece shows privados en la terraza del night club donde labora. Hay personas que le piden que siga divirtiéndolos con sus movimientos de caderas, por eso le pagan 50 ‘latas’, de las cuales un porcentaje es para el dueño del negocio.

Cuenta que en una noche buena se hace entre 100 o 120 dólares y cuando hay poca clientela, su cartera debe cerrarse con 40 o 50 verdes. “Aunque tampoco es malo, porque en mi país esa cantidad me la ganaría trabajando muchos meses”, finaliza.

Aspira irse a Chile

Ya tiene todo en su país

Con tres años de trabajo en Ecuador, Mary ya lo tiene todo. En su natal Valencia compró una casa en un barrio residencial en 2.500 dólares. También adquirió un carro en $ 5.000 y un departamento en 4.000.

Aspira a trabajar un año más en el mismo night club, donde dice que la tratan de ‘maravillas’. Luego desea viajar a Chile con su hija de 10 años y su novio de nacionalidad ecuatoriana.

“Me gustaría trabajar en tierras chilenas, pero en algo que no sea un night club, porque quiero tener más cerca a mi niña”, cuenta la guapa venezolana, quien en su país ganaba todos los concursos de reina en la escuela y el colegio.

“Cuando mi familia me pregunta en qué estoy trabajando, siempre les digo que es un restaurante, no quiero que sepan que es un night club”, sostiene la joven.

Dos realidades en el mismo ‘camello’
Melina trabaja 5 horas diarias de lunes a sábado. El domingo lo utiliza para estar con sus hijos o amigas.

Recién salió de las deudas Melina lleva seis años en la prostitución. No gana una fortuna, pero por lo menos ya pagó las deudas que le sacaban ‘canas verdes’ todos los días.

Ahora está ahorrando para comprar una casa y abrir un restaurante. Esa es la meta de esta sexoservidora ecuatoriana que ‘camella’ su cuerpo en un cuarto de 2 metros de largo por 1,50 de ancho, en la popular zona de tolerancia de la calle 18, en el suburbio de Guayaquil.

“La competencia es mayor ahora que hay bastante venezolanas, por eso hacemos menos dinero, pero en algo ayuda lo que me gano cada semana en este oficio”, cuenta la madre de tres hijos.

Antes de meterse en este negocio, Melina se ganaba la vida como cocinera. “Me pagaban 50 dólares por semana y con eso debía pagar el alquiler del departamento, la alimentación y estudios para mis hijos, pago de servicios básicos. Me veía apretada todos los meses, por eso decidí prostituirme para poder salir adelante”, señala la dama de 40 años, mientras zapatea lentamente para llamar la atención de los clientes.

Con amigos

Melina recuerda que cuando era cocinera, salía con amigos que le regalaban un ‘billetito’ cada vez que los complacía sexualmente. “Ellos pagaban el motel y me ayudaban con algo de dinero. Eso alimentó la idea de meterme a esto, lo hice por voluntad propia, por necesidad, nadie me dijo que lo haga”, explica.

Su primera vez como trabajadora sexual fue en Cuenca, donde solo se hacía 40 dólares por día. “Era novata, otras compañeras se ganaban 200 y 300 diarios. Lo que me quedaba, después de pagar el cuarto del cabaré y los 10 dólares diarios de hospedaje, no me alcanzaban para nada. Estuve allí poco tiempo, luego me fui a Milagro, donde me fue bien”, relata.

En la tierra de las piñas se hacía entre 150 y 200 dólares por día. “Ahí logré pagar las deudas que me atormentaban, le di mejor vida a mis nenes, los puse en mejores escuelas y colegios, me daba ciertos gustos que no podía cuando cocinaba”, agrega.

A la 18

Hace tres años llegó a la calle Salinas, más conocida como La 18. Una amiga le recomendó el sitio y se estacionó en un cuartito, donde los lunes y sábado se gana 150 dólares por día. De martes a viernes es malo, dice.

Pero Melina asegura que se mete alrededor de 300 ‘latas’. “En una semana me hago 500 o 600 dólares. Para los ecuatorianos no es mucho, pero ayuda bastante, en cambio para las venezolanas, eso es una fortuna, porque envían a su país, donde la economía es menor a la nuestra”, recapacita la dama, quien mide 1,65 m de estatura y pesa 51 kilos.

Su meta

Va por casa y negocio

Melina ya tiene negociada una casa. No quiere seguir pagando alquiler. Dice que su deseo es aprovechar el buen momento para adquirir bienes.

“No sé hasta cuándo voy a estar trabajando en esto, pero lo haré cuando logre reunir el dinero suficiente para ponerme un restaurante.

Me encanta la cocina y quiero dedicarme a la venta de comida”, sostiene la ecuatoriana, quien todos los días permanece arrimada a la pared de La 18, esperando a que aparezcan los clientes y cobrarle las 12 ‘latas’ que cuesta el ‘punto’.

“Aquí estoy bien, incluso ya tengo mis clientes fijos, ellos saben el buen trato que les doy y me buscan”, añade.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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