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El desconocido de mi vida

O
01 sep 2018 / 00:00 H.

El último mediodía de octubre decidí salir de la ciudad. No iría a mi casa, ya había declinado de dos invitaciones con amigos, y no me placía quedarme. Mirar los guayacanes en Arenillas y terminar en Riobamba al día siguiente era el plan.

Nada de eso ocurrió.

El bus que partía a Machala salía tarde, así que decidí postergar mi visita a los hermosos árboles y miré a Cuenca con interés. Pero el deseo desapareció en medio de la inmensa fila de la boletería y olvidé el plan

¿A dónde ir?

Decidí salir hacia Riobamba finalmente. Total, ver al grupo de moda era lo único que quería en ese lugar.

—No señorita, el bus sale en una hora—, me contestó la mujer detrás del mostrador.

—¿Una hora? (Me desinflé imaginariamente). Ok, señorita. Yo espero.

En eso se me acerca un viejito de unos 60 y tantos años.

—¿Busca usted transporte? Yo la llevo a Ambato en cinco horas.

—No señor, yo voy a Riobamba y...

—Riobamba está de camino—, dijo el viejito sin darme oportunidad de contestar.

Otras tres personas estaban con él y se lamentaban de tener ya un boleto. Yo repliqué y dije que sola no iba con él.

Esperamos quince minutos y apareció otro pasajero. Mi idea de seguridad se resumía a que dos hombres en un auto por cinco horas era menos arriesgado que ir con uno sólo. ¿Brillante, cierto?

Para calma de todos no pasó nada durante el viaje y mientras el comerciante iba dormido, el viejito, que resultó ser un notario llamado Don Carlos, me contaba sobre sus desventuras entre Pastaza y Guayaquil.

Y en eso saltó la pregunta...

—No señor, no tengo novio.

—Pero ya está en edad de casarse.

—Por el momento estoy bien así.

Y ante mi ‘cara de paco’, ya no siguió ahondando en el tema y apostó por otro.

—¿Ha comido usted la guanta?

—No.

—¿El cuy?

—Tampoco.

—¿El cevichocho?

—Peor.

—Bien mona ha sido usted—, dijo Don Carlos, riéndose por el juicio que me acababa de dar.

Yo asentí sin mayor preocupación, ya que poco sabía sobre la gastronomía de la Sierra.

—¿Sabe que Baños es hermoso? Si fuera para Ambato podría ir para allá. Es lo más bonito que hay, además de la quinta de Juan León Mera y Juan Montalvo.

Sin querer, Don Carlos me recordó a ‘Benicio’, el chico extranjero con el que había salido un mes atrás y me dejó profundamente conmovida. Nunca más lo volví a ver, pero seguía pensando en él y conservaba su número,

‘Benicio’ estaba en Ambato.

Tras salir de mi trance, cambié de idea.

—¿Sabe qué, Don Carlos? Lléveme a Ambato, hay cambio de planes...

Llegué a Ambato pasadas las 19:00 de ese sábado. Pero no podía aparecer de la nada, no quería parecer loca o intensa.

Me abrigué, me enfundé detrás de la chaqueta de mi abuelo y luego de buscar un baño para limpiarme, caminé hasta un puesto de tortillas.

Una pareja de atentos lugareños atendía el localcito, ubicado frente a una gasolinera en un sector denominado ‘Huachigrande’.

—Es que en Ambato todos (los sectores) son ‘huachis’—, me diría más tarde un taxista.

El viento congelaba los huesos, así que me acerqué a ellos y les pedí lo más caliente que tuvieran.

—¿Le apetecerá chocolate? ¡Pruébelo! Le va a gustar tanto que va a pedirme otro—, dijo la mujer.

—Está bien—, le dije a la señora y pedí uno con una sonrisa.

—¿De dónde viene, niña?-, me abordó su esposo.

—De Guayaquil, pero soy de Santa Elena.

—¡Qué bueno! A mí me encanta Guayaquil—, compartió el señor que no pretendía otra cosa que exponer su predilección por la Perla del Pacífico.

Yo asentí, mientras tomaba mi chocolate salvador y comía una tortilla de harina con queso.

—No me malentienda. Amo mi Ambato, pero Guayaquil es otra cosa. Cada quince días voy con mi esposa por negocios porque somos comerciantes y emprendimos nuestra propia empresa.

—Claro que lo entiendo. Por eso que usted dice yo salí de Santa Elena y busqué Guayaquil—, le comenté.

—Sí, en algún momento me gustaría vivir allá... ¿Se le terminó el chocolate? Le sirvo otro si gusta.

—Claro—, dije mientras me tomaba el último sorbo.

El hombre se volteó, cogió el termo y me vació el contenido en el vaso.

—Se va usted a casar, verá. Es el conchito lo que se lleva—, dijo mi anfitrión riéndose.

Y otra vez, mientras hablaba me acordé de ‘Benicio’ y no precisamente por la idea de casarse. ‘Benicio’ era un aventurero, un alma salvaje, pero con una formación y una forma de ‘venderse’ que era impensable no querer robarle un beso. No, no era por su físico: su personalidad por sí sola era irresistible.

Y el comerciante y su esposa me estaban vendiendo con su amabilidad su ciudad y sus productos.

Agradecí el chocolate y partí en busca de un taxi que me lleve al terminal. El destino: Baños.

Al cabo de hora y cuarto llegué a Baños de Agua Santa. Lo primero que sorprendió a mis ojos era el color y el ambiente de fiesta que se vivía. Era como una Montañita en medio del páramo.

Eran cerca de las nueve y media cuando llamé a Blanca y no me respondió. No había aceptado su invitación por querer ir a Arenillas y ahora estaba ahí, buscándola para saber dónde estaba.

Al final llamó y luego de decirme que estaba loca, me dio su dirección para que me hospede con ella, su novio y sus amigos. Previo a esto, había contactado a Leonor, mi amiga del trabajo, para que me indicara lugares en los que podía pernoctar. Leonor se alegró por mi y me pidió que disfrutara todo lo que pudiera.

Cuando llegué a la pensión de Blanca, ella y sus anfitriones estaban por salir. Estaba tan cansada, que rechacé cortésmente su invitación a bailar y me fui directo al cuarto a darme una ducha.

Mientras me secaba el cabello, tuve una idea. Tomé un libro, hice una foto de sus páginas con mi teléfono y se la envié a ‘Benicio’. Sería mi último intento para verlo.

Antes le había escrito para saber si nos veríamos como él prometió, pero nunca apareció.

Desconecté los datos de mi teléfono y dormí.

Al día siguiente me levanté temprano, aún quería ir a Riobamba, así que tenía que visitar dos lugares en los que fijé mi interés cuando arribé a Baños: el Pailón del Diablo y La Casa del Árbol.

Mi camino al Pailón no fue sencillo. Tomé otro bus que llegó en 40 minutos a la parroquia Río Verde, sitio en el que descansa el Pailón. Me dijeron que caminara por un sendero largo, pero terminé en la entrada del pueblo y el sonido del páramo empezaba a ponerme nerviosa.

El desconocido de mi vida

Tras media hora de tontear por senderos, llegué al indicado. Un bello río recibía a los turistas y un hombre con una boa enorme aguardaba en la puerta de ingreso.

Pasé como pude al demonio verde que colgaba de sus hombros sin verlo, y sintiéndome luchadora y ‘arrecha’ por mi pequeña victoria, me fui derecho al río.

Mi espíritu aventurero fue imbatible hasta que vio el puente colgante. La señorita escritora odia infinitamente pasar por puentes, peor aún si están a más de 30 metros sobre el suelo.

¿Qué hacer? Ya había llegado ahí, viajado desde la Costa, caminado como loca y, ¿para qué?

Para que un puente colgante me separe de mi deseo de conocer el Pailón del Diablo.

Después de pasar quince minutos agarrada a la cuerda, repitiendo ‘sí puedo’ decenas de veces, dos ‘guaguas’ de unos siete años pasaron corriendo a mi lado, junto a un cachorro más pequeño que mi bolso. La vergüenza me abrumó y antes de que se fuera pasé como pude el estúpido puente.

Un arcoíris precioso iluminaba la cascada, que tenía escalinatas en sentidos contrarios. No quise tomar muchas fotos.

Me senté a ver cómo el salto de agua chocaba torpemente sobre las rocas, mientras se dividía y bañaba la arboleda.

Y otra vez me acordé de ‘Benicio’. Esa noche mientras conversábamos me cuestionaba sobre el hecho de esperar el momento adecuado para disfrutar de las cosas.

-¿Ahorrar toda la vida y esperar a que seas viejo para recién decidirte a recorrer el mundo cuando ya ni fuerzas te quedan? Yo voto por el ahora, y por eso decidí hacer esto–—, me dijo, mientras bebía su cerveza y tomaba mi mano con seguridad.

Olvidé esa noche y volví al Pailón. No podía dejar de mirarlo. Quería ser agua para fundirme con las piedras y correr rauda por los pajonales.

Me despedí del Pailón, subí por el puente del infierno con ayuda de un alma caritativa y volví a Baños.

Al llegar recibí la llamada de Blanca que recién se levantaba y se dirigía al mercado a comer.

Mientras caminaba revisé mi celular. Mi corazón saltó cuando vio un mensaje de ‘Benicio’ en él y lo leyó...

Poco después me encontré con Blanca, su novio y sus amigos. Desayunamos algo típico y nos despedimos porque La Casa del Árbol me esperaba.

En el camino pensaba en el mensaje de ‘Benicio’ y en las pocas horas que pasé con él en ese bar. No dejaba de cuestionarme a mi misma el hecho de no dejarlo ir, de aceptar que era una aventura y nada más. Porque no se podía convertir en nada más.

Llegué al lugar luego de unos cuarenta minutos de flanquear precipicios en bus, me formé en la cola de gente que esperaba por la foto con el columpio de la casa y reuní el valor necesario para balancearme en ese péndulo que te sostenía en medio de la nada.

Y sucedió.... ‘Benicio’ estaba ahí, sosteniendo mi mano, dándome besos, y llevándome hacia el infinito.

No, no sucedió, al menos fue lo que mi imaginación quiso proyectar antes de lanzarme al vacío.

Lo que sí ocurrió es que me sentí libre, vulnerable y valiente.

Valiente porque me fui a una aventura que no planeé y estaba haciendo cosas que normalmente me daban miedo, como lanzarme al vacío.

Vulnerable porque mi soledad se volvió una compañía confusa, que a veces me entristece.

Y libre, porque a pesar de todo, era yo la que estaba allí disfrutando de la vida, sin reservas.

Luego de ese salto me sentí conmovida. No pude mirar más de dos veces sin querer bajarme rápido del columpio.

Tomé el bus de regreso a Baños y busqué a Blanca para despedirme.

Luego de ese salto, sentí unas ganas inmensas de volver a casa.

Emprendí el viaje, llena de lágrimas y busqué en mi corazón la fórmula para reírme de mis desilusiones. Y recordé por última vez a ‘Benicio’.

Antes de encontrarme a Blanca en el mercado, leí el mensaje de ‘Benicio’. Se disculpaba por no poder encontrarse conmigo en Baños y me pedía que disfrutara mucho el viaje. Tan simple como eso.

Hice esta travesía para olvidar a ‘Benicio’, pero fue dónde más lo recordé y hasta traté de verlo. Al no funcionar, el sentimiento de rechazo me agobió y los juegos de la autoestima y el ego hicieron lo suyo con mi corazón desilusionado.

‘Benicio’ tenía un café imponente en los ojos, su piel trigueña mostraba las marcas de sus viajes en bicicleta y su acento muito bonito hablaba sobre libertad, sobre ‘saber venderse’ en la vida y hablar sin ofender ni lastimar.

Jamás hablo de religión o política con nadie, y dimos un recorrido por la injusticia social, el poder de la Iglesia y las libertades civiles.

Hablamos de la bondad de la gente y de cómo su actitud define la ciudad o el país que te recibe.

‘Benicio’ me enseñó, muy a su pesar, que tengo sólo esta vida para disfrutar de las cosas que me gustan, de dedicarme hacer realidad mis sueños y de no vivir para los demás.

Ese simpático extranjero que logró enamorarme en una noche fue el desconocido de mi vida. Muchos tienen el amor de su vida, el amante de su vida... Yo tuve a ‘Benicio’, y no creo que tenga a otro desconocido igual.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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