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Su sensualidad baila al son de la cumbia

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21 sep 2018 / 00:01 H.

Las miradas de aquel hombre eran bocado de temor y asco que se le atoraba en la garganta. Sharon Puertas no entendía por qué ese señor canoso y gordo la ojeaba con insistencia y se relamía.

Eran cuatro las integrantes de la agrupación de tecnocumbia que él pretendía contratar para una fiesta de cumpleaños. Pero solo la señalaba a ella. No le dio importancia. Estaba feliz. Era su primer día en el grupo y ese, su primer evento.

La dicha que sentía se transformó en confusión en cuanto la mánager, que minutos antes negociaba con el empresario, se le acercó y le dijo: “Ahí hay platita, mijita. Ahí hay platita”.

Seguía sin comprender una palabra. Sus compañeras le explicaron que eso significaba que, de las cuatro, ella le había gustado más y quería llevarla a la cama para ‘asegurar’ el contrato. Le pagarían dinero extra por ese ‘favor’.

Tenía 17 años y ya sabía cómo moverse con sensualidad sobre el escenario. Sin embargo, eran escasas sus ideas sobre el sexo. No solo porque era virgen, sino porque sus prioridades apuntaban a la música.

Si no le entregó su inocencia a su primer novio, mucho menos a aquel desconocido de pelo blanco. Se negó. La directora nunca más la volvió a llamar.

Nació en Durán, hace 21 años, al mismo tiempo que su vecina Edith Bermeo empezaba su carrera artística y se hacía llamar Sharon, La Hechicera. A Maritza Vera, su mamá, le encantó el nombre’. “Por eso me puso así”, suspira y sugiere que desde su nacimiento, su vida ha estado ligada a la tecnocumbia.

En su casa no se escuchaba otro ritmo y ella no bailaba otra cosa. Se sabía todos los pasos de las agrupaciones femeninas que se proliferaban en el Ecuador. Soñaba con el día en el que pudiese lucir los trajes diminutos y botas enormes que popularizó su coterránea.

Se le cumplió a los 16. Su madre era la más contenta de que su niña hiciera realidad su objetivo. La llamaron de un grupo y pasó el casting.

La felicidad y el desencanto

No puede imaginar momento más feliz que el día de su primera presentación. Los destellos de su uniforme repleto de lentejuelas despertaron a la mujer ardiente que duerme si la música se apaga.

Cuando no está sobre una tarima, la estudiante de comunicación social, de cabellera larga y rubia, es tímida, romántica y, en ese entonces, muy ingenua. Calcaba a la perfección los gestos, movimientos, meneos, guiños y frases de sus compañeras. Imitaba lo que veía en los shows a los que acudía de pequeña.

Todo su lado sexual estaba relacionado con la cumbia. Tanto así, que su primer novio la acusó de embustera y fría. No se explicaba que fuese demasiado sexy frente a miles de personas y a solas con él, no se atrevía a pasar de un beso.

“Por mi trabajo es que no tengo enamorado”, refunfuña y resopla. No solo los cuatro hombres que fueron sus parejas han confundido su lado profesional con el personal. Entre el público se ha asomado uno que otro incauto que se ha adjudicado sus coqueteos.

Con cinco años en el mundo del espectáculo, en los que ha bailado en una decena de grupos, tiene miles de anécdotas. Pero hay una en especial que ahora achina aún más sus ojos con cada carcajada.

Fue durante un espectáculo en Naranjal. Bajó del escenario y un borrachito no la dejó ni pisar el último escalón cuando la jaló del brazo y le metió la mano dentro del brasier.

Fueron segundos eternos. El chofer que las trasladaba se abalanzó sobre él. El manilarga, zafándose como podía, gritaba que ella lo había provocado, que lo miró toda la noche durante la presentación y hasta le lanzaba besitos.

“No todos los hombres entienden que si uno les sonríe es porque es nuestro trabajo. Por eso a nosotros nos pagan. Nosotras tenemos que ser coquetas arriba, pero a lo que bajamos de la tarima, no. Mucha gente malinterpreta eso”.

Sobre todo sus novios. Vuelve a tocar el tema con rabia. Con todos ha terminado por el mismo motivo: no toleran su vestuario, sus coreografías, lo que ella ama. Sin embargo, uno fue más cruel.

Era su cumpleaños 18 y la mayoría de edad la festejó trabajando. Lo llamó para avisarle que no iba a estar en casa, que viajaría y que celebrarían en otra ocasión.

Horas más tarde, miró su celular y lo primero que apareció en la pantalla fue una fotografía de él abrazando a otra muchacha. La descripción de la gráfica corroboraba que era “su enamorada”.

Confundida y molesta lo llamó. Cada palabra que el muchacho le dijo tras el auricular las sentía como puñaladas contra su orgullo y su autoestima. La explicación era simple, según él: su nueva pareja sí era una “mujer recatada” que no mostraba el cuerpo a todo el mundo.

Era la primera vez que este tipo de comentarios la abatían. La tristeza le duró una semana. Sharon se secó las lágrimas. Estaba convencida de quién era y le pareció una tontería que la juzgaran por su forma de bailar o de vestirse. Más aún cuando esto era parte de su oficio y con lo que había soñado siempre.

En ese momento decidió que nadie se interpondría en su carrera. “Si tengo un enamorado, debe entender y aceptar lo que hago. Si no, les digo que ahí está la puerta y que se vayan”.

Su sensualidad baila al son de la cumbia
Sharon actualmente pertenece al grupo Pura Candela.

El lado oscuro de la fiesta

Continúa soltera, con la misma prudencia con la que tomó la decisión de dejar su virginidad después de sus 18. Pero ya no es la adolescente cándida que bajaba la mirada cuando se choca de frente con ojos perniciosos. Como los del ‘viejito rabo verde’ de la fiesta de cumpleaños.

“De esos hay muchos”, chasquea fastidiada. Los años en este negocio también le han mostrado el lado oscuro de la fiesta. Ese en el que algunas chicas tienen que acostarse con sus contratistas para que emplee a la agrupación a la que pertenece. “Pero no son todas, ni todos los grupos”.

Ha sido testigo de la desesperación de sus compañeras. Algunas acceden porque temen quedarse sin el trabajo. Tienen hijos, familia, les pagan bien. Hay otras que lo hacen por iniciativa y les gusta.

“Una cosa es que tú lo hagas por cuenta propia. Pero otra, que el dueño del grupo te exija (que tengas sexo) para ser parte de él y te diga: ‘tienes que ir allá porque tú le gustaste’”, hace énfasis en la última frase.

El sexo solo lo concibe con amor. Es una mujer que prefiere el cuarto lleno de rosas, de velas, del contraste que esto hace con su voluptuosa figura ataviada con encajes.

Disfruta de sus sentidos, de sus placeres y de que recorran su piel de caramelo, pero alguien que ella elija y a quien ame. Alguien que se convierta en su novio. No tiene tiempo para amantes, sentencia con una seguridad gélida.

Respeta todas las formas y prácticas que acompañan al acto sexual, pero Sharon solo se entregaría si su corazón bombea más rápido que aquellas canciones que baila.

Repite que los ‘enganches sexuales’, como los llama, no ocurren en todos los conjuntos. Es lo que no la hizo alejarse de este mundo del que continúa ilusionada. Como todo, reflexiona, tiene su lado malo. Es tal vez por eso que muchas personas se equivocan con las mujeres que se dedican a esta ocupación.

Ella prefiere rescatar lo bueno. Morbosos siempre habrá, al igual que las propuestas de todo tipo. Ella las ha recibido desde la boca de políticos hasta de sus empleados. De esto tendrá, calcula, hasta que cumpla 27 o 28 años, cuando ‘caduque’ su tiempo como tecnocumbiera.

En ese entonces espera ejercer su futura profesión de periodista. Mientras tanto seguirá gozando de su sensualidad, de la inexplicable sensación que tiene cuando se ajusta sus prendas minúsculas.

Continuará hipnotizando con sus movimientos a quienes le regalan una lluvia de aplausos, esa que limpia cualquier ofensa que ensucie su escenario.

Producción: Gelitza Robles Agradecimientos: Vestuario Grupo Pura Candela

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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