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¡Amor entre plásticos y cartones!

I
18 sep 2016 / 00:00 H.

Les unen cuarenta años de amor y amistad, así como un pasado lleno de adversidades, porque María Celina Morocho Quinde, de 81 años, y el cuencano Juan Ignacio Morocho Cuzco, de 65, se convirtieron en ‘chamberos’ después de que se quedaran sin su principal fuente de ingresos.

Hasta hace cinco años, los adultos mayores tenían un negocio de comida, ubicado en la calle Rumichaca de Guayaquil, entre Santa Elena y Luis Urdaneta, pero una ordenanza municipal los dejó sin ‘camello’ y no les quedó otro remedio que lanzarse a las calles para reciclar.

Sus pasos son lentos y sus rostros denotan el agotamiento propio de la edad y el esfuerzo. Sin embargo, María y Juanito no se dan por vencidos. Ella rememora que lo conoció cuando ambos trabajaban en una casa situada en el centro del Puerto Principal. También destaca que su hombre siempre la ha acompañado y apoyado, que él le da fuerzas para seguir en pie.

Pero los piropos son recíprocos. “Ella es mi principal motivación para seguir trabajando, a pesar de que a veces me siento cansado”, resalta Juanito, como lo llama cariñosamente María, mientras toma con sus dedos la cabellera platinada de su amada.

Él no necesita un reloj despertador para levantarse. El compromiso de ayudar a su mujer lo empuja a saltar de la cama cada mañana a las 06:30.

Una hora después, luego de desayunar una agua aromática o una taza de café que lo pone ‘papelito’, toma su saco, se lo amarra al hombro y sale a recorrer las calles del centro porteño. Lo hace al lado de ‘Lolita’, su perra mestiza, con la que trata de recolectar la mayor cantidad posible de material plástico y cartones. Entre tanto, su mujer clasifica las botellas y envases recogidos el día anterior.

A las 12:00, Juan está de vuelta en casa. Celina lo espera. Él anhela que su mujer lo reciba con una sopa caliente para aplacar el hambre, pero sus deseos rara vez se cumplen. La plata no da para mucho.

Así que la mayor parte de los días debe conformarse con un poco arroz, acompañado de ensalada de tomate o cebolla, sin una mísera presa que realce su sabor.

Luego de un pequeño descanso y con las ‘baterías cargadas’, Juan vuelve al ruedo, porque ‘chambear’ es la única forma que tiene de llevar comida a la mesa y de pagar el alquiler del departamento donde habitan desde hace diez años.

La jornada de María, por el contrario, comienza a las 18:00. Es a esa hora cuando sale del hogar y acude a varios hoteles del centro de la urbe, donde le tienen guardados los plásticos que durante el día han dejado los clientes.

Su casa peligra

Hoy, la preocupación de la pareja va en aumento, porque según relatan hace pocos días el dueño del inmueble les pidió que lo desocuparan.

Producto de los sismos que desde abril pasado han azotado al país, una viga de madera se desprendió y cayó al piso. “Esto podría provocar que la casa se venga abajo y queden aplastados”, les informó el propietario.

Pero los 45 dólares quincenales que ganan no les alcanzan para buscar otro techo, así que se encuentran en una encrucijada. “Cada quincena debemos pagar siete dólares por el vehículo donde llevamos el material, de modo que nos quedan 38. De ahí, 20 son para el arriendo y lo poco que sobra es para la comida. Comemos con un dólar diario”, revela el adulto mayor.

No tuvieron hijos

Cuando ‘Juanito’ y María se conocieron tenían 26 y 40 años respectivamente. Él trabajaba como cocinero y ella de niñera. Al poco tiempo, la mujer quedó embarazada, pero un aborto natural, producto de un mal gesto, hizo que el fruto de su vientre se desprendiera. “Por cosas de Dios, ese ser nunca vino a formar parte de la familia”, apunta la octagenaria.

Así que ambos han vivido siempre rodeados de animalitos. Y hoy disfrutan del cariño que les brindan sus 14 gatos y dos perras, que se han convertido en los pequeños que les ayudan a sonreír y a no rendirse.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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