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Gorka Moreno es cronista, reportero de investigación y coordinador de especiales.

¡Arroz, sí, pero no a pelo!

He leído tantos argumentos a favor del arroz blanco como en contra. Los más osados incluso aseveran que previene el estreñimiento. Alucinante.

Tres visitas al retrete en hora y media. Mi estómago pierde más ácido que las baterías cuando sustituyo el whisky por el gin tonic en mis ya ocasionales noches parranderas. El ‘chuchaqui’ me tiene postrado en el sofá, encadenando películas tan anodinas como los idilios de desguace, en ese estado de apatía dominguera tan efímero como la felicidad en casa del ‘chiro’.

Pero no hay flojera intestinal capaz de sobrevivir a un rebosante plato de arroz cocido, ese milagroso remedio que toda madre española cocina con cariño cuando un brote vírico ataca al hogar. Así, hervidito, blanquito, sin condimentos, tropiezos ni caldos. Rápida preparación, buche lleno, efecto inmediato. Es como cortar la llave del agua ante una amenaza de inundación. Sobra decir que la dulzura materna se transforma en regañina si la indisposición se debe a un consumo desmedido de bebidas alcohólicas, que el tono de su reprimenda tiende a ser inversamente proporcional al nivel de consciencia del implicado.

¡Que vivan el arroz marinero, el moro con queso, el cocolón, el chaulafán, el risotto y la paella! Incluso viva el arroz a la cubana, con su huevo frito y su tomate triturado, cuando el billete escasea. Pero no sean malitos. A pelo, no. Solo hincha y engaña. Entiendo que el arroz presida la mesa de quien debe gambetear a la pobreza cada mañana, no la de quien puede costearse una dieta variada, con su aceite de oliva, sus verduritas y hortalizas, su pescadito fresco...

Lo cierto es que tardé un tiempo en comprender esta máxima. Primero me dejé seducir por las costumbres gastronómicas locales. “Donde fueres, haz lo que vieres”, reza el refrán. Era mi forma de honrar a quienes me habían tendido la mano en una tierra extraña. Pero hasta los sabios se equivocan. Porque tras dos semanas engullendo generosas porciones del insípido cereal, mi vientre se transformó en una roca caliza de veinte kilos. Yo que siempre había sido tan puntual en mis citas amorosas como en mis periódicos encuentros con el inodoro...

En aquel momento ignoraba que la ingesta excesiva de arroz blanco no solo tapona cualquier tubería de acero, sino que además entraña riesgos para la salud. Ojo, que lo afirma la Universidad de Harvard, no un servidor. Porque en un estudio de 2012, su Escuela de Salud Pública resaltó que consumir una porción diaria de 158 gramos incrementa hasta en un 10 por ciento la posibilidad de sufrir diabetes tipo 2. Una cifra nada desdeñable, teniendo en cuenta que uno de cada diez ecuatorianos mayores de 50 padece alguna variante de esta enfermedad, según una encuesta del INEC. ¿No estarán relacionados ambos fenómenos?

Aunque con los alimentos resulta imposible hablar de certezas. Los especialistas varían de opinión casi tanto como de calzoncillo. Un día dilapidan al pan, las sardinas, el atún o la yema de huevo, y al siguiente los elevan a los altares. Supongo que así es la ciencia, tan cambiante, contradictoria, incierta y fascinante como la propia vida.

He leído tantos argumentos a favor del arroz blanco como en contra. Los más osados incluso aseveran que previene el estreñimiento. Alucinante. Es lo que tiene Internet. Ciertas compañías innombrables no solo suministran semillas transgénicas que supuestamente ‘abrasan’ los campos, sino que además pueden darse el capricho de lanzar sus proclamas en la red como piedras a un estanque. Ya se sabe. Tú difunde el mensaje, que alguna onda expansiva provocará... Para eso están ciertos emporios: para desinformar.

Tal vez por eso ya solo me fíe de las verduras y las frutas ecológicas. Sí, esas que se venden a precio de caviar beluga. El resto están bajo sospecha, como nuestros políticos. Deformación profesional, supongo. Mis ojos han visto a demasiados saqueadores y malnacidos con corbata como para creer en el sistema...

Pero yo también tengo mis contradicciones y miserias. Y no hay sábado en que no termine rindiéndome ante un sabroso lomo fino, unas empanadas de verde con queso, una tableta de chocolate con maní o un bolón con doble ración de chicharrón (¡menos verde y más tocino, hostia!).

Quizás usted sea de los que prefieren morir jóvenes con tal de no disgustar a su aparato digestivo. Crea que le comprendo. Yo tampoco sueño con llegar a los cien. Probablemente ni siquiera tenga derecho a cuestionar las propiedades culinarias del arroz blanco. Sobre todo cuando me meto una docena de cigarrillos al día entre pecho y espalda.