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Periodista de Diario EXTRA

La historia de un cadáver insepulto

Por la noche tomé una Biblia y me vestí con falda y blusa mangas largas. Fui a la ciudadela que me indicaba el papel. Toqué varias veces el timbre y alguien me observó detrás de la cortina.

Al llegar a la Redacción, encontré una nota sobre mi escritorio indicando que unos pastores evangélicos velaban a una muerta cuarenta días en una casa en la Alborada, con la esperanza de que resucitara.

Era una buena historia.

¿Quién me dejaría la nota? Por ahora bastaba con tener la dirección de la casa.

Por la noche tomé una Biblia y me vestí con falda y blusa mangas largas. Fui a la ciudadela que me indicaba el papel. Toqué varias veces el timbre y alguien me observó detrás de la cortina. Luego bajó un señor de lentes de unos cincuenta años. Con desconfianza me miró de pies a cabeza y no me dejó entrar.

-¿Qué desea hermana?- preguntó.

Le dije que buscaba al pastor Jaramillo.

-Soy yo- dígame, me contestó serio.

Sé que usted espera un milagro de Dios, como es la resurrección de doña Isabel y he venido a integrarme al grupo para que este milagro ocurra, le dije.

Mire -replicó desde la puerta- estamos orando.

Usted hágalo desde su casa hermana y disculpe, no le puedo dejar entrar. Luego se metió en su casa.

En el hospital donde murió me dieron la fecha, el día, la hora y la causa de su muerte; afección pulmonar.

En la Dirección Provincial de Salud me dijeron que ella no aparecía sepultada en ninguna parte. Volví a la casa de los evangélicos. Monté guardia para ver si el pastor Jaramillo y sus seguidores sacaban el féretro.

El hedor a muerto que salía de la casa indicaba que el cuerpo estaba en estado de descomposición. Esto confirmaba más mis sospechas. El pastor y su grupo de creyentes al sentirse descubiertos se mantenían encerrados.

Varias veces le toqué la puerta para que me explicara por qué tenía el cadáver tantos días dentro de su casa en vez de sepultarlo, pero desde la cortina me gritaba: “lárguese está interrumpiendo el milagro”. Al ver que no me iba de su casa el religioso insultaba. Pero no podía abandonar el caso. La única forma de confirmar que escondía el cadáver era denunciándolos en la fiscalía.

Cuando los agentes allanaron la vivienda el pastor y su grupo demoraron en salir. Afuera habían periodistas de otros diario.

“¡Al fin descansará en paz!”, me dije cuando vi a los agentes sacar de la casa el ataúd de terciopelo blanco.

“Estaba sobre el piso, en la sala, habían dos cámaras para filmar a los costados del cuerpo”, me dijeron los investigadores.

La habían vestido con un traje blanco. Su piel era como de cartón viejo. La mitad del rostro dejaba ver la calavera y el cabello empezaba a caerse.

El pastor Jaramillo quien por su forma de interpretar la Biblia había sido expulsado de su religión, convirtió su casa en una iglesia clandestina.

¿Pero en su declaración dio lujos de detalles sobre cómo lo hizo?, dijo un reportero.

Hasta el último minuto sostuvo que recibía mensajes divinos de que Isabel resucitaría. Él y sus feligreses declararon en la fiscalía que Isabel no resucitó por culpa de la prensa. El juez no ordenó la prisión para ellos, pero el Director Provincial de Salud sancionó con una multa al pastor por tentar contra la Salud Pública.

Pocos vecinos se enteraron del curioso caso, porque la mayoría trabaja y llega por las noches a sus viviendas.

El pastor permaneció con las puertas y ventanas cerradas por un tiempo. Luego que el cuerpo de la mujer fuera llevado a la morgue, pasaron dos meses sin ser retirado y fue donado a la facultad de Medicina. Allí, en la piscina de formol, era un cadáver más para los estudiantes. Escribí un largo reportaje de los hechos, tal como ocurrieron. Nunca supe quién dejó la nota en mi escritorio.