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La hipocresía de las audiencias
Bueno, una vez que he logrado captar su atención con semejante título, me disculpo con los que no son así. Pero si solo con el título me está odiando gratis (o aunque sea un poquito), es porque quizás se sintió aludido. Pero, amor y paz, y reflexionemos juntos.
Cuando me pidieron que escribiera un blog, pensé en hacerlo sobre lo que ocurre en el mundo de las artes en esta ciudad. Pero también me advirtieron que si lo hacía me iban a leer pocas personas, solo las pertenecientes al mundillo ‘underground’ dedicado a bregar porque a los eventos artísticos acuda más gente que la mamá y los ‘amiwis’.
Y, nuevamente, me dije: “Qué mal que ni en mi propio blog pueda hablar de lo que me gusta”. Pero esto, a su vez, me recordó la pregunta que ha dado vueltas en mi cabeza desde que me metí este oficio de vivir de las letras: ¿Por qué cuernos, aunque las audiencias viven despotricando de lo que denominan “contenidos basura”, estos siguen siendo los más consumidos por encima de contenidos de otro tipo?
Aquí me van a decir que estoy loca, pero lo peor es que aunque en encuestas y en las redes la gente se pase diciendo que detesta cierto tipo de contenido, los mágicos numeritos de la web me demuestran lo contrario.
El ejemplo más reciente lo comentamos hace una semana con una compañera: Nos parecía llamativo e inexplicable que una nota sobre el pedo de una participante de programas de competencias hubiese sido la nota más leída en nuestra web. ¡Y durante dos días!
Pero, tranquilos, que el mundo no está tan perdido. En las redes sociales, en cambio, nos lapidaron con frases como si no teníamos nada mejor que poner, si se nos habían acabado las noticias y otras críticas hasta subidas de tono.
Entonces ahí es cuando me pregunto, ¿es en serio? ¿Nos piden que no publiquemos “trivialidades” pero mágicamente estas son las más leídas? Como diría Condorito, “exijo una explicación”.
Lo curioso del caso es que no es un fenómeno que ha ocurrido una sola vez. Durante el tiempo en el que aún hacía farándula a la par de otros especiales, recuerdo que pasé semanas investigando y redactando tres hermosas historias sobre músicos que tocaban en las aceras. Tanto trabajo para que la crónica, en web, no pasara de las 800 lecturas, mientras que un escandalete redactado por mí ese mismo día sobrepasaba los 5.000 clics. ¡Epic fail!
Y no solo ocurre en EXTRA. En otros medios de comunicación pasa lo mismo. Los contenidos virales, algunos completamente absurdos como ver a alguien sacar un punto negro, lideran las preferencias o al menos gozan de muchos clics. Aquí y en la Conchinchina (que, a propósito, ¿sabía usted que ese era el nombre con el que se llamaba a Vietnam, cuando era colonia francesa, hasta 1948?).
Bueno, retomando lo que les decía... También he escuchado la típica queja de que hacen falta más programas “culturales” (lo pongo en comillas porque la cultura abarca más que las expresiones de arte clásico, como algunos piensan) en la televisión así como programas educativos. Pero, póngase la mano en el corazón y dígame si no es usted uno de los tantos a los que he visto cambiar de canal o de emisora cuando se transmite la franja Educa. Aunque en su mayoría está dedicada a niños, confieso que con uno de sus productos he aprendido algunas palabras en quichua y que me fascina ver los cuentos de escritores ecuatorianos convertidos en animaciones. Pero debe ser que me gustan porque soy ‘rarita’. No sé.
En ese intento de satisfacer peticiones tipo Helena Alegría de Los Simpson, recuerdo que un canal de televisión estrenó a inicios de 2014 un segmento infantil que se transmitía los sábados por la mañana. Pero, ¿qué creen? No duró. Y es que los medios de comunicación, independiente de si son privados o públicos, deberían generar ingresos porque si no, ¿con qué pagan gastos operativos y sueldos de la gente que trabaja en ellos?
Buena parte de los ingresos para solventar un medio de comunicación se generan a través de la publicidad, porque las marcas eligen pautar en aquellos espacios en los que tienen asegurada la exposición frente al grupo humano al que quieren llegar. Y, ¿qué creen? Si no hay más que cuatro gatos viendo el programa cultural o infantil que tanto pidieron, desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos porque nadie (bueno, muy pocas personas o empresas) optan por pautar en un espacio donde no los van a ver.
Ahora que lo sabe, póngase la manito en el corazón y hágase esta pregunta: ¿Soy coherente? De veras, cuando un medio de comunicación ofrece algo distinto, ¿hago el intento de verlo/leerlo o continúo con los ojos pegados al espacio del que luego me quejaré de dientes para afuera?
La quejumbritis de las audiencias dejará de ser solo un ruido cuando las personas se den cuenta de que su rol puede ser activo, no solo de boca para afuera sino con un consumo real. De nada sirven un montón de mentirosos que desprecian con la boca (o los dedos) un producto de comunicación si no harán nada por evitar que los contenidos inteligentes desaparezcan gracias a un mal peor que la quejumbritis: el quemeimportismo.
No pido milagros. Solo un poquitito de coherencia y honestidad. Si quiere ver cambios, apoye las iniciativas. Y si le gustan o le entretienen los consumos más banales, pues no escupa tanto para arriba. No sea como Pedro y los niegue tres veces. Solo vacile su patín en paz.
Al fin y al cabo, todos tenemos algún placer culposo.