Exclusivo
Blogs

Mi primera vez con un hombre sin cabeza
La escena me descompuso. No tuve la fuerza suficiente para hacer las preguntas del caso.
La primera vez que estuve con un hombre sin cabeza fue a mis 25 años. Los minutos que estuve ahí impactada mirándolo resultaron tétricos e inolvidables. Tenía poco tiempo de haber llegado a la redacción, tal vez, más de tres meses, cuando una llamada telefónica alertaba con desesperación del hallazgo de un cuerpo, al que le faltaba su extremidad superior. De aquel suceso han pasado más de dos décadas y recordar nombres y sitios exactos es imposible.
Una vez obtenida la ubicación del lugar, junto al conductor y al fotógrafo nos dirigimos a una zona rural del Guayas. A medida que avanzábamos en medio de arrozales, mis ansias crecían. Podría asegurar que esa cobertura fue mi bautizo dentro de la crónica roja. Ni siquiera imaginaba la reacción que tendría, pues esas escenas solo las había visto en las películas de terror de las que tanto disfruto.
Ya en el lugar un grupo de moradores nos condujeron hasta la morgue. Las puertas de metal de ese lugar estaban cerradas para evitar el acceso de los curiosos. Solo se abrieron para dejar pasar a los de “la estra”, así como le llama el pueblo al diario.
Recuerdo que entré corriendo, pero frené a raya, cuando sobre una sucia mesa de cemento, donde el olor a muerte y a sangre impregnaba las paredes del lúgubre sitio, estaba aquello que, tal como lo dije, solo había visto en las películas de terror y que para entonces lo tenía frente a mí. Un muñón sanguinolento estaba entre los hombros de aquel cuerpo inerte al que, de un machetazo, le “volaron” la cabeza que hasta ese momento no había sido encontrada.
La escena me descompuso. No tuve la fuerza suficiente para hacer las preguntas del caso. Salí, tomé aire, me tranquilicé y seguí mi camino hacia la casa del fallecido. En medio de árboles de mango, estaba una pequeña casa de caña donde nos recibió una anciana. Lamentó la perdida de su hijo y el hecho de no poder darle cristiana sepultura porque aún no aparecía la extremidad. “Señora me puede dar una foto en vida de él”, le solicité. Con pasos lentos llegó hasta la pared que estaba frente a mí y señalando una fotografía blanco y negro, dijo “ese es mi hijo, era agricultor”. Luego rompió en llanto.
De regreso a Guayaquil, no dejé de pensar en esa foto. El impacto fue tan grande que, literalmente me enfermé, pasé mal todo el fin de semana. La misma noche después de la cobertura soñé con aquel hombre quien pedía que le devolvieran su cabeza para poder irse en paz. La noticia fue portada. A los dos días, otra nueva llamada informaba que la cabeza perdida fue hallada dentro de un saquillo. El seguimiento lo hizo otra periodista, porque yo aún no me reponía del shock que con el pasar de los años se convirtió en gajes del oficio.