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¡Lleven cambio, por favor!
El taxista aguarda en la calle. “Buenas tardes, señor”, saluda educado. Su gentileza me envejece diez años de golpe, pero me recuerda lo mucho que los españoles debemos aprender en cuestión de buenas maneras.
La escena me persigue como un turbador ‘déjà vu’. Salgo de casa apurado, con el tiempo justo para llegar a un destino que no me atrevo a aventurar. Si alguien decidió escribirlo en las estrellas, en alguna lápida solitaria o en mi propio corazón, debió de ocultarlo bajo un millar de jeroglíficos, compuertas secretas y oscuros pasadizos. Aún ignoro para qué aterricé en este planeta.
El taxista aguarda en la calle. “Buenas tardes, señor”, saluda educado. Su gentileza me envejece diez años de golpe, pero me recuerda lo mucho que los españoles debemos aprender en cuestión de buenas maneras. Allá, un “buenas tardes” ya es algo excepcional. “Señor”, un término reservado para mayores y distinguidos.
La afabilidad del conductor es un chute de oxígeno tras otra jornada sumergido entre titulares, investigaciones, tramas y presiones, en ese insondable mundo subterráneo donde habitamos los cronistas. Por eso amo los taxis. A bordo de ellos recupero el contacto con el espacio exterior, que también existe, aunque en el fondo me sienta más vivo caminando por el limbo que anida entre la vida y la muerte.
El tipo me pregunta intrigado por qué dejé España, me cuenta cómo varios de sus seres queridos se han abierto camino en mi tierra... Tuvo ocasión de visitar Madrid y Barcelona en los años de bonanza, cuando el billete y la felicidad paseaban de la mano por los bulevares de un país actualmente crispado, podrido, sin esperanza. “¿Cristiano o Messi?”, remata sonriente. “Soy merengue. Pero no he visto nunca a un jugador tan asombroso como el argentino”, zanjo para su sorpresa.
Adoro esos instantes en que dos naciones se demuestran cariño a través de una conversación casual e intrascendente. Sobre todo tras los atropellos cometidos por mis ancestros en nombre de una invasión que tuvo poco de heroica. Nos guste o no, los españoles de hoy hemos heredado una deuda histórica con este continente que todavía nos abre amistoso sus puertas, aunque los libros de texto que yo conocí omitieran los saqueos, violaciones, matanzas y conversiones a punta de machete.
Cuando pintan bastos acá, como en la década de los noventa, los ecuatorianos cruzan el charco en busca de fortuna. Cuando la crisis nos azota a nosotros, la tortilla da la vuelta. No solo intercambiamos conocimiento, también penurias y pesares. Quizás por eso los viajes en taxi me sirvan de terapia para no añorar tanto mi hogar.
Pero conforme nos acercamos al final del trayecto, despierto de mi ensoñación y comienzo a inquietarme. A menudo me descubro analizando al conductor como un detective de homicidios, haciendo apuestas mentales acerca de si él será la excepción o engrosará mi particular lista de repudiados.
–Lleva suelto, ¿verdad? Es que ya gasté todos los cambios... –dispara al tiempo que mis pupilas se incendian de ira.
A la mierda el karma y la buena onda. Da igual que sean las nueve de la mañana o las seis de la tarde, que hayas explicado a la operadora que no llevarías monedas. Ahí la tienen. La pregunta favorita del gremio.
Movido por mi mala leche ibérica, opto por contraatacar. Me importa un bledo si me presento tarde a la cita. Pero claudicar, jamás.
–Solo cargo uno billete de veinte ‘latas’.
–Pues no sé qué vamos a hacer –me reta molesto.
–Pues vaya a una gasolinera –le replico indiferente.
Ojalá alguien me aclare por qué no hay un taxista en todo Guayaquil que porte uno de esos monederos con clasificadores y forma de zampoña tan habituales en Europa. Si es por falta de género, les animo a buscar un distribuidor. Veo un nicho de mercado con grandes oportunidades...
Por suerte, mi genio sube y baja como las mareas, así que dejo el enfado en el interior del auto y me relajo evocando a Ricardo, un entrañable machaleño de 61 años que el año pasado se ganó mi afecto en veinte minutos. El hombre se había echado a la carretera después de perder su empleo en una camaronera.
Coincidí con él en su primera jornada de trabajo. Su voz era fina y dulce, como una melodía de Vivaldi al atardecer. A medio camino, me confesó que el taxímetro se había averiado y que no sabía cuánto cobrarme por el servicio.
–Perdone mi falta de profesionalidad –se lamentó con el entrecejo fruncido de preocupación.
–La última vez fueron 3,50 –le confesé sincero.
–Deme tres y listo. Por las molestias.
No tuve alternativa. Le pagué los 3,5, más uno de propina. Por honesto y buena gente.