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Hogar trans, dulce hogar

I
21 feb 2019 / 15:00 H.

La vida de la trans Amy Mendoza ha sido difícil. Desde que fue mayor de edad ejerció en varios lugares la prostitución. A los 24 años inició su cambio físico. Aunque se sintió más libre, perdió su empleo. Además, su familia se le alejó. Por eso partió para Chile, donde tuvo que ejercer la prostitución, un camino complicado y peligroso por el que transitó ocho años.

Ofrecer encuentros sexuales por dinero no le resultó fácil. Era jugarse la vida en las aceras, donde los victimarios se disfrazaban de clientes. “Salimos con el pie derecho, pero no sabemos si vamos a volver”, reflexiona.

A veces toca arriesgarse para vivir. Amy lo sabe. Una vez estaba trabajando en Iquique, ciudad costera al norte de Chile. Un hombre la llamó para que subiera a su auto, condujo hasta una zona despoblada y quiso tener sexo en el vehículo. Ella se negó y él sacó un fierro para pegarle. Forcejearon unos instantes y luego él la dejó botada.

Esa noche pensó en que por poco pierde la vida. Es un recuerdo tormentoso, dice. Pero le permitió darse cuenta que no quería acabar muerta. Regresó a Ecuador, su país de origen, del que huyó por discriminación y falta de oportunidades. Todo sería distinto esta vez.

En su natal Guayaquil buscó ayuda de colectivos GLBTI (Gays, Lesbianas, Bisexuales, Transgénero e Intersexuales). Así conoció a Mariasol Mite, una activista que preside La Casa de las Muñecas, sitio de acogida para esa población y creada en septiembre de 2017.

Mendoza fue de las primeras que encontró refugio en el lugar, cuenta Mite. Mariasol, también mujer trans, comprendió de inmediato a Amy. En una época de su vida también recurrió a la prostitución. No había alternativas.

Al preguntarle su edad, Mariasol sonríe y contesta: 35. Luego expresa seriedad en su rostro y dice algo revelador: “Estoy en el límite de vida. Las trans suelen morir entre los 33 y 35 años por situaciones de violencia”.

En la planta baja de La Casa de las Muñecas, Bárbara, de 34 años, aprende belleza y maquillaje en sus ratos libres. En las noches y madrugadas está en ‘la pista’, como se conoce al cuadrante alrededor de la piscina olímpica, entre las calles José Mascote, Luque, Hurtado y García Moreno del centro porteño, donde varias trans se ubican para captar clientes.

Bárbara estudió el colegio junto a Amy. Al graduarse trabajó en varios locales comerciales en el área de caja. A los 24 inició su transición. Igual que Amy, perdió su empleo terminando en el oficio más viejo del mundo, sin apoyo de allegados. A veces viaja a otras ciudades a trabajar.

“En Quito, un hombre me llevó para que le haga sexo oral y después me quería matar. Me apuntó con una pistola”, recuerda Bárbara. Por suerte pasaban por allí unos policías que la salvaron. Fue uno de los riesgos que le ha tocado sufrir en la prostitución.

Bárbara quiere aprovechar las clases que recibe. Planea tener su propia peluquería cuando tenga los recursos. Otras jóvenes tienen la misma meta.

En la casa de acogida las mujeres trans permanecen en promedio de dos a tres días. Si están en una situación de riesgo se quedan más tiempo. El lugar tiene capacidad para siete personas.

El 70 % de las personas que llegan a la casa de acogida están inmersas en la prostitución.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.extra.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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