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Diario Extra Ecuador

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Pasé 24 horas internado en un centro de rehabilitación para adictos

Tras el incendio de una clínica clandestina en Guayaquil, un periodista de EXTRA pasó un día completo con consumidores de drogas y alcohol. Aquí nos cuenta su experiencia en ese lugar.

Los internos comparten sus experiencias en la calle cuando consumían droga o alcohol.

Los internos comparten sus experiencias en la calle cuando consumían droga o alcohol.Emerson Rubio / EXTRA

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Una cerca eléctrica descansa sobre los bajos muros que rodean la casa. Toco el timbre y una puerta metálica con el número 209 se abre frente a mí. Aparece Leonardo, el vigilante, un hombre bajito y de piel rojiza. Antes de dejarme pasar, escribe mi nombre en un cuadernillo de pasta gruesa. “¡Firme aquí!”, me dice mientras me entrega una pluma. Parece un acto solemne. Casi militar.

Con una maleta llena de ropa y útiles de aseo, entro con dudas: ¿quién estará allí?, ¿estaré seguro?, me pregunto. Entonces, una cancha de vóley me recibe. Es lo primero que veo en el centro de rehabilitación para adictos. Y a una semana del incendio en la clínica clandestina en Guayaquil, me interno 24 horas en el lugar para vivir la experiencia del encierro.

Son las diez de la mañana. Me quitan el celular y me dan indicaciones: obedecer a los jefes de tareas, respetar los horarios... Ricardo Fonseca, el director de Comunidad Terapéutica Aprender a vivir, en Conocoto (Quito), me guía hacia los chicos. Los 20 internos que han llegado allí por consumir marihuana, cocaína, base de cocaína, licor e incluso alcohol metílico.

En la sala de terapias número uno, una especie de choza con paredes de ladrillo y piso de piedra, están sentados en semicírculo Álvaro, Javier, Alejandro, Jaime, Paúl... Se respira paz. Hay un cartel en el que se lee: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo...

“Es periodista y viene para internarse un día”, les dice Ricardo a los hombres, de 18 años en adelante. No se inmutan. Se presentan uno a uno: “Soy Juan y soy un adicto en proceso de recuperación”, y el siguiente, y el siguiente. Me dan la bienvenida. Entre sus frases, una retumba en mi mente.

Nicolás, un joven flaquito y de piel castaña, detalla: “Este es un buen lugar, te vas a sentir bien... Recuerda, llegaste un día antes de tu muerte”.

El director, como todos lo llaman, habla fuerte. A las once de la mañana empieza la terapia. Dibuja en el pizarrón un árbol para hacer más digerible la explicación. Dice que la drogadicción y el alcoholismo deben ser arrancados de raíz.

Habla de su vida, de sus experiencias –porque él alguna vez también fue consumidor– y los internos lo escuchan atentos. Cuando Ricardo dice, por ejemplo: “Yo hacía sufrir a mis padres por la droga”. Dos –o más– afirman, al unísono, “me identifico”. Es habitual. Lo aprendieron aquí, y eso, al parecer, los va liberando durante los seis meses de tratamiento.

El director continúa. Dice que si una persona no busca ayuda hay solo tres caminos: cárcel, hospital o muerte.

—“¿Cuántos de ustedes han estado en la cárcel?”, les pregunta. Unos cinco levantan la mano.

—¿Cuántos han estado en hospitales por la droga?, añade. Unos diez alzan el brazo.

—¿Qué nos queda?, concluye. Y ellos responden: “la muerte”. O recuperarse.

Vivir día a día

Álvaro, el jefe del grupo, elegido por cumplir a rajatabla sus responsabilidades en el centro, pide a todos hacer un círculo. Hacen una oración y se encaminan hacia el comedor. Para el almuerzo hay sopa de espinacas, arroz con lengua y gelatina. Todo transcurre normal. Comen rapidísimo. Hay horarios. Luego de terminar, hay un equipo que se encarga de los platos, otro de limpiar el piso... Los demás van a sus habitaciones.

Son las tres de la tarde. He pasado en el centro más de cinco horas. Es tiempo de la terapia vivencial a cargo de Luis Zambrano. Nos reunimos en la sala número uno nuevamente. Él empieza recordándoles que lleva 18 años sin consumir droga, que estuvo internado en un centro de rehabilitación, que dejó a su familia a un lado...

Yo miro el reloj que, silenciosamente, preside el salón desde una viga de madera en el techo. A continuación observo el desplazamiento de las manecillas. La aguja que marca los segundos avanza rápidamente. Me pregunto qué es un minuto en la vida de los seres humanos.

Y pienso en lo difícil que debe ser el encierro. Lo siento ahora mismo. Entonces, cuento las horas para salir. Veo a los chicos y me pregunto nuevamente qué son seis meses en un centro de rehabilitación.

Entre los internos está Alejandro, nacido en Montenegro, Colombia. Tiene 27 años, me cuenta que empezó a consumir marihuana en el colegio. Dice que pasó de fumar un porro a 20 al día, que robó en su país, y que el suicidio de su padre desató, aún más, su adicción por la base de cocaína. Viajó a Ecuador.

El 8 de agosto, tras gritos desesperados de “¡por favor, intérnenme”, llegó al centro. No fue fácil. 30 minutos después de haber entrado, quiso huir. Hoy siente que se ha reencontrado consigo mismo.

Mónica Navas, psicóloga clínica, nos cuenta que el programa técnico de Aprender a vivir avalado por el Ministerio de Salud Pública, tiene cuatro fases. La primera es la evaluación del paciente. La segunda se basa en la adaptación y motivación. Y, sobre todo, se trata el síndrome de abstinencia. En este punto, la especialista dice que la psiquiatría juega un papel importante.

La tercera fase tarda unos tres meses. Es la de rehabilitación. Y finalmente la cuarta: la reinserción social y familiar. Se les permite salir con los parientes. En todo el proceso reciben ayuda personalizada.

Son las cuatro de la tarde y Héctor se une a la terapia. Es uno de los internos que salió con su familia. Está feliz. El terapeuta que en ese momento grita: “El adicto en terapia nunca se cansa”, le da una aplauso al hombre, de unos 60 años. Héctor cayó en el alcoholismo. A veces comía sobras de restaurantes, a veces quería abusar de su esposa.

Llega el receso. Habas con queso para todos. Y empieza otra terapia con un psicólogo. Por momentos olvido que estoy con personas que consumían drogas y alcohol. Pero me siento seguro.

Cae la noche. Todos se reúnen en el comedor: sopa, carne frita... Terminan. Luis Chalá, el encargado de cocina, les da sus pastillas –eso sí, las que fueron recetadas por el psiquiatra– a los que necesitan y, en pocos minutos, Alejandro, el jefe de aseo, pasa por el salón con la ropa interior de los chicos. “¿De quién es este?”, pregunta. “¿Y este?”, continúa, mientras los recogen. Hacen sus tareas y van a dormir.

Son las nueve de la noche. Los pasillos están vacíos. Las puertas de las siete habitaciones están cerradas. Afuera, Leonardo vigila que no haya nadie y, para mi seguridad –pienso yo–, me han asignado una cama en el dormitorio que comparte el vigilante y el terapeuta Luis. Fue una jornada intensa, tanto que en un abrir y cerrar de ojos suena la alarma del siguiente día.

Seis de la mañana. Faltan pocas horas para irme. ¿Sentirán ellos la misma emoción que yo siento ahora el día de su salida? Me baño, me visto y me acerco a Luis Chalá para ofrecerle mi ayuda. Me pregunta sobre mi trabajo como periodista y yo le pido que me cuente su historia.

Fue becado en el centro de rehabilitación para adictos. No pagó los 700 dólares aproximados que cuesta mensualmente el tratamiento. Pero un ‘ángel’ apareció en su camino para ayudarlo. Antes estuvo tres veces internado. No dio resultado. Hoy, con 33 años, Luis ha dejado el vicio.

Cuando terminó el tratamiento en este centro no tenía a dónde ir, así que buscó un espacio en Aprender a vivir y allí se quedó. Hoy es parte de la planta de 14 empleados con los que cuenta el centro: entre psicólogos, psiquiatras, trabajadora social, vigilante, etc.

Llega la hora de marcharme. Comparto con ellos la última sesión. Se ríen, juegan, colocan sus nombres en la lista de peluquería, llenan hojas con necesidades: papel, jabón, champú, etc. Y se ponen a hacer deporte. Es su rutina. Con un apretón de manos, se despiden y me desean suerte. Y yo, su rehabilitación.

Homenaje

Ricardo Fonseca, director de Aprender a vivir, nos cuenta que la noche del viernes 11 de enero, después de que fallecieran 17 personas en el incendio en la clínica clandestina, él y los internos encendieron velas para hacer un homenaje a quienes estaban en la lucha por recuperarse.

Para él, es necesario que todos los centros cuenten con las normas básicas de seguridad, pero asegura que no hay abasto de clínicas para la cantidad de casos que existen en el país.

Además, señala que las exigencias de las autoridades reguladoras son muy altas para centros en los que, como el que dirige, solo hay capacidad para 25 personas máximo. Por ejemplo, un bioquímico en una farmacia dentro del lugar. Con esto concuerda Miriam Maldonado, directora de CADUM, otro centro para adictos.

Rechazan las trabas que les ponen para otorgarles los permisos. Aseguran que aún esperan respuestas de las autoridades sobre las licencias. Y que la solución no está solamente en la clausura de centros que son clandestinos sino en la ayuda que se pueda brindar a los enfermos.

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