La dramática historia de inundaciones en Fincas La Delia, en Durán: Hasta culebras encuentran
El mal tiempo afecta a diferentes localidades. En Durán se enferman hasta los perros y los vecinos deben buscar refugio en calles llenas de agua

Los vecinos de Mabel tienen que salir con botas de sus viviendas, por la gran cantidad de agua acumulada en las calles.
Las peripecias que pasa Kleber Chávez, hombre con discapacidad física, dentro de su vivienda en Fincas La Delia, en Durán, Guayas, las conocen todos sus vecinos: mientras el agua le llega a las rodillas en la calle, su cuarto (hecho de tablas de madera y planchas de zinc) se llena también.
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“¡Don Cleto! ¿Está bien?”, le gritan sus conocidos, entre ellos Mabel Yánez en compañía de otros residentes, luego de cada aguacero, pues son conscientes de que pudo haberse resbalado al tener movilidad reducida y tener su hogar de 4 metros cuadrados inundado. Lento y con paso firme sale Kleber de su espacio y les confirma a sus amigos que está todo en orden.
“Así son todos los inviernos. Pareciera que aquí no viven personas, porque no tenemos las condiciones mínimas en las que pueden sobrevivir los humanos”, expresa el hombre, quien reside en este sector desde hace más de 10 años y ha visto ‘desfilar’ administraciones municipales por sus calles anegadas sin gestionar ni una obra por los residentes.
Él cuenta que, año tras año, ha rellenado una esquina de su terreno para que su pequeño cuarto y enseres no sufran las consecuencias de las inundaciones, “típicas” en este periférico barrio de Durán. Ha llevado tierra, piedras, arcilla y todo lo que ha podido conseguir para evitar ‘ahogarse’. “Ya hasta está marcado el nivel que el agua alcanza en las paredes. ¡Mírelo, ahí está!”, señala la pareja de Kleber, a quien le toca, en cambio, con una toalla espantar los mosquitos.
Los vecinos de Durán se mantienen incrédulos ante las acciones de las autoridades
Aunque Kleber, en primera instancia, no quería contar a EXTRA cómo le afecta el invierno, luego conversa con el equipo periodístico como si les uniera una larga amistad. Él dice que no considera útil que se expongan los problemas de su zona porque “nunca (las autoridades) hacen nada”. “No se recibe la ayuda que se les pide a las autoridades encargadas. Aquí ni conocemos a Chonillo”.

El agua ha entrado a las casas de los moradores. Algunos han quedado con el líquido estancado.
Inmediatamente, Kelly Menéndez, otra moradora, lo interrumpe y contradice: “¡Sí lo conocemos, vecino! ¡Acuérdese de que cuando se candidatizó, hasta se metió al agua para tener el voto!”, menciona la mujer, entre las risas de los demás habitantes.
En el caso de Mabel, quien reside en la construcción de una planta ubicada junto a la de Kleber, las consecuencias de las inundaciones han alcanzado incluso a su perro, Negro, al que ha tenido que llevar al veterinario para que le revise si ha desarrollado alguna alergia en la piel.
La historia de Negro, el perro de Fincas La Delia que se ha enfermado por las inundaciones
“El perro es bien aseado y sale a mi portal de la casa (donde no se inunda) a hacer sus necesidades, allí es cuando él aprovecha y se sale a correr en el agua”, explica Mabel. Por ese motivo, hace un año aproximadamente, cuando también su calle se inundó, su perro presentó ronchas y, al acudir al médico veterinario, le indicaron que esto había sido producto del contacto con el agua contaminada.
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“Claro, es entendible, esto no es solo agua de las lluvias, sino que se mezcla con las aguas sucias y con toda la basura que pudo haber en la calle antes de que subiera el agua”, analiza. Ella tampoco ha quedado fuera del alcance de las enfermedades de la piel. Al igual que Negro, su cuerpo se ha llenado de ronchas y teme porque en cualquier momento le aparezcan las culebras.
“Cuando recién llegué a vivir a La Delia, hace cuatro años, se me llenó todo el cuerpo de granos, era como una alergia. Yo ya estaba asustada, pero por suerte la cara no se me llenó de esas ronchas. Me tuve que curar a punta de cremas y antibióticos porque no podía quedarme así”, revela.
Los vecinos aseguran que hace ocho años las autoridades encargadas rellenaron con piedras las calles. Sin embargo, no fue una solución permanente.
Ella ahora evita a toda costa tocar el agua estancada y para eso se calza botas impermeables cada vez que sale de su vivienda o regresa a ella. En la entrada a Fincas La Delia, a unos 10 minutos en auto, espera a un conocido que le cobra 50 centavos por movilizarla hasta su casa y en el camino se pone el calzado, de color blanco.
El auto no avanza hasta la puerta de su hogar, pues antes de llegar hay una gran poza que parece no tener fondo y que, además, sería fatal para el motor del vehículo de su amigo. “Él me deja aquí y luego yo camino. Son unos 300 metros, pero con el agua hasta las rodillas. Aquí hay desde mosquitos hasta culebras”, indica entre risas. EXTRA la acompaña en este camino y corrobora que en ciertas partes el nivel del agua estancada podría superar los 50 centímetros.
Kelly Menéndez, quien en cambio habita con sus dos hijos, cuenta, entre risas y bromas, que tiene que cargar a su hijo de 12 años “a cocote” cuando tiene que ir a la escuela. “No voy a dejar que mi hijo llegue todo mojado y peor sucio. Así que la madre lo carga en la espalda mientras pueda (risas). Aunque ya pesa, hay que hacer el esfuerzo”.

Los negocios de la zona, como el de María, registran bajas ventas, por las calles anegadas.
¿Cómo sobreviven los habitantes de Durán sin agua potable?
Los vecinos de Fincas La Delia, finalmente, suman a las penurias la falta de agua potable y el incremento del precio de cada tanquero que llega: ahora les cuesta 1,50 dólares cada tanque. “No pedimos que nos resuelvan la vida, solo condiciones dignas: alcantarillado y agua potable”, comenta el padre de Kelly, quien también tiene su residencia allí.
A pesar de los malos momentos, los vecinos no reniegan. Más bien, gozan mientras buscan la manera de resolver lo que, para ellos, las autoridades locales y centrales olvidan.
Ecuador
En Milagro hay zonas inundadas en donde el nivel del agua de lluvia llega hasta dos metros
Miguel Párraga