SUSCRIBIRME POR $1/ 1 MES

Exclusivo
Opinión

¡Nostálgico Quito mío!

Hace varios años, las fiestas de Quito eran intensas.

Hace varios años, las fiestas de Quito eran intensas. La algarabía por la fundación de la capital se confundía con el olor a incienso, las luces para los árboles navideños y los villancicos en El Tejar, lugar en el que confluían los comerciantes para hacer su agosto en diciembre.

El festejo comenzaba a finales de noviembre, con la elección de la reina y las novilladas preferia, donde más de uno se hacía el ‘tartoso’ con la zeta en la punta de la lengua por aquello de la ‘herencia española’. La feria Jesús del Gran Poder, una de las mejores de América, era el lugar de encuentro para cientos de quiteños que disfrutaban de las corridas de toros con empanadas de morocho, cerveza o vino en bota, mientras los ‘trompudos’ entonaban pasodobles o el clásico ‘ole toro, sí señor, ole toro’. Por la noche, cada barrio se organizaba para cerrar las calles y realizar el gran baile de la quiteñidad con orquestas de lujo que retumbaban hasta el amanecer. Para el frío, el respectivo canelazo que hacía sudar a los farreros al son de los pasacalles, albazos y música popular. Siempre había un lugar para ubicar una mesa y jugar cuarenta. ‘Dos por shunsho’, ‘marido tiene’, entre otras expresiones cuarenteras, hacían el deleite de los presentes en aquellos duelos a muerte, donde la sal quiteña se sentía a flor de piel. Más allá de la polémica sobre la tauromaquia, el cambio generacional, la inseguridad y la efervescencia política, hay que aceptar que los tiempos han cambiado. Valdría pensar ahora qué nos hace sentir quiteños para vivir las fiestas con más orgullo que nostalgia.