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Opinión

Parece que la respuesta es culpar a la ciudadanía

Lo único que queremos es que quien llegue a Carondelet no use el Índice, sino que utilice la mano para empujar a un país  asentado en arenas movedizas

muertos covid
Hubo donaciones de ataúdes de cartones ante el aumento de fallecidos.Angelo Chamba

Los ‘recuerdos’ de mi Facebook son dolorosos en el último año. Desde mediados de marzo son como dardos que se alojan en el alma. Me detallan la evolución del virus y la negligencia de nuestras autoridades para manejarlo. Uno a uno van apareciendo los reportes que hacíamos desde que el coronavirus llegó al país en 2020.

El de hoy, 7 de abril, me recordó el reportaje que hicimos en EXTRA y Expreso sobre el ‘negociado’ que hubo dentro de las morgues de los hospitales del Sistema de Salud Pública y del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social para pacientes COVID positivos: cobran dinero a los familiares desesperados por hallar los restos de sus seres amados y para dejarlos rebuscar entre los cuerpos putrefactos.

Son cosas que ningún periodista, ningún médico, ningún ser humano quisiera contar, tratar o recordar. Ha pasado un año y, muchos estarán de acuerdo con que este parece haberse ido en un chasquido. Sobre todo, porque como una cruel broma del destino, exactamente un año después, volvemos a escuchar la palabra ‘toque de queda’, rebrote, más muertes, más contagios…

Ha sido un año en el que los ecuatorianos nos movimos al ritmo de un virus que nos dejó sin abrazos, sin despedidas, sin últimos adioses y con la indolencia de ciertas autoridades que, por tratar de mostrar una cara menos fea del país, nos quitó la posibilidad de tener cifras que nos permitiesen medir la real dimensión del virus.

Y esa misma indolencia regresa cuando los picos de desesperación parecen más altos. Con tan poco tino, el presidente Lenín Moreno sugirió que la imposibilidad de identificar a los cadáveres que aún reposan en frigoríficos o devolverle los restos a las familias que claman por sus seres queridos desaparecidos radica en que ellos “los botaron a la calle” y “a veces, la misma gente que botó los cadáveres en la calle es la que reclama que el Gobierno no puede identificarlos todavía. No los culpo, estaban llenos de temor”.

Quizá no sepa el presidente que la mayoría de cuerpos que se ‘desaparecieron’ no eran los que ‘botaron’ a la calle. Fueron como el caso de Johanna, una enfermera que estuvo meses tras el cadáver de su tío, quien fue internado en la hospital del Guasmo Sur de Guayaquil con síntomas de COVID-19 y cuyo cadáver jamás fue devuelto a sus parientes. Gente que confió la salud y la vida de sus seres más amados al Sistema de Salud Pública y este no respondió.

Parece que la respuesta más recurrente del Presidente al sinnúmero de irregularidades que han ocurrido durante la pandemia es culpar a la ciudadanía. Una ciudadanía que está agotada, hambrienta, aterrorizada. Una ciudadanía que ya no tiene lágrimas para llorar o vive con la incertidumbre de que sus parientes o ellos mismos sean los próximos.

El virus no es lo peor que le ha pasado al país en los últimos años. Lo peor que le ha pasado al país es la indolencia de quienes, aprovechándose de la desesperación y el dolor, se dediquen a enriquecerse y a burlarse con el sufrimiento de quienes solo quieren tener la sonrisa de sus seres amados un día más.

¿Es justo culpar a quienes tuvieron que soportar no solo el dolor de la pérdida, sino el hedor de la putrefacción de sus muertos lacerando las fosas nasales y el alma? ¿Es necesario buscar culpables ahora, cuando la historia parece repetirse? Este ha sido y será el año de las interrogantes.

Y a menos de una semana de elegir a quien tomará el puesto caliente de un presidente que siempre pareció distante, lo único que los ecuatorianos deseamos es que esta historia no se repita. Lo único que queremos es que quien llegue a Carondelet no use el dedo índice, sino que utilice la mano para empujar a un país que parece estar asentado en arenas movedizas. Que no busque culpables entre quienes lloran a sus muertos, sino soluciones para que dejen de sollozar.