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Día 3. Diario de un periodista de crónica roja con COVID-19: "Enfermo que no come... muere"

Este es un nuevo relato de Jonnathan Carrera desde la habitación del Hospital del IESS Sur, en Quito. 

Jonnathan Carrera
Desde la habitación en la que por ahora se recupera.Cortesía

El periodista de crónica roja Jonnathan Carrera fue ingresado al Hospital del IESS Sur, en Quito, debido a un cuadro grave por el coronavirus, el pasado 31 de julio de 2020. Desde entonces ha sido testigo de cómo la gente lucha contra el virus y se aferra a la vida. No todos lo logran... En primera persona, Carrera cuenta el paso de los minutos y las horas dentro de la casa de salud, una de las que más casos de COVID-19 ha atendido en la capital, el nuevo epicentro de la pandemia en Ecuador.

LOS PEQUEÑOS TRIUNFOS

Metódica y regularmente la alimentación diariamente llega. El ejército de auxiliares y personal médico le da vida al hospital. Y en el IESS Sur, en Quito, la comida llega de piso en piso , de sala en sala , de cama en cama. Toda asignada por nutricionistas y médicos para cada paciente y su dolencia, así de prolijo es todo, porque la vida se juega en cada decisión.

Ahora que batallar con el hambre es otra cosa y no hay ganas de comer y se dejan las bandejas personales acumuladas en la mesa y el pedido es el mismo siempre a manera de consejo y exigencia...

—Debe comer lo que pueda, intente, hágalo.

Pero no se puede. Abrir la caja pesa y se contempla la comida desganado y triste y reacio y desinteresado , moviendo con la cuchara la sopa, mezclando las verduras del pollo con la zanahoria sin tener sentido alguno de provecho.

Masticar es un ejercicio inútil. Tres sorbos de sopa para qué más. El segundo al que llamamos así por orden más que por jerarquía nutricional, no provoca, y a regañadientes los pedazos ínfimos se van deglutiendo lento, en un trasiego interminable mientras se mira a los vecinos de las camas de enfrente repetir el mismo ritual de desgano y falta de apetito. 

—Pero coma. Coma, le dicen al compañero, y come, y come lento y taciturno, igual que yo, sin ganas.

Las batallas se aquietan por instantes, por horas exactas en que se dejan los cubiertos hasta que llegan las nuevas provisiones y la épica contienda sigue de nuevo el rumbo destinado y las picas se clavan en el puré y las vainitas se engullen con paciencia, y comes.

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Una fotografía de la bandeja en la que el periodista recibe el alimento.Cortesía

Comes sin sabor, sin placer, sin la golosa concupiscencia anterior de otras bacanales recordadas a destiempo.  Comes por comer, y comes todo, al menos eso intentas, sin sal, sin especias, comida de hospital, donde la perfecta relación entre carbohidrato y proteína te hará bien en la salud, la dieta.

Y las contiendas alargadas dejan rastros de comida que atestiguan los esfuerzos imprimidos, los pequeños triunfos han comenzado. 

De la cena poco queda. Del almuerzo algo sobra. Del desayuno todo va terminándose. 

—Ya ve que sí puede, va mejorando, debe comer, meta ganas. 

Las palabras de aliento ayudan, las ganas se retuercen, las razones se lapidan, las intenciones se acrecientan. Le voy ganando al desánimo, al desinterés, a la falta de apetito. 

Le vas haciendo fuerza al estómago y al corazón y te repites para adentro —es que hay que comer— porque así dicen, y parece cierto, enfermo que come no muere.

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