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Dos familias de Quito viven en un invierno eterno

El año pasado, dos familias quiteñas esquivaron a la muerte, pero sus hogares quedaron destrozados por lluvias y torbellinos. Aún no se han recuperado del golpe económico y psicológico.

BUENA AVENTURA

Cristina Pizarro y María Dolores Yuquilema no han podido reponerse de los ‘azotes’ del invierno. Durante las lluvias de abril de 2016 y de 2017 ambas perdieron sus hogares y la tranquilidad de sus familia que casi mueren por los incidentes ocasionados por el temporal.

El frío invierno volvió a la calles de Buenaventura, donde vive María Mugmal, en un pequeño departamento del segundo piso. El cuarto donde hace más de un año su hija Cristina y sus tres nietos se salvaron de la muerte durante una tormenta, es hoy una bodega de cacharros. En el patio ya no quedan gallinas, tan solo un conejito blanco ocupa el corral.

Desde el día del vendaval, Cristina no pudo dormir bajo ese techo de ficrocemento, pese a que fue reparado por los equipos de emergencia la misma noche de la tragedia. “El techo golpeaba contra las vigas y la bulla era tan fuerte que corrimos al cuarto y nos encerramos”, precisó. Parecía que fuera de papel, la cubierta de la casa voló por el aire y los pedazos de tumbado cayeron como una lluvia de escombros.

Cristina, su esposo y los niños se negaron a regresar, pero su madre María no quiso dejar la casa llena de recuerdos. “Teníamos miedo, en especial mi hijo mayor. Él pensaba que iba a volver a pasar. Me dio pena por mi mami, pero no la convencí de que se viniera a vivir conmigo”, añadió desde un sofá, de su nueva casa, ubicada a menos de media cuadra de la de su progenitora.

Ese mismo sentimiento de incertidumbre cruzó la mente de María Dolores Yuquilema. Hoy la pequeña casita en la que habitaba junto a su esposo y sus tres hijos, aun yace en escombros. Tres palos sostienen una pared que sobrevivió al diluvio del 11 de abril.

“Iba a abrirle la puerta a mi esposo, pero la casa me cayó encima. Yo llevaba a mi bebé en los brazo. Me escondía abajo de un mueble y la apreté contra mi pecho”, recordó. Nada fue igual desde ese día. María Dolores y los suyos debieron albergarse en la casa de un pariente. Un solo lecho cobija a los cinco miembros del hogar.