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Su nieto llena el vacío que dejó Yadira tras ser desmembrada en Quito
Han pasado dos meses desde que Yadira Navas fue desmembrada en Conocoto, suroriente de Quito. Sus padres Wilson y Olga Navas hablan por primera vez sobre este atroz femicidio que conmocionó al país.
Han pasado dos meses desde que Yadira Navas fue desmembrada en Conocoto, suroriente de Quito. Sus padres Wilson y Olga Navas hablan por primera vez sobre este atroz femicidio que conmocionó al país.
El pasado 21 de julio, la Policía encontró el cuerpo de la joven madre mutilado en el departamento de su pareja Carlos Sánchez. Sus brazos fueron hallados horas antes en un botadero de basura en la avenida Simón Bolívar.
Luego de las investigaciones, la Dinased capturó a Sánchez como el sospechoso de haberla asfixiado, cortado sus brazos y pierna, en un hotel llamado Ludos en Esmeraldas.
Pero, ¿quién era Yadira Navas? Wilson y Olga, aún atormentados por la muerte de su primera hija, reconstruyen la historia de la muchacha, de 29 años, quien únicamente los llenó de emociones y satisfacciones desde que era una niña.
En sus rostros se refleja el orgullo que sentían por Yadita, como la llamaban de cariño. Era una excelente alumna, la mejor. Amorosa con sus progenitores y hermanos; soñaba con algún día tener una familiar, su hogar, y eso lo consiguió el pasado 2 de abril de 2014 cuando, tras cinco años de noviazgo con Carlos, se casó.
Tres años después, la relación entre ambos cambió. Sus padres, pese a que fueron testigos de esta repentina variación de actitud por parte de su yerno, nunca creyeron que su “tesoro” más preciado iba a destruirse supuestamente en manos de aquel hombre al que le habían confiado el día de su boda.
El día en que Yadira apareció sin vida, el mundo de Wilson y Olga se derrumbó, así como los anhelos de ver a su hija feliz. Sin embargo, hay alguien que hoy los reconforta: ‘Martín’ (nombre protegido), su pequeño nieto.
Sus alaridos se han vuelto una dulce melodía en casa, sobre todo porque disipan el silencio que dejó la ausencia de Yadira, quien trabajaba como fiscalizadora en la Agencia Metropolitana de Tránsito. Sus restos hoy reposan en el Camposanto Metropolitano de Guamaní, junto a él aquellos malos momentos que vivieron tras el crimen.
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