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Una familia de recicladores vive bajo un puente de Guayaquil

Caminar en la noche por el callejón oscuro que se forma entre las dos secciones de uno de los tres puentes que hay en la avenida Francisco de Orellana de Guayaquil es algo que por, iniciativa propia, nadie haría y nadie hace. Ahí un grupo de nueve reci

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Viven ahí con viento, sol, lluvia y la mirada de alguna que otra persona que les tiene miedo.Edison Aleaga

Caminar en la noche por el callejón oscuro que se forma entre las dos secciones de uno de los tres puentes que hay en la avenida Francisco de Orellana de Guayaquil es algo que por, iniciativa propia, nadie haría y nadie hace. Ahí un grupo de nueve recicladores o -dicho de manera criolla- ‘chamberos’ tomó ese lugar como su albergue y vivienda. Su trabajo consiste en recoger lo que los demás consideran inservible para vendérselo luego a alguien a quien sí le será útil.

Viven ahí con viento, sol, lluvia y la mirada de alguna que otra persona que les tiene miedo. También están los que de vez en cuando aparecen a exigirles que se vayan porque, según les han dicho, en ese sitio “no deben estar”.

El título de “gente honesta y trabajadora” -que es lo que ellos dicen que son- se acerca más a su lectura y realidad. Hablan ‘sabroso’, pero no se meten con nadie y aseguran que, al contrario de lo que piense cualquiera, cuidan a todo el que camina de madrugada por su zona “para que no le pase nada”.

Un grupo y una familia

Aquí quien no es familia, es amigo desde tiempos inmemoriales. Esa relación de cercanía hace más fácil la convivencia entre todos.

Luis Gonzabay es uno de ellos. Él tiene 28 años y trabaja ahí desde hace cinco. Luis es algo así como el líder de la comunidad de recolectores, a lo mejor porque es uno de los mayores o, tal vez, porque sabe cómo organizarles y repartir el trabajo que, a fin de cuentas, es lo que representa plata a cada uno para parar la olla.

En el lugar, una mujer prefiere mantenerse entre las sombras del hormigón armado del paso vehicular. Es la conviviente de Gonzabay. Junto a ella, otro personaje con quien su mujer conversa de todo un poco, es su cuñada. Geovanny Tomalá, de 40 años, es otro de los lugareños y el tío de Luis. Probablemente, el mayor de todos.

Son las 03:00 de un sábado y, justo a mitad de la charla sobre cuánto dinero hizo cada uno, aparecen a lo lejos dos figuras empujando uno de los tres triciclos que usan para el trabajo. Uno de ellos es Luis Manuel Carpio Manzaba, joven de 26 años que sueña con, algún día, convertirse en luchador de vale todo o, a lo mejor, surfista. Lo que llegue primero.

El trabajo se lo reparten por turnos u horarios. Mientras un grupo sale a trabajar, el otro cuida el material conseguido y viceversa. Recorren a pie la mayor parte de la zona norte de Guayaquil en busca de plástico, cartón, vidrio y aluminio.

No a todos les va bien en cada jornada pero, cuando eso pasa, el resto le da la mano. “Aquí nos cuidamos entre todos y al que no tiene se lo ayuda”, asegura Gonzabay. Al preguntarles si ese espacio entre los puentes es su casa, en coro, todos responden “no”. “Cada uno tiene su casita y su familia que lo está esperando”, responden.

Ellos viven bajo el puente pasando una semana. Es decir, trabajan en modalidad 1-1 (laboran una semana y descansan otra). Lo que obtienen en esa jornada de siete días les sirve para subsistir los siguientes siete.

“Como turro me hago 40 o 60 a la semana, lo mismo mi mujer”. Entre ambos, la ganancia por dos semanas de trabajo representan unos 250 dólares al mes, explica Luis.

¿Cómo viven?

Los olores en este lugar son penetrantes, porque junto a los espacios que vendrían a ser algo así como la cocina y el dormitorio, funciona una especie de baño común al aire libre. El olor es fuerte en la noche, a pesar de que cuando sale el sol tratan de mantener todo limpio y en orden.

Duermen entre las ‘tulas’ que son bultos enormes, llenos con las cosas que recogen. “Aquí lo que más se sufre es el invierno (...) gracias a Dios ya no ha llovido algunas semanas”, sentencia Geovanny.