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Un ecuatoriano narra la odisea de migrar ilegalmente a Estados Unidos

El viaje del pollo cuenta la historia de un cuencano con ansias de alcanzar el sueño americano.

FABIAN QUITU HEREDIA
El sueño americano impulsaron el viaje que emprendió Fabián Quito.Ángelo Chamba

Fue en 2003 cuando el abrazo de su familia y el sueño americano impulsaron el viaje que emprendió Fabián Quito. “La travesía empieza desde ahí”, comentó el migrante que presentó su libro El viaje del pollo, la tarde del 12 de octubre, en Quito.

Su historia trasciende hasta el momento en que se endeudó para solicitar los servicios de un coyotero. Muchas de las veces no se les conoce, sino que usan intermediarios para empezar con el lucrativo negocio del traslado ilegal de personas.

Durante su travesía, la primera parada fue Guayaquil. Luego fue a Perú, en donde le pidieron que ‘aflojara’ para dejarlo pasar hasta tierras bolivianas. “Donde los peruanos tuve que dar dinero para poder continuar”, comentó el autor del libro.

En Bolivia sufrió otro tipo de vejaciones. Agentes hicieron que se desnudara para revisar si trasladaba drogas. Pero lo peor de este chequeo es que se lo hace en una habitación, donde cualquier persona podía verlo.

El motivo de viajar más hacia el sur fue porque ambas naciones, en ese entonces, tenían menores restricciones para ingresar a los Estados Unidos, objetivo del cuencano. Tras dos meses varado en suelo boliviano, regresó al Ecuador para emprender una nueva ruta.

Venezuela, Panamá y México fueron los siguientes destinos. En esta última nación, las cosas se pusieron feas. “Los migrantes son llevados a las casas de los coyoteros, quienes llaman pollos a sus víctimas”, comentó.

En una de esas casas había un cocodrilo encerrado en una caja de cristal. “Las mujeres pueden dormir en la habitación conmigo, o con el animal”, era la sentencia del estafador. No había opción.

Vivía amenazado. Iba de casa en casa, hasta que llegó a la frontera con EE.UU. En esa área se esconde a los migrantes en cajas pequeñas de metal, dentro de camiones. Ahí viajan durante noches enteras.

Iban apretados, algunos vomitaban, otros solamente movían la cabeza para no perder la razón del tiempo. El objetivo: llegar al desierto, tan vasto como peligroso. Las caminatas son eternas y tienen que sortear los controles que se hacen con helicópteros. “Pasaba una nave y luego nos movíamos. Y así durante todo el trayecto”, confesó.

En una ocasión, una compañera de viaje se perdió. Cuando la hallaron, una de sus piernas estaba devorada y dejaba entrever su hueso. Ella quería morir, pero la salvaron, algo que ella increpó.

Cuando por fin llegó a tierra norteamericana se encontró con su padre, pero la alegría duró poco porque él murió. Durante cuatro años pagó deudas y durante otros cinco reunió algo de dinero. “El libro es para visibilizar estas odiseas que muchas veces son invisibilizadas”.