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Diario Extra Ecuador

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¡Su paraíso ‘cayó’ en una grieta de 30 metros de ancho!

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Gelitza Robles, San Isidro (Manabí)
Las estrellas empiezan a aparecer tímidas después de las 18:30. No hay luz artificial que las difumine. Una hora después, el cielo nocturno del recinto El Relleno, en la parroquia San Isidro, parece espolvoreado de escarcha plateada.
Esa es la señal para que la familia Loor Dávila recoja carpas, colchones, almohadas y sábanas y huya de lo que, hasta hace un mes, fue su hogar. La noche en la hacienda Campos del norte ‘duele’ y desde el 16 de abril pasado es sinónimo de terror.
Mónica Loor aún tiene fe de que abrirá los ojos, despertará de la pesadilla que le dejó el terremoto y volverá a ver su finca tapizada del pasto verdoso del que se alimentaba su ganado.
Pero la realidad atraviesa su alma e inunda sus ojos. De lo que ella describía como 300 hectáreas de un paraíso, solo queda  una masa de tierra irregular y árida. Es una pampa marcada por grietas que parecen venas que brotan a través de la piel reseca.
No tiene explicación para lo que ocurrió con su propiedad el día del “fin del mundo”, como describe al terremoto. Solo se limita a decir que una energía extraordinaria salió del suelo y lo despedazó. “Era algo increíble. La tierra se hundió y levantó como 25 metros y había abismos por todas partes”, trata de recordar.
Maquinaria ha aplanado lo que hace 30 días parecía piezas de un rompecabezas en desorden e hizo más fácil el acceso a la hacienda. Mónica y su familia pasan la mañana dentro de la casa que quedó en pie, a pesar de la advertencia de peligro.
A su hermano mellizo Gonzalo, geólogos que llegaron al lugar los primeros días después del desastre natural, le explicaron que probablemente, bajo su patrimonio familiar exista una falla geológica.
Estas dos palabras le  hicieron helar la sangre. Gonzalo no solo perdió su casa, pues el terremoto la partió en dos, sino que, de corroborarse la teoría prematura de los expertos, tendrá que abandonar las tierras que fueron de su abuelo y de su padre.
El geólogo de la Escuela Politécnica del Litoral (Espol), Kervin Chunga, quien recorrió la zona afectada hace tres semanas, tiene una respuesta más clara.
En El Relleno, y otros sectores, se formó, durante el movimiento telúrico, una grieta de 30 metros de ancho por algunos kilómetros de longitud. Esto provocó que la tierra se asentara y hundiera el terreno, por eso colapsó la hacienda.
No obstante, afirmó que estudios más específicos que realizarán geólogos de la Espol, confirmarán si es una grieta o una falla geológica.
Estos análisis se efectuarán a finales de este mes cuando las lluvias cesen, pues “la zona actualmente está húmeda y el terreno muy inestable”.
Chunga reiteró que habitar no solo la hacienda, sino terrenos aledaños, es un riesgo, pues la tierra “se está acomodando”.
Así nomás, de un día para otro, Gonzalo debería dejar el lugar donde tenía sus más de 130 cabezas de ganado, pastizales, donde invirtió miles de dólares en plantaciones de plátano, árboles frutales, donde crió a su pequeña hija Zury y donde estaba toda su vida.
Si la sentencia es cierta, calcula pérdidas de más de un millón y medio de dólares, sumadas a sus recuerdos, sus sueños y la incertidumbre de no tener otro lugar en dónde empezar desde cero.


La tierra vibra
Doña Brilda Dávila solo llora. Ella llegó a la hacienda hace 52 años, cuando se casó con Melchor Loor. Que sus hijos estén con vida la consuela un poco. Con la ayuda de Mónica sembró los rosales que aún adornan el patio y se niegan a marchitarse.
A pesar del desastre que la rodea, la vivienda de caña que no se derrumbó no pierde su encanto, pero apenas pone un pie en el piso, este cimbra y le pone los pelos de punta. La casa central de la hacienda, en la que habitaban ella, su esposo y Mónica, no se desplomó, como la de Gonzalo, “pero las vigas han quedado sentidas”, explicó.
Tienen prohibido estar allí, porque, según dicen, la tierra tiembla de vez en cuando y el más mínimo movimiento les hace estremecer el corazón del terror. Sin embargo, no se resigna a dejar su hogar.
Durante el día allí cocinan, se bañan y lavan su ropa, pero alertas a cualquier movimiento. En la noche se albergan en la hacienda Santa Martha, de su vecino Liborio Rivadeneira, quien los acoge para que al menos puedan descansar tranquilos.
En el mismo lugar tienen las aproximadamente 60 vacas que lograron salvarse de que se las ‘trague la tierra’ y de las 75 restantes, solo quedan los huesos que se pierden en las grietas del corral.
Los gallinazos reemplazaron a las gallinas, que se paseaban por el lugar apenas se levantaba el olor de la carne de las reses descomponiéndose. Ese hedor mortecino suplió el de la hierba fresca que crecía alrededor del establo, que quedó convertido en una zona de desastre.
Las carpas azules y escuálidos colchones ahora son lo único que los protege del frío intenso que empieza a correr cuando el sol desciende.
En sus 73 años, Brilda nunca había dormido a la intemperie. Ahora debe hacerlo en una especie de bodega que le cedió su vecino para que estén más cómodos. “Vivir en un refugio, en unas condiciones que no son las adecuadas, no es lo mismo”, añadió Mónica, quien explicó que en la zona no existen albergues públicos, -a pesar de que hay más familias que perdieron sus viviendas- ni letrinas, e incluso, a un mes del terremoto, no ha llegado la energía eléctrica.
En la hacienda de don Liborio hay un generador de energía que encienden un par de horas por las noches y así cargan sus celulares y extraen agua para preparar alimentos o beber, pues el líquido que usan para bañarse y lavar la ropa lo obtienen del río Mariano, el cual divide a El Relleno.
“La vida nos cambió por completo”, dice Gonzalo luego de trepar dos recipientes repletos de agua a su camioneta, para llevarlos a casa y que su familia pueda bañarse antes de dormir.
Son las 18:30 y es hora de dejar lo que queda de su hogar. Si hay algo que rescata de la pesadilla vivida el mes pasado es que su tragedia los ha unido “como familia”.
Mónica cierra los ojos y en lo que dura un suspiro trata de recordar lo que era su paraíso. Con la imagen del rojo, rosado y amarillo de sus rosales, en contraste con lo que fue aquella tierra verde de fertilidad, suple a la incertidumbre de saber qué pasará con el lugar donde invirtió más de 15 años de trabajo. Se embarca en la camioneta que la llevará a la Santa Martha, pero su corazón se queda entra las hendiduras que se tragaron a su Jardín del Edén.

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