En Esmeraldas, el Carnaval se goza sin grandes tarimas pero con buenas trenzas
En Barrio Caliente, los vecinos organizan un carnaval espontáneo donde la salsa y los juegos de agua sustituyen a los grandes escenarios

Niños y jóvenes en Esmeraldas son quienes más gozan de la actividad, corriendo entre espuma y agua, riendo a carcajadas.
En Esmeraldas, el carnaval no se vive en grandes escenarios ni con desfiles multitudinarios, sino en cada casa, en cada calle, en cada esquina. En Barrio Caliente, uno de los más tradicionales de la ciudad, se convierte en un hervidero de música, baile y agua.
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Allí, la celebración se arma de manera espontánea: cada familia saca su parlante, la salsa retumba, los vecinos llenan los tanques de agua y las mangueras se convierten en instrumentos de alegría colectiva.
Desde temprano, los aromas del tapao, ese guiso de pescado con plátano verde y maduro, cocinado lentamente con hierbas y especias, se mezclan con el sonido de las trompetas y timbales. El plato es más que comida: es combustible para resistir horas de baile y juegos de agua.
“El tapao es nuestra gasolina”, comenta entre risas doña Carmen Valencia, vecina del barrio, mientras sirve una olla humeante a sus invitados.
Los protagonistas del Carnaval: Agua y salsa
El carnaval esmeraldeño tiene dos elementos inseparables: el agua y la salsa. Los tanques se llenan desde la víspera, y las familias se preparan para la ‘mojadera’ con cualquiera que se cruce.
“Aquí nadie se salva, si vienes seco es porque no has salido de tu casa”, dice José Luis Moreno, joven del barrio que recuerda haber jugado con agua desde niño.
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La salsa, por su parte, marca el ritmo de la jornada. Héctor Lavoe, Rubén Blades y la orquesta de la Fania All-Stars suenan sin descanso, y cada parlante compite por ser el más potente.
La dinámica es sencilla: alguien pone música, otro abre la llave del agua, y pronto la calle se convierte en pista de baile y campo de batalla acuática.
María Fernanda Cantos, de 28 años, asegura que el carnaval de su barrio no necesita escenarios ni artistas famosos para brillar.

Pequeñas bandas también divierten a los turistas en las calles de Esmeraldas.
“Nosotros mismos somos la fiesta”, dice con entusiasmo. Para ella, la celebración se vive en las calles, entre bailes, cantos y juegos con agua que se prolongan hasta la noche. Es, afirma, la manera en que la comunidad mantiene viva una tradición que se transmite de generación en generación.
Don Segundo Quiñónez, de 65 años, recuerda con nostalgia cómo se celebraba en su infancia en el Barrio Caliente. “Antes no había parlantes grandes, pero igual sacábamos radios y tocábamos tambor”, comenta.
Por su parte, para Kevin Valladares, de 19 años, la fiesta es el momento más esperado del año porque, dice, “todos nos olvidamos de problemas y nos unimos”. Lo que más valora es que en esas jornadas no importa si alguien es del barrio o viene de afuera, porque la ‘joda’ es entre todos. “Te mojan igual y te hacen bailar”, dice entre risas.
Las trenzas esmeraldeñas: Un buen look carnavalero y con historia
En Esmeraldas, cuando llega febrero y el Carnaval se enciende con espuma, música y comparsas, las calles se llenan de un detalle que brilla tanto como los tambores: las trenzas.
En Quinindé, dentro del local Afrotranzado Quinindé, fundado por María Arroyo, el sonido de los dedos separando mechones de cabello se convierte en un tambor ancestral. Cada trenza que nace allí es más que estética: es resistencia, es comunidad, es historia. María lo explica con naturalidad: “No recuerdo haber aprendido, simplemente estaba en mí”. Desde niña, con cinco hermanas como lienzo, convirtió el juego en oficio y el oficio en herencia.

María Arroyo mientras peina a una de sus clientas.
Las trenzas afro, que alguna vez fueron un signo exclusivo de identidad negra, hoy cruzan fronteras. Mestizos, blancos y extranjeros las lucen como moda cotidiana. Pero María advierte: detrás de la tendencia hay una raíz profunda.
En tiempos de esclavitud, las mujeres afrodescendientes transformaban sus cabezas en mapas vivos: rutas de escape hacia palenques, señales de ríos y montañas. Incluso escondían semillas y granos entre los diseños, sembrando esperanza en medio del dolor.
Ese pasado se resignifica en Carnaval. Los peinados se llenan de colores vibrantes: rojos, amarillos, verdes que estallan como pólvora festiva. No es banalización, es afirmación de vida.
Cada tono recuerda que, pese al desarraigo, el pueblo afro sobrevivió y celebra. Así, en estas fechas, trenzarse es también un acto de pertenencia: ser parte de una historia colectiva que se niega a desaparecer.
En Afrotranzado Quinindé, los estilos se multiplican: cornrows, box braids, fulanis, Marley, trenzas boxeadoras. Los materiales cambian (del cabello natural al kanekalón sintético), pero la esencia permanece intacta. Trenzar sigue siendo un acto de creación y memoria.
Y no solo en Esmeraldas: en el Valle del Chota, Salinas o La Concepción, mujeres mayores como Carlina Espinoza recuerdan cómo sus ancestros trenzaban para huir, para proteger la identidad. Hoy, nuevas generaciones reivindican las trenzas y los turbantes como símbolos de empoderamiento.
El Carnaval convierte esas memorias en espectáculo. Las comparsas avanzan con cabezas que son lienzos vivos, donde cada diseño habla de orgullo y resistencia. Las trenzas se mueven al ritmo de la marimba, brillan bajo el sol y se convierten en bandera de un pueblo que celebra su herencia.
María Arroyo, con sus manos incansables, sigue tejiendo esa cadena invisible que une África con Ecuador. Cada trenza que termina es una historia que no se deja olvidar. Porque en Esmeraldas, en Carnaval, el cabello no es solo cabello: es identidad escrita sobre el cuerpo, es memoria que danza, es orgullo que se celebra.
Las trenzas afro son mucho más que un peinado: son memoria viva. En sus diseños se escondieron rutas de escape y semillas de esperanza, convirtiéndose en mapas silenciosos que narraban resistencia.
Al mismo tiempo, el acto de trenzar ha sido siempre un espacio de encuentro: mientras las manos trabajan, circulan historias, consejos y risas, reforzando la transmisión oral de saberes y valores que no caben en los libros.
Ese arte también sostiene la vida cotidiana. Para muchas mujeres afrodescendientes, trenzar es sustento y autonomía económica, un oficio que transforma herencia en futuro.
Y en Carnaval, las trenzas se llenan de color y fiesta, pero nunca dejan de ser historia. En cada hebra, Esmeraldas recuerda que la belleza afro no es moda pasajera: es resistencia que brilla con espuma, tambor y orgullo colectivo.
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