El Placer del Culo: la historia real del recinto manabita que cambió de nombre pero no de memoria
El Placer, en Manabí, es un recinto marcado por la tierra, la memoria y un nombre que muchos intentaron borrar. La historia real detrás de “El Placer del Culo”

El Placer es una comunidad en Manabí antes llamada El Placer del Culo.
La vía que conduce hasta El Placer se abre paso entre cañaverales que cubren los cerros como lechugas gigantes. De esa misma caña nacen también las casas: paredes livianas, techos humildes, refugios levantados con lo que da la tierra.
El recinto está rodeado por los cerros Palmitares, El Capricho y la aplanada La Zambrano. Allí vive Jofre Loor Borja, agricultor manabita que esta mañana celebra el nacimiento de 13 cerditos rosados y temblorosos. Mientras los observa, explica por qué su comunidad se llama El Placer, aunque sabe que en la carretera que lleva hasta este rincón olvidado de la provincia de Manabí los cobradores de los buses todavía anuncian el destino con el nombre antiguo, ese que nadie ha logrado borrar del todo.

El Placer del Culo, un recinto que guarda viejos recuerdos entre montañas y cascadas.
Para llegar a El Placer hay que salir de Portoviejo, la capital provincial, rumbo a Olmedo. En el trayecto, camionetas blancas de doble cabina esperan a los pasajeros y se detienen ante el llamado insistente de las mujeres que levantan la mano junto a la vía.
—Lléveme, que voy al Placer —dice una mujer de ojos claros, mientras acomoda a su hijo y tres cajas llenas de comida.
En la plaza principal se levanta una iglesia construida por los propios vecinos. La pequeña capilla está en reparación: vigas de cemento, palos de madera y la fe sostenida a pulso. La camioneta que conduce hasta allí avanza a saltos, como un caballo sin domar, sobre una carretera herida de baches.
—Vivo aquí desde hace cincuenta y cuatro años; a veces me he ido a otras comunidades, pero siempre regreso —dice Jofre.
Ha criado a cuatro hijos varones y a una hija mujer entre naranjales, plataneras y surcos de yuca, cuidando también a los animales de granja que forman parte de la rutina diaria. Dice que es pobre, pero que no le falta nada. Mientras habla, pela naranjas y desgrana maní, como quien enumera, sin alardes, las pequeñas riquezas que lo sostienen.
—Este recinto tiene cien años; los más antiguos se acuerdan y nos han contado: la gente se arremangaba el pantalón para venir hasta acá, y este lugar se llamaba Los Pailones porque aquí, más abajito, había un pailón grande, alto, y una cascada bien bonita; era como un encanto, con aguas cristalinas, y se perdió —recuerda Jofre.
Para el agricultor, la cascada se perdió el día en que las montañas fueron tumbadas. Con ellas, dice, también empezó a borrarse el nombre del pueblo, como si el tiempo hubiera decidido arrancarle dos palabras a su identidad.
—Eso no se pone —confiesa Jofre a EXTRA, con una sonrisa cómplice—, pero la gente ya lo sabe. Por respeto, lo quitaron del letrero de entrada.
Jofre recuerda a Alberto Moreira, un hombre que vivía en Las Mercedes y que llevaba a los vecinos de El Placer hasta Portoviejo. Cuando llegaban, Alberto anunciaba el arribo a gritos, sin pudor ni pausa:
—¡Vamos, vamos, mi gente del Placer del Culo!
Hasta que una muchacha le respondió lo que nadie se había atrevido a decirle:
—Señor, usted es malcriado.
Después de eso, el nombre comenzó a cambiar.
Nelly Borja, apellido repetido como un eco en este recinto, tiene actualmente 86 años. El Placer ha sido su casa desde que tenía 13, cuando dejó el lugar donde nació, un recinto que ahora es conocido como El Progreso, pero que antes tuvo un nombre más áspero: Yuca de Ratón. Ella también recuerda que, en algún momento, este pueblo fue conocido como Los Pailones.
—Mi mamá escribía cartas y ponía así el nombre —dice—. Ya cuando yo estaba casada, vinieron a censar y lo cambiaron. No recuerda el año. A veces la memoria guarda el hecho, pero borra la fecha.
La mujer que llegó al estero
El Placer pertenece a la parroquia Sixto Durán Ballén, creada en octubre de 1997. Es también la tierra donde nació Liborio Castro, combatiente de la Revolución de los Conchas (1913 a 1916), una de las guerras internas más largas del Ecuador republicano. Peleó junto al Movimiento Alfarista tras el asesinato de Eloy Alfaro. Sus restos, dice el Municipio, descansan en Quito; su origen, en cambio, sigue atado a esta tierra.
Eugenio Loor tiene 65 y la certeza de quien ha visto cambiar los nombres sin que cambie el polvo del camino. Dice que el pueblo dejó de llamarse Los Pailones cuando se levantó la primera escuela pública. Era 1973 y él tenía 13 años.
—Mi papá le puso El Placer —afirma—. De eso hay un documento guardado en la escuela. Pero como antes ya le decían El Culo, lo acomodaron.
Según la historia que se repite de boca en boca, una mujer llegó hasta el estero y allí se lavó. Alguien la vio. Y eso bastó.
—Por eso le pusieron El Culo —cuenta Eugenio, riéndose—. Se estaba lavando sus ‘cositas’.
En algunos lugares todavía los conocen así. Los vecinos lo dicen entre risas, como quien carga un apodo heredado: hay quienes los llaman, hasta hoy, “los culenos”.
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En Manabí, los nombres no se inventan, se recuerdan. Nacen de la tierra, del agua, de un suceso que dejó una marca. Así lo cree el gestor cultural Umeni Álava, para quien la toponimia manabita (estudio de los nombres propios) es una conversación antigua entre el territorio y quienes lo habitan. Los pueblos, dice, toman su nombre de la naturaleza, de episodios bíblicos o del rastro de alguien que pasó y se quedó.
—Los que vivimos tierra adentro somos montuvios —explica—, mestizos de sangre europea y aborigen.
Los recintos, asegura, cargan en su nombre lo que allí ocurrió. Tripa de Pollo, localidad de Flavio Alfaro, por ejemplo, no es una burla, sino una planta: por dentro guarda un líquido rojo, como si la savia también tuviera memoria. Por eso, Álava no ve razón para borrar El Placer del Culo. El placer, dice, es la alegría; el culo, el sitio donde el cuerpo se asienta. Nombrar así no es ofender, es describir.
Raymundo Zambrano, actor y gestor cultural manabita, coincide en que muchos nombres nacieron del asombro o del miedo. Recuerda Muerto Parado, un recinto que conoció cuando tenía 12 años, mientras acompañaba a su hermana, que alfabetizaba en la zona.
—Era un lugar que imponía silencio —dice—. Habían matado a alguien y lo dejaron parado en una estaca.
También están Piedra Roja o Palma Sola, nombres que surgieron porque una roca o una palma bastaron para señalar el sitio. A veces, una sola presencia define el mapa. Zambrano recuerda haber vivido un tiempo en La Lejura. No estaba tan lejos, aclara, pero no había nada alrededor: una sola casa y seis kilómetros de vacío. Eso bastó para nombrarla.
Sobre El Placer, Zambrano explica que en Manabí abundan nombres como El Paraíso, El Placer o Luz Divina.
—Era una hondonada —dice—, la parte final de un cerro. Por eso le decían el culo.
La explicación es simple y, como casi todo en este territorio, nace del relieve.
Fama en redes sociales
El sociólogo Rubén Aroca ha dedicado años a rastrear estos nombres. En su estudio sobre toponimia encontró que la mayoría de cantones y parroquias del Ecuador conservan raíces españolas; otros combinan el español con el latín; algunos provienen del quechua, de un quechua posible, y apenas unos pocos del shuar. Los nombres son huellas de conquistas, resistencias y mezclas.
Hoy, El Placer aparece en pantallas ajenas. Videos de TikTok y Facebook repiten historias, exageran versiones y convierten el nombre en espectáculo. Llegan curiosos. Llegan risas. Pero los habitantes saben lo que quieren conservar.
Prefieren que El Culo quede donde siempre estuvo: en la memoria de quienes crecieron ahí, en la palabra dicha sin vergüenza entre conocidos. Y como Jofre Loor lo ha hecho siempre, reciben a los visitantes con una sonrisa, dispuestos a contar su historia. Esa que no está escrita en los carteles, sino en las montañas de Manabí.