Seis años del COVID-19: lo perdieron todo en la pandemia y así viven hoy en Ecuador
La pandemia golpeó el empleo, cerró negocios y empujó a miles a la informalidad en Ecuador. Seis años después el país no se termina de recuperarse

Durante el confinamiento, las calles y negocios quedaron desolados.
Mónica Vargas había construido una vida estable. Antes de la pandemia tenía tres fuentes de ingreso: desarrollaba páginas webs, aplicaciones móviles y proyectos en 3D; daba clases y manejaba un negocio de rosas eternas que incluso llegaron a exportarse a Catar, semanas antes del confinamiento.
De eso ya han pasado seis años. Cuando los contagios de covid-19 se desbordaban en el mundo y se confirmó su fuerte presencia en el país, el presidente Lenín Moreno decretó el estado de excepción el 16 de marzo de 2020.
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Con ello llegó el toque de queda, que obligó a la mayoría a quedarse en casa, incluida Mónica y sus negocios. “Los tres eran súper rentables, cada uno hacía su labor”, recuerda.
A finales de 2019 había dado un paso importante: independizarse. Se mudó sola a un departamento, dejando la casa de sus padres. Pero en cuestión de semanas todo se desmoronó.

Mónica hasta ahora se dedica a ayudar a grupos vulnerables.
Había retomado un empleo en relación de dependencia, pero apenas llevaba un mes cuando fue despedida junto a más de 300 personas, bajo la Ley Humanitaria. “Nos botaron y lo que nos dieron fue muy poco”, cuenta.
El golpe fue total. Perdió el empleo, sus tres negocios se paralizaron y quedó sola en un departamento que recién empezaba a sostener. “Fue horrible… encerrada, sin comida”.
Las rosas dejaron de venderse por el cierre de fronteras. Las clases no lograron mantenerse, ni siquiera en modalidad virtual. Y aunque el desarrollo de software tenía demanda, los pagos se retrasaban. “Te contrataban, pero te pagaban a los dos o tres meses, y yo necesitaba comer ese día”.
Sobrevivir con lo mínimo
Sin ingresos, tuvo que aprender a sobrevivir. “Aprendí a hacer compras para las vecinas, a pagarles la luz, el agua. Me ganaba un dólar”.
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Ese dólar servía para movilizarse o para comer algo. Muchas veces caminaba largas distancias para ahorrar. “Había días en los que comía tomate con pepinillo”.
Hizo mensajería, limpió pisos, cuidó edificios. No había margen para elegir. “En serio, hacía de todo para ganarme la vida”. Aun así, buscaba sostenerse emocionalmente. “Trataba de hacer cosas buenas. Si ese día hacía algo bueno por alguien, valía la pena”.
La pandemia no solo golpeó su economía, también su entorno familiar. “Cada vez que contestaba el teléfono, alguien de mi familia se había muerto”.
Su abuela enfermó gravemente por estrés. Mónica se fue a cuidarla. Dormía poco o nada. Pasaba las madrugadas acompañándola mientras gritaba del dolor. “No dormía… trabajaba de madrugada y trataba de descansar en la mañana”.
“Perdimos todo”
A varios kilómetros, en Pomasqui, norte de Quito, la historia de Cristina López seguía otro camino, pero llegaba al mismo punto.
Durante 25 años tuvo una peluquería. Era su sustento, su rutina, su inversión de vida, pero la pandemia la obligó a cerrarla. “Ya no se podía producir y tenía que pagar arriendo, luz, agua. Ya no era sostenible”.

Cristina vende productos por catálogo y conserva algunos de sus clientes de la peluquería.
El confinamiento redujo la clientela a casi nada. “De lo que había afluencia de gente, ya solo quedó la del entorno. Con eso no me podía mantener”, relata Cristina, de 47 años.
Durante seis meses intentó resistir. Usó los insumos que tenía y trató de sostener el negocio, pero sin ingresos el capital se fue consumiendo. Finalmente, tuvo que dejar el local.
No solo perdió el negocio: también la garantía y las mejoras que había hecho durante años. “Dejé todo: la puerta, las lámparas… todo se quedó”. Fue el cierre definitivo de una actividad que sostuvo por más de dos décadas.
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Aprender otra vida desde cero
Sin ingresos, Cristina tuvo que reinventarse. Aprendió a hacer pan viendo videos en internet, practicando en casa. “Golpeando la masa en la mesa, practicando, así aprendí”.
Empezó vendiendo a vecinos, luego a familiares. Era una forma de sostenerse día a día. “La necesidad le obliga a uno a moverse, a ver cómo traer dinero a la casa”.
También retomó la venta por catálogo y comenzó a trabajar a domicilio con clientes fieles.

Cristina sostiene a su familia con sus ventas.
Una crisis que arrastró a toda la familia
El impacto no fue solo individual. Su esposo tenía un camión para transporte de materiales de construcción. Con la paralización económica, los viajes desaparecieron. “No había construcción, no había nada. Ya no pudo pagar el camión y lo perdió”.
La familia se quedó sin sus dos principales fuentes de ingreso, pero no había opción de quedarse de brazos cruzados.
Su esposo logró comprar un auto y ahora trabaja en transporte mediante aplicaciones móviles. “No es lo mismo que antes, pero ya es algo fijo”, reconoce.
Historias con datos
Las historias de Mónica y Cristina se reflejan en las cifras. Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu) del INEC, antes de la pandemia el empleo adecuado alcanzaba el 38,8 % (en diciembre de 2019), pero con la llegada de la covid-19 este indicador descendió a 30,8 % (en 2020).
Para diciembre de 2025, el empleo adecuado se recupera parcialmente y se ubica aproximadamente en un 36 %, aunque todavía no alcanza los niveles previos.
Lo que dejó la pandemia
Seis años después, las cifras muestran una recuperación, pero las huellas siguen en la vida de las personas. Mónica lo resume así: “La vida a veces te puede tirar al suelo, pero siempre hay formas de levantarse. Eso me enseñó”.
Cristina deja otra reflexión: “Aprendimos a valorar lo que teníamos… y que nunca es tarde para aprender otra profesión”.
El empleo mejora en los números. Sin embargo en la vida diaria, para miles de ecuatorianos, la estabilidad sigue siendo una deuda pendiente.
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