Vendió su casa por $ 200 para salvar a sus hijos: el drama oculto de Casas Colectivas de Guayaquil
Plan habitacional construido hace 78 años hoy es zona roja. Familias se debaten entre quedarse por necesidad o huir por la violencia y las víctimas colaterales

El plan habitacional ha sido escenario de varios hechos violentos. Muchas personas han optado por mudarse ante el temor y la creciente inseguridad.
Vendió su departamento en 200 dólares. Así, casi regalado, Salomón decidió cerrar el capítulo más duro de su vida en las Casas Colectivas de la Gómez Rendón, en Guayaquil. “Prefiero irme antes de que una bala perdida alcance a mis hijos”, dice, mientras deja sus muebles y enseres desde el tercer piso hasta la camioneta donde carga lo poco que le queda.
Tiene 63 años, una esposa y cuatro hijos (tres adolescentes y dos pequeños). Durante seis años ese departamento fue su refugio, pero el miedo terminó ganando la pelea.
“Hace tiempo queríamos mudarnos. Lo habíamos conversado con mi esposa, pero este lugar era nuestro y no teníamos dinero para alquilar. Sin embargo, las matanzas recientes nos hicieron decidirnos. No podemos exponer a nuestros hijos a una bala perdida. Esto parece una favela, no un lugar para vivir”, relata.
Salomón llegó a las Casas Colectivas en 2000, en plena pandemia, cuando no tenía a dónde más ir. Allí intentó levantar a su familia en medio de la crisis. Pero la violencia que azota al sector terminó por quebrar cualquier esperanza de quedarse.
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Las Casas Colectivas pertenecen al distrito Nueve de Octubre, el cual registra un aumento de crímenes: de 31 asesinatos en 2025 a 39 en lo que va de 2026.
La gota que colmó su paciencia ocurrió el 2 de marzo, cuando presenció el asesinato de dos amigos pocos metros de su vivienda. Desde ese día, asegura, supo que tenía que irse.
Ahora, mientras termina de bajar sus pertenencias por las escaleras del edificio de 78 años, mira por última vez el lugar que fue su hogar.
En las mismas paredes donde antes familias siguen aferradas no por valentía, sino por necesidad. El bolsillo manda. María (nombre protegido) llegó hace menos de un año con su pareja, buscando un lugar donde quedarse. “No tenemos a dónde ir y no queremos alquilar ni vivir arrimados. Aquí al menos es nuestro. Este departamento era de la madre de mi pareja y ella nos lo cedió”, comenta.
Sin embargo, no todos sienten lo mismo. Desde el segundo piso, un adulto mayor asegura que en el edificio hay quienes viven con miedo, pero también quienes prefieren callar. “Yo no me meto con nadie. Los que sienten miedo son los que andan en cosas malas”, sostiene.
Otra mujer, que pidió mantener su identidad en reserva, asegura que intenta vivir con discreción para evitar problemas. “Si veo algo, me quedo callada. Es más cuando algo tampoco quiero que nadie sepa. Aquí nadie ve, nadie escucha. Es la mejor forma de sentirse protegido”.
El lugar se presta para este tipo de situaciones: es una zona con intenso microtráfico, sirve para esconder drogas, armas e incluso a delincuentes.

El miedo obliga a muchas personas a abandonar sus hogares.
EL DETERIORO
El olor a orina y humedad invade los callejones y pasillos. En el exterior se acumula basura. Y las paredes, cubiertas de grafitis, manchas de humedad y grietas, evidencian el paso de los años. Así transcurre la vida en las Casas Colectivas, un complejo de dos bloques ubicado en las calles Gómez Rendón y José Mascote, con 316 apartamentos separados por callejones angostos.
Desde 2024, el edificio se ha convertido en escenario recurrente de hechos violentos: balaceras, amenazas y ataques armados marcan la rutina, dejando víctimas, incluidos menores, y una profunda sensación de angustia entre los moradores.
El abandono del lugar es palpable. Los pasillos interiores lucen sucios, las escaleras son resbalosas y los cuartos, de aproximadamente cinco por cinco metros, carecen de divisiones. Desde la parte alta se observa el patio interior, con ropa colgada en tendederos improvisados, habitaciones vacías y paredes sin pintar, reflejo del descuido de la edificación.
CONTROL DE GRUPOS DELICTIVOS
Una fuente policial revela que en este lugar la organización criminal Los Lobos mantiene el control. Sin embargo, otras agrupaciones como Lagartos, Tiguerones y Freddy Krueger intentan disputar la zona.
“Es un punto estratégico, ubicado en el corazón de todo. Incluso durante nuestras intervenciones actuamos en grupo y junto a las Fuerzas Armadas. Desde este lugar hemos rescatado a personas que habían sido secuestradas en otro sitio y luego traídas aquí. Es una verdadera guarida de delincuentes”, describe el informante.
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Son uno de los primeros edificios multifamiliares, pero desde hace unos 15 o 20 años comenzó la degeneración. Debe ser demolido.
EXPROPIACIÓN Y DEMOLICIÓN
Nelson Yépez, experto en seguridad, alerta que hoy entre el 90 % y el 95 % de los residentes de este lugar “ya no deberían estar allí”, debido a que la zona se ha transformado en un “verdadero foco de delincuencia”.
Considera que el abandono progresivo, la falta de control y la permisividad hacia actividades ilegales han transformado el complejo en un “caldo de cultivo” para la delincuencia.
“La ubicación céntrica y el diseño tipo ‘conventillo’ facilitan la venta de drogas y que sirva como escondite de armas y personas, convirtiéndolo en un ‘caldo de cultivo’ para los delincuentes actuales y futuros”.
Yépez señala que los problemas no se limitan a las Casas Colectivas, sino que afectan todo el sector. Para él, se requieren medidas drásticas: expropiación, demolición y la construcción de un espacio simbólico o útil para la ciudad, como un parque o museo. Además, recuerda que el deterioro del complejo lleva décadas: “Hace 20 años ya mostraba signos de abandono, y hoy la situación es mucho peor”.

Varios hechos violentos han estremecido este sector de Guayaquil.
PERSPECTIVA ARQUITECTÓNICA
Javier Gallo, arquitecto y planificador urbano del Comité Bicentenario de Guayaquil, explica que las Casas Colectivas fueron construidas en 1948 por el arquitecto Héctor Martínez Torres, como uno de los primeros edificios multifamiliares para clases populares.
“Su propósito era ofrecer un espacio digno de vivienda social, con bloques diseñados para familias de clase media-baja. Con el paso de los años, la zona se deterioró y se convirtió en refugio de delincuentes”, resume.
Para Gallo, las Casas Colectivas ya no cumplen su función original. “Los materiales de construcción, como losas de hormigón de 15 centímetros de espesor, ya no cumplen los estándares modernos. A pesar de haber resistido temblores, se requiere demolición”, especifica.
Propone que el gobierno expropie y tire abajo los edificios, reemplazando a los residentes en nuevos planes de vivienda social en otros sectores.
“La idea sería construir edificios multifamiliares modernos, con bloques independientes, servicios completos y espacios públicos, como parques y áreas deportivas, generando urbanismo de calidad, aumentando la plusvalía del sector y erradicando la delincuencia histórica del lugar”.