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Diario Extra Ecuador

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¡El 'crack' que 'fichó' por los narcos!

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Gorka Moreno, Guayaquil

“Demuestra lo que vales, chu…”, balbuceó enrabietado. Christian acunó la pelota en medio campo. Se zafó de su marcador con un caño, suave como una caricia de buenos días entre unas sábanas rociadas de sudor. Gambeteó a un hercúleo extremo con un leve golpe de cadera, más propio de un experimentado bailón salsero que de un futbolista en declive. Trazó una pared con su delantero centro. Amagó a un central, que para intentar tumbarlo sacó el brazo como un guardia de tránsito en pleno atasco. Recibió el pase medido de su compañero. Fijó la vista y su futuro en la portería rival. Cargó la diestra y disparó un obús de empeine desde la frontal, que se coló limpio por la escuadra.

El arquero, un cuarentón panzudo con evidentes dificultades motrices y una alopecia galopante, no tuvo tiempo ni de estirarse. Los trescientos aldeanos que se habían congregado en aquella cancha embarrada rompieron en aplausos y vítores, asombrados por la destreza de su nueva estrella.

 

–¡Bravo por el ‘tri’! ¡Contrátenlo! –gritó exultante un anciano.

 

Christian anotó tres goles más. Quería impresionar a los capos de la droga, que lo habían acogido en el equipo tras descubrir su talento en una ‘pichanga’ entre vecinos.

El pelado, de 23 años por aquel entonces, necesitaba un empleo casi tanto como un baño de agua caliente. Había aterrizado en Colombia con diez dólares en el bolsillo; un pie derecho de oro, que le había valido el pase a la selección de su provincia antes de que el trago acabara con su prometedora carrera; unos zapatos aún más cuarteados que su alma atormentada; una valija vacía de amor, y un puñado de huesos y pellejo por silueta.

 

Los narcos, como premio por la exhibición, le obsequiaron cincuenta dólares. Suficiente para alquilar un cuarto y echar a andar.

 

–Hermano, siga jugando con nosotros. No se preocupe por la plata. Aquí la gozará –le anunció eufórico el capitán, un armario de dos metros tan tosco con el balón como sanguinario con quienes desafiaban a los patrones.

 

El tipo no mentía. Su billetera pronto rebosó. Pero olvidó detallarle que, para calmar a su quejoso estómago, tendría que adentrarse en la selva de Putumayo, hacer un intensivo de química aplicada y dedicarse al procesamiento de coca en un laboratorio custodiado por las FARC.

Aunque el muchacho se mantenía al margen de las masacres y las extorsiones, de lunes a sábado cambiaba el balón por una Mini Uzi israelí y dos Beretta, que portaba al cinto. Los domingos impartía clases magistrales de desmarque y filigranas a los lugareños, que lo bautizaron como ‘la Bala’.

 

–En mi primer día de trabajo, me colgaron un bolso con 35 kilos de químicos, además de mi mochila. Debíamos ir a pie hasta el laboratorio. Al principio, casi no podía ni caminar. Tardamos horas en llegar. Pero se me daba bien el oficio. Y en unos tres meses produjimos una tonelada. Cobré más de mil dólares. No parece mucho, pero allí era una locura –relata regado en lágrimas.

–¿Lo de ‘la Bala’ era por tu habilidad con las armas? –cuestiono irónico.

–Para nada. Decían que chutaba muy duro, de ahí el apodo.

–Supongo que te tocó dar plomo al ejército y a los paramilitares…

–En una ocasión, llegaron decenas de soldados. Eran demasiados para el destacamento de las FARC que velaba por nuestra seguridad. Tuvimos que dejar todo botado y huir a la carrera. Después cambiamos de ubicación y volvimos al negocio.

–¿A cuántos quebraste? –insisto.

–Prefiero no hablar de ello –me replica con una evidente mueca de arrepentimiento.

–¿Y no caíste preso?

–Varias veces. Pero siempre me sacaban. Yo era un tipo leal, no un ‘sapo’. Los jefes lo sabían. Y se las ingeniaban para que me liberasen. El dinero hace milagros. Pero es una época que quiero dejar atrás –reitera agobiado.

 

Con el paso de los años, un reportero aprende a distinguir cuándo debe frenar su insaciable curiosidad, cuándo llega el momento de no hacer más preguntas a quien arriesga la vida por contar su historia. O, mejor dicho, una parte de ella. Porque todos escondemos secretos, más o menos oscuros, que únicamente compartimos con la almohada.

 

LA FAMILIA

Tras cada cosecha, Christian derrochaba el jornal en los cabarés de Cali, donde se daba baños de sexo y alcohol hasta que el amanecer le recordaba que la paz nunca llama a la puerta de los villanos.

–Yo era de mujeres finas, no de ‘chongos’. Me gustaba mucho el vicio –reconoce.

 

Ni su hijita ni su esposa, una refinada ‘paisa’ que había perdido a todos sus hermanos bajo el fuego cruzado de los paramilitares y la guerrilla, lograron sacarle de aquella espiral de adrenalina y lujuria que lo había maniatado.

 

–Nunca jalé coca. Bueno, una noche. Pero me pasé la farra tensionado, observando nervioso a todo el mundo. Así que no repetí.

–Recuerdo aquella madrugada en que viniste completamente ‘pluto’. Dabas penita. No podías ni abrir la puerta. Te metimos a la bañera entre mamá y yo. Y ni con esas reaccionabas –agrega su descendiente mientras le roza la oreja con sus delicados dedos de secretaria.

 

Christian se muestra convencido de que fue Dios quien le animó a tomar el sendero de la rectitud cuando tocó fondo. Quién sabe. O tal vez fuera su inconsciente el que se sintiera asqueado. Pero hay señales que solo los más valientes o los más dementes se atreven a seguir. Y él lo hizo.

 

–El Señor se me apareció en sueños. Me dijo que dejara la droga, que no confiara en aquellas personas, que me marchara de allí.

 

No esperó a la mañana siguiente. ‘Chiro’ y con el hígado más hinchado que un pavo antes de su degüello, hizo las maletas y tomó el primer bus de regreso a Ecuador con las dos únicas personas que todavía eran capaces de arrancarle una tímida sonrisa. Ahora se pregunta por qué fue tan irresponsable como para huir sin dar explicaciones a quienes jamás perdonan una traición.

 

–El conflicto en Putumayo empeoró. Supongo que por eso nadie tuvo tiempo de perseguirme. Pero con aquella decisión puse en riesgo a los míos. Fui un pende…

 

Su hija vigila la sopa de queso que bulle en un roñoso hornillo de gas, mientras dos gatos negros, de filosas garras y endemoniado carácter, se afanan por subir a la mesa de la sala, cercada por unos endebles muros de zinc.

Hoy, el extraficante y su familia ocupan una de las casuchas más ruinosas de su ciudad natal. Pero Christian se las ha ingeniado para adornarla con vistosas flores y palmeras, que colorean sus días, y se dedica por entero a predicar la palabra de Dios. Cree que sin fe, el hombre está condenado a vagar en las sombras. Quizá esté equivocado, pero nadie puede negarle que sabe de lo que habla…

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