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¡La ley del Salvaje Oeste!
Gorka Moreno, Guayaquil
¡Hermanos, robaron las diez reses de Ricardo Parrales! Nos vemos en mi potrero –alerta por radio Freddy Narváez, presidente de una asociación ganadera.
Es imposible saber cuándo Freddy bromea o entra en cólera. Hace tiempo que atrincheró su corazón, su sonrisa y sus ojos exhaustos tras una barba musgosa, que le cubre hasta los pómulos; habanos que tritura ansioso entre los dientes; y un sombrero montuvio de cuero que heredó de su hermano mayor, asesinado a manos de un sádico cuatrero conocido como el ‘Chimbo’.
La tragedia que heló la sangre de Freddy para siempre se perpetró una noche de febrero. El ‘Chimbo’ y tres de sus hombres irrumpieron en casa de Fernando, ebrios de aguardiente, sedientos de sexo. No podían tolerar que un agricultor de baja cuna hubiera encandilado a la deseada Rosa Puyo, noventa libras de miel y curvas escarpadas.
Primero llovieron los puñetes. Luego volaron las patadas. Para que Fernando no perdiera la consciencia, sumergieron su cabeza ensangrentada en un balde de agua fría y lo recostaron en una butaca apolillada. Así podría contemplar cómo los cuatro, de uno en uno, ultrajaban a su amada.
–Esta será la última imagen que te lleves a la tumba, coj… –se relamió el ‘Chimbo’ antes de asestar tres puñaladas mortales al joven y arramplar con sus quince vacas.
Casi quince años después, Freddy aún declina dar pistas sobre la identidad del testigo protegido que le ayudó a destapar la verdad. Tampoco habla de su venganza, gestada en una inmunda cantina de carretera. Pero fue él quien acribilló a tiros al malhechor, mientras este babeaba ‘pluto’ por una voluptuosa sexoservidora entrada en los cuarenta. Luego sacó el cadáver a rastras, lo embarcó en su furgoneta, lo desmembró y lo arrojó a los cerdos.
–Haré morcillas contigo, hijue… –finiquitó.
Fue su primer y último crimen, el comienzo de la guerra, el fin de su juventud. Con aquel desquite, se ganó el respeto y admiración de la comunidad y de los sucesivos oficiales de la Policía Nacional destinados en el cantón. Quizás porque nadie había tenido arrestos para plantar cara a los criminales. Él prefería morir ahogado en alcohol que encabezar una revolución, pero había despertado a un pueblo aterrado, cuyos habitantes le propusieron liderar un grupo de autodefensa. Freddy decidió abanderar la causa en lugar de darse a la botella.
–Necesitaban creer en alguien. Y yo algo por lo que vivir. Nosotros mismos nos dábamos plomo con los delincuentes en los cerros y recuperábamos los animales. Era como el Salvaje Oeste. Así contuvimos el abigeato. Pero ahora ha vuelto a crecer –rememora escueto.
A la carga
El saqueo sufrido por Ricardo es el quinto en poco más de dos meses, otra estocada en la socavada moral de los campesinos. Pero a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ya no pueden portar armas de fuego más allá del cantón. Y los operativos suelen realizarse en conjunto con la Policía Nacional. Aunque ya se sabe que los montes son tierra de nadie, que no siempre hay agentes disponibles y que “aún continúan las escaramuzas”. Allá arriba las balas parecen mudas. Nadie quiere escucharlas.
–Mucha gente dice que nos creemos soldados. ¡Qué fácil resulta criticar cuando no eres tú quien se queda en la bancarrota, cuando no es tu mujer la que vive traumada después de que le arrebaten su honor! Nuestros negocios se están yendo a la ver… Esto no terminará hasta que esos malnacidos nos dejen tranquilos –afirma Freddy, que no se despega de su Glock ni para dormir.
–Pero si todos actuaran como ustedes, miles de personas tendrían la tentación de tomarse la justicia por su mano cuando se sintieran agraviados… –apostillo confuso, como si dudara de mis propias valoraciones.
–No podíamos más. Debíamos proteger nuestras propiedades. Uno no siempre elige su destino. A veces, el destino nos elige a nosotros.
Es medianoche cuando el relinche de una yegua parece despertarlo de un aciago sueño. Veinte jinetes aguardan junto a las verjas de su finca. Portan linternas en las manos e ira en los ojos.
–Seguro que han sido los hombres de Bolívar. Si los encontramos, disparamos al aire y les pedimos que entreguen el ganado. Solo tiramos a matar si ellos lo hacen primero. ¿Está claro? –detalla Freddy.
–Clarinete, mi ‘pana’. ¿Hoy no viene ningún agente? –replica uno de los vaqueros.
–Estamos solos.
La lluvia, gruesa como las lágrimas de la madre que pierde a su niño, ha enfangado el camino. La caravana avanza lenta, pero el paso de los cuatreros no debe de ser mucho más ligero. Hay que hallar su ruta de escape y apresarlos antes de que vendan los ejemplares. Aunque primero toca recoger a Ricardo, que espera abrazado a su esposa, lloroso, consciente de que la supervivencia de los suyos está en juego.
–¿Qué puedo hacer yo? –pregunta timorato.
–Usted quédese en la retaguardia cuando las papas quemen.
–Claro, señor presidente.
–Lo de señor guárdelo para el alcalde, que a él sí le gustan las distinciones.
Los caballos hunden sus pezuñas en el lodo, que ha sellado cada pisada de las vacas. Basta con seguir el rastro. Y los fugitivos andan cerca. Unos excrementos de res lo confirman.
–Estas heces tienen menos de una hora. Vamos, muchachos –arenga Freddy al destacamento.
Un fugaz mugido paraliza al grupo. Son las cuatro de la madrugada. El presidente alza su brazo derecho. Ha avistado a los criminales. Son cinco. Dos van a pie, varas en mano, para sacudir a los ejemplares que intenten escapar del grupo; y tres, a lomos de oscuros corceles.
Freddy dibuja un círculo en el aire con el dedo índice. Tratarán de emboscarlos. Los campesinos descienden sigilosos de sus monturas y caminan livianos, como Jesucristo sobre las aguas del mar de Galilea, hasta ejecutar la maniobra y ocultarse al abrigo de unas rocas. Siete por la derecha, otros tantos por la izquierda y el resto, comandados por su líder, por el centro. Ricardo, entre tanto, se apuesta tembloroso a unos treinta metros.
–¡Quietos, carajo! ¡Somos veinte y los tenemos acorralados. Entréguense! –vocifera Freddy al tiempo que lanza un disparo de advertencia al aire.
Dos vacas huyen al trote, mientras los delincuentes intentan cubrirse en un par de ceibos y abren fuego a tientas, sin saber a quiénes se enfrentan. Las balas silban como flautas traveseras en una orquesta de aprendices. Pero el agudo lamento de un forajido pone fin a la batalla. Uno de los proyectiles ha impactado en su pierna izquierda.
–¡Nos rendimos, chu…! –grita el cabecilla de los abigeos.
–Arrojen las armas y salgan con los brazos en alto –les ordena Freddy, quien procede a maniatarlos con un grueso cabo.
–¿Trabajan para Bolívar? –lanza otro de los ganaderos.
–No somos ‘sapos’ –responde el jefe, un tipo panzudo y de siniestra mirada, que camufla su calva con una gorra marina.
–Tal vez cambien de opinión…
–sugiere Freddy.
Varios campesinos los empujan al piso, amarran sus pies a largas sogas, fijan el otro extremo de los cordeles a sus sillas de montar y azuzan con virulencia a los equinos, que los arrastran doscientos metros colina abajo entre piedras, socavones y zarzas.
–¡Así aprenderán a no put… de nuevo! –braman los ganaderos.
–Ricardo, venga acá. Estas son sus reses, ¿verdad? Ya estamos buscando a las extraviadas –cuestiona Freddy para certificar el éxito de la misión.
–Sí, señor… –asiente el hombre emocionado.
–¿Y qué hacemos con estos pende…? ¿Los llevamos directamente a comisaría o prefiere resarcirse antes un poco?
–Presidente, soy una persona sencilla. Que actúen los jueces.
–Puede que salgan pronto a la calle...
–Pero no debemos comportarnos como ellos. Nosotros aún conservamos nuestros principios.
–Tiene mucha razón, Ricardo. Si no fuera por gente como usted, yo…