Las paredes del miedo: cómo los alias criminales imponen control en los barrios de Guayaquil
Expertos alertaron que la división de las bandas y el auge de microliderazgos están elevando la violencia. Habitantes viven con temor ante la violencia

Muy cerca de este lugar, en diciembre pasado, ocurrió el hallazgo de los cuerpos desmembrados de tres jóvenes.
A tres cuadras del lugar donde el pasado 21 de diciembre fueron hallados los cuerpos desmembrados de tres jóvenes, abandonados en sacos dentro de una vivienda ubicada en un camino de tercer orden, un nuevo elemento llama la atención de los habitantes. En una pared blanca del sector Horizontes del Fortín, en el noroeste de Guayaquil, sobresale una marca con el alias El Emperador, presunto líder de una de las facciones del grupo delictivo Los Tiguerones.
Desde 2024, esta organización criminal se encuentra dividida en dos facciones: Igualitos y Fénix, lo que evidencia la fragmentación de las bandas y la aparición de cabecillas que “gobiernan” determinados barrios.
Actualmente, ya no solo aparecen inscripciones en paredes con los nombres de organizaciones criminales, sino también los alias de sus líderes barriales, quienes marcan así los territorios donde ejercen influencia. Esta forma de demostrar poder no se limita a este sector de Guayaquil, sino que también se observa en otros barrios de la ciudad e incluso en distintas localidades del país.
Guayas es la provincia con mayor presencia de grupos criminales: Mafia 18, Los Lobos, Los Fatales, Latin Kings, Los Duendes, Los Águilas, Los Lagartos, Chone Killers, Los Tiguerones y R7.
Por ejemplo, en la cooperativa Esmeraldas Libre, en el sector Las Malvinas, en el sur porteño, la noche del 4 de febrero fue asesinada una joven de 19 años.
Delimitación de territorio
Según moradores, la letra ‘A’, pintada en la pared de la vivienda donde ocurrió el crimen, estaría vinculada a un cabecilla criminal, lo que indicaría la presencia de su estructura en la zona.
Horacio, residente del bloque 17 de Flor de Bastión, perteneciente al distrito Nueva Prosperina, uno de los sectores más violentos de la ciudad, asegura que se ha acostumbrado a ver las paredes de su barrio marcadas con letras o nombres de cabecillas, símbolos que identifican a los grupos que controlan cada sector y que generan temor entre los habitantes.
“Se vive con temor y angustia, sin saber qué puede pasar cada día. Cada banda hace rondas para asegurarse de los límites de su territorio. Hay noches en las que se escuchan fuegos artificiales y otras en las que se oyen ráfagas de disparos de lado y lado; uno no sabe si es festejo o disputa. Si matan a alguien en la noche, la Policía no llega hasta el amanecer; el cuerpo amanece ahí donde quedó”, relata.

En este lugar, el 4 de febrero pasado, se registró el crimen de una joven de 19 años en el sector Esmeraldas Libre.
La fragmentación criminal incrementa la violencia letal, pues los mercados divididos suelen ser más violentos que los monopolizados”.
A pesar de las delimitaciones hechas por las bandas a través de marcas en las paredes, la vida cotidiana no cambia; más bien, los habitantes se adaptan para sobrevivir en medio de la violencia.
“La vida acá no cambia nada, simplemente uno aprende a vivir el día a día. Cada quien tiene su horario para estar afuera; ya no es como antes, cuando la gente se quedaba hasta las ocho o nueve de la noche en la calle. Ahora, máximo a las siete ya no hay nadie. Hay días tranquilos y otros que parecen el viejo oeste. Pero hay personas, como yo, que dicen: de aquí no me voy, porque aquí me crié”, explica Horacio.
Fragmentación y control barrial
Según información policial, en Ecuador operan estructuras como Los Lobos, Chone Killers, Tiguerones, Mafia 18, Lagartos, Tiburones, Latin Kings, R7, Águilas, Fatales, Duendes y Gángsters, entre otras. Sin embargo, más allá de los nombres, las autoridades advierten que muchas de estas organizaciones ya no funcionan como bloques compactos, sino como redes fragmentadas en facciones y células que disputan barrios, calles e incluso cuadras específicas.
Daniel Pontón, especialista en seguridad del Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN), explica que el fenómeno delictivo en Guayaquil es dinámico, fragmentado y cambiante. Las bandas no operan como estructuras fijas: los nombres, liderazgos y formas de actuar varían constantemente. Incluso cada cuadra o manzana puede presentar símbolos o grafitis que delimitan el territorio de distintas células y facciones.
Muchas de estas células operan de manera autónoma, aunque responden a líderes de mayor jerarquía que no se encuentran en el territorio”.
Estas organizaciones buscan controlar espacios para gestionar actividades ilícitas, como el tráfico de drogas, e imponer una especie de “gobernanza” interna que consolida su poder. Los líderes principales no siempre están presentes físicamente en el territorio, pero ejercen control indirecto y generan competencia entre células para mantener eficiencia y proteger sus operaciones.
Pontón advierte que el crimen no funciona bajo esquemas estrictamente horizontales ni verticales, sino como un fenómeno anómico y resiliente, con células autónomas que dificultan la intervención policial. La violencia, añade, se ha convertido también en un fenómeno social y económico que involucra a sectores cada vez más amplios de la población.
Por su parte, Carla Álvarez, doctora en Estudios Políticos y especialista en seguridad, señala que la aparición de iniciales o alias en las paredes no es solo vandalismo ni un simple intento de marcar territorio, sino una forma de anunciar autoridad y enviar mensajes tanto a rivales como a la comunidad. Este comportamiento puede reflejar disputas internas o vacíos de poder tras la captura o muerte de líderes.
Desde la criminología, explica, este fenómeno evidencia una transición desde estructuras jerárquicas hacia redes fragmentadas con microliderazgos, lo que suele generar mayores niveles de violencia al intensificarse la competencia por territorios y rentas ilegales, como el narcotráfico, la extorsión, el sicariato o el reclutamiento de menores.

En el suburbio de Guayaquil también hay paredes de viviendas marcadas con las iniciales de cabecillas de agrupaciones criminales.
"El fenómeno no solo afecta la economía barrial, sino que también rompe la confianza entre vecinos, debilitando la convivencia comunitaria”.
Impacto social y expansión
El especialista en crimen organizado Renato Rivera Rhon agrega que la presencia de grupos delictivos genera un fuerte impacto social y económico en los barrios. “La gente comienza a resguardarse en sus casas más temprano, deja de salir a comer o frecuentar restaurantes, y los parques terminan siendo ocupados por los grupos. Aumenta la desconfianza en la Policía y se produce desplazamiento forzado de personas; básicamente, el grupo controla el espacio y el Estado no ofrece una respuesta efectiva”, explica.
Desde una mirada internacional, el sociólogo colombiano Hugo Acero, experto en seguridad ciudadana, señala que la violencia en Guayaquil presenta un nivel de fragmentación poco común.
“A diferencia de Colombia, donde grupos como las FARC o el ELN operaban de forma más unificada, aquí cada cuadra puede estar subdividida entre miembros de una misma banda, cada uno con su propio alias y símbolo. Esto facilita el control territorial, pero incrementa el riesgo para la población. Son fronteras invisibles”, afirma.
Acero explica que los nombres de cabecillas funcionan como marcas de dominio territorial. “Si un miembro invade el espacio de otro, incluso dentro de la misma organización, puede ser asesinado. Esta subdivisión facilita la extorsión, la venta de drogas y otros delitos, mientras la comunidad queda atrapada en medio de la violencia”.
El experto advierte que esta dinámica “balcaniza” el poder criminal: cada célula busca demostrar autoridad y obediencia al líder, lo que multiplica los conflictos, deteriora la confianza social y complica la intervención estatal.
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