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Opinión

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El fútbol, esa fuerza poderosa que moviliza a miles por el amor a una camiseta, también puede desatar batallas campales cuando la pasión se desborda. Nos une o nos divide, pero siempre está presente.

Imagen juan man

El fútbol, esa fuerza poderosa que moviliza a miles por el amor a una camiseta, también puede desatar batallas campales cuando la pasión se desborda. Nos une o nos divide, pero siempre está presente. Es curioso como un partido puede significar la vida y la muerte por esa extraña capacidad de despertar al monstruo que llevamos dentro y que descalifica al rival con una furia inusitada. Pero la semana que termina, el rey de los deportes nos dio una lección de solidaridad. Esta vez, la bendita pelota hizo que millones de seres humanos nos abracemos tan fuerte que no hicieron falta las palabras para expresar la tristeza que sentimos al saber que las vidas de 71 personas se extinguieron para siempre.

Cuánto dolor nos causó la pérdida de la delegación del Chapecoense de Brasil en ese viaje mortal, que terminó en las montañas de Medellín. Llama la atención que las autoridades aeronáuticas bolivianas permitieran la salida del avión, pese a que el plan de vuelo tenía al menos cinco observaciones por las que el viaje no se podía realizar, entre ellas la del tiempo de vuelo que, al parecer, no concordaba con la reserva de combustible.

Pero la solidaridad colombiana demostró al mundo que no tiene límites, tras la decisión del Atlético Nacional de entregar la Copa Sudamericana a ese equipo que tocó el cielo con las manos. Por fin se acabaron los revanchismos inútiles y resurgió el verdadero espíritu del deporte.

Nos acercamos al final del campeonato nacional, y confío en que tras esta tragedia, podremos elevarnos sobre la violencia verbal y física, que podremos ver cada partido de fútbol, no como una mortal orgía de ira, sino como un espectáculo lleno de adrenalina, que saca lo mejor de los seres humanos.