Editorial | Guayaquil a oscuras: El toque de queda invisible que apaga la ciudad
Entre la falta de buses antes de la medianoche y el miedo en las calles, la urbe porteña enfrenta una parálisis nocturna que golpea la economía...

Guayaquil y un toque de queda invisible.
Guayaquil no se está quedando sin noche por casualidad: la están dejando morir. Entre el diésel caro y el miedo que se adueñó de cada esquina, las cooperativas de buses apagan motores antes de la medianoche. Lo más triste no es solo el bus que ya no pasa, sino que ya nos acostumbramos al abandono.
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Nadie pega el grito al cielo porque, en la práctica, nos clavaron un toque de queda sin decreto, a punta de terror. El discurso de los dirigentes suena repetido: que no hay pasajeros, que no es rentable, que la delincuencia manda. Y sí, la calle está caliente, pero ese es el fracaso de quienes deben garantizar seguridad.
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El costo de acostumbrarse al miedo

Semáforos sin luz, en Guayaquil, durante un apagón en el 2025..
Si el pueblo no puede salir y volver sano y salvo a su casa, el problema no es la falta de clientes, es la falta de autoridad. La noche no se vacía sola; la vacían los choros y la inacción oficial.
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Perdemos todos: el trabajador que se queda botado, el estudiante que corre para alcanzar un carro y el comerciante que baja la cortina temprano. El turismo se apaga y el bolsillo se achica.
No bastan operativos para la foto ni comunicados tibios. Se necesita seguridad real y transporte hasta tarde. Una ciudad que no se mueve de noche retrocede. Aceptarlo es entregarle las llaves al miedo.